Censo de Buenos Aires (IV, V y VI)

Censo 4 – El taxista que conoció a Kennedy


En un viaje a Villa del Parque, tuve un diálogo bastante peculiar con el taxista. Veníamos escuchando por la radio al ministro de trabajo.

―Nene ―me dice―. Nosotros tenemos los peores políticos del mundo.

Le respondo que la corrupción hace metástasis, y que los políticos depredan acá y en cualquier lado.

―Qué sé yo. Líderes eran los de antes, viste. Yo conocí a Kennedy ―asegura, mirándome por el espejo retrovisor.

―¿Kennedy estuvo en la Argentina?

―Sí, vino a dar una conferencia para líderes del PJ. El tipo tenía una cabeza distinta. Por eso le dispararon ahí.

Después de una insólita interpretación de la guerra de Vietnam, concluye:

―Acá la política se vive como un juego, mientras la gente se juega la vida.

Le pregunto si cree que puede haber algún político honesto.

―Mirá, creo que va más allá de la política. Hace cuarenta años que manejo un taxi, y conversé con gente sensata, gente estúpida y toda clase de locos. Pero todavía no hablé con nadie que busque la verdad. Todavía no conocí una persona que sea capaz de abandonar su filosofía complaciente para abrazar un pensamiento inédito.

―¿Qué es la verdad?

―No tengo idea. Debe ser algo que se pronuncia en voz baja.

Censo 5 – El supermercado chino


Nadie va a comprar al supermercado chino de la calle Honduras. Las causas, aunque diversas, confluyen en una sola: los caracoles. Al principio no lo creía posible. Me parecía más bien un mito barrial. Pero una tarde entro al supermercado a buscar aceite de oliva y, de paso, vencer supersticiones.

El chino de la caja sonríe al verme pasar. Pienso, no sé por qué, que el lugar me está esperando desde siempre. Atravieso el pasillo desierto, testimonio del apartheid de los vecinos de la cuadra. Me detengo en el sector de los vinos. Y la veo. Una góndola repleta de caracoles. Voy hasta la caja. Le pregunto al chino para qué tienen esas cosas ahí. Me mira sorprendido, como si yo fuera el primero en hacer esa pregunta. Le dice algo a su hijo, y este saca un caracol del bolsillo y se lo estampa en la oreja. A juzgar por su aspecto, tiene la infancia consumida. El padre me cuenta que el chico, por pasar tanto tiempo en el supermercado, sufrió un principio de angustia.

―Pasa que se hartó de estar solo. Yo soy toda la familia que tiene.

Los amigos preferían la plaza. Llegó un momento que los pasillos no servían de escondite porque en realidad ya nadie lo buscaba. Que las golosinas apenas le producían placer. Que odiaba la bicicleta, cansado de usarla con propósitos tan limitados. Que la pelota era un triste recordatorio de que en los juegos, como en la vida, se necesita de otros. Pero, al parecer, su compañía era prescindible para los demás. Y el mundo no tiene ningún hueco de sobra para los disconformes. Debía jugar a la mancha con las sombras de la gente que pasaba.

―Hasta que un día le regalé una bolsa de caracoles. Los sacó y tiró la bolsa a la basura, dejando su depresión ahí adentro.

El niño encontró en ellos lugares inmensos para él solo, paraísos que entraban en el bolsillo. Se dio cuenta de que las pequeñas cosas eran reminiscencias de otras más grandes. Y así, la belleza se hizo un poco más compañera. 

Finalmente, el padre me despide. El hijo no: navega las horas lentas escuchando el silbido del mar.

Por cosas de la vida, nunca pude agradecerle.

Fue la única vez que descubrí, asomando por la retina, las transparencias de un alma libre.

Censo 6 – El poeta verdadero


En un caserón de la calle Arribeños vive Tomás De Quincey. O así se hace llamar. Nadie puede negar que es un tipo proactivo. Fue médico, locutor de radio, señalero, piletero, cortador de césped y muchas otras changas a las que, tal vez por pudor, nadie se animó a ponerles nombre. Tomás pertenece a esa categoría selecta de personas que eligen los trabajos en función del tiempo que les deja para leer y tomar cerveza con amigos.

Lo conocí cuando tuve que hacer el censo por la manzana de su casa. Desde entonces, nunca dejé de visitarlo. Pero ya no es el mismo: hace cinco años que está atascado con un poema. Siempre anda con la birome a mano y el cuaderno cerca, como esperando que vuelva la musa que alguna vez lo amó, y que ahora se revuelca en los brazos de otro.

Cada vez que lo veo, me lee la primera estrofa, la única que escribió. Al final de cada verso se detiene unos buenos segundos, no para generar impacto, sino para tomar mate.


“Te derroté parcialmente:
ayer no soñé con vos,
hoy le volví a sentir el gusto al café
y mañana, si deja de llover,
quizás vuelva al trabajo”.


En la última visita lo noté enajenado. Tenía el pelo grasiento y tan largo que le caía por los hombros y le tapaba el logo de Pink Floyd de la musculosa. Las ojeras coloreaban los huecos de su cara desteñida y salpicada por una barba con rastros de ceniza. Los hongos de las zapatillas dictaban su independencia de las convenciones y de la vida exterior.

―Es parte de mí, somos uno ―explicó―. Hasta que no avance con el poema, no podré seguir con mi vida.

―¿No podés simplemente destruirlo?

―Ya lo intenté dos veces.

No quiso mirarme al hacer tal confesión. Sus ojos jugaban con las cicatrices de la muñeca.

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