El sindicato de los derrotados

Mientras contaba la plata de la caja y anotaba vergonzosos números en un cuaderno, cayó en la cuenta de que los tiempos de bonanza habían terminado.

Era momento de sobrevivir.

No fue una determinación fácil. El que se dispone a sobrevivir reconoce que el fin está cerca o que no está demasiado lejos. Tiene que asumir primero que la muerte es algo tan real como la lluvia que traspasa la ropa. Y la lluvia raramente perdona.

El almacén Nuevo Sol era un ícono de la calle Soler y del barrio de Palermo. Alguna vez fue elegido en el diario como uno de los locales más emblemáticos de la ciudad. Y claro, el lugar tenía su trayectoria. Había soportado, nadie sabía cómo, toda clase de crisis y presidentes: peronistas, liberales, radicales, uno peor que el otro.

Hacía casi cuarenta años de la inauguración del almacén. Juan aún podía recordar a sus viejos ayudándolo a limpiar los pasillos con un trapo de piso ansioso y a pegar papeles en las góndolas. Podía recordar también algunos precios de aquellos días. La lavandina y la leche se compraban con una sola moneda. El precio del fiambre llevaba un único decimal. Ni hablar de las bebidas y los cigarrillos.

Todas las necesidades podían cubrirse en el Nuevo Sol: desde artículos de ferretería, cosméticos, soldaditos, autos, hasta juegos de mesa y libros usados. Los precios fueron siempre accesibles; el trato de Juan, siempre cordial. Los vecinos lo adoraban, a excepción de algunos que se quejaban del olor a vinagre y de unos cuantos productos vencidos. Pero eran los menos.

Otros tiempos, pensó él después de cerrar con llave la caja registradora. La gente elegía comprar en un lugar por cariño y no por conveniencia. Ahora buscan precio, sin saber que se están poniendo precio a ellos mismos ¿Qué clase de idiota quiere favorecer a las grandes cadenas de supermercados, a las multinacionales? Besan los anillos de los manos que los ahorcan.

En tres horas no entró nadie. Harto de la compañía del silencio y del polvo, preparó mate y sacó la silla a la vereda.

Espantó palomas y dibujó centauros en las nubes. Imaginó el infierno como el eterno rechazo de una mujer hermosa, y el cielo como una eterna aceptación, sin decidir cuál de los dos era más desesperante. Hizo apuestas mentales con las patentes de los autos y todas aquellas cosas que hacen los que consiguen detener el reloj para que la imaginación juegue con las sobras que dejan los minutos.

Saludó a la vecina que cruzaba. Ella devolvió el saludo y miró para adelante, acelerando el paso. Juan vio que trataba de disimular la bolsa con el logo del Eki.

―Viene del supermercado que abrieron a la vuelta ―dijo masticando bronca.

Si la vista no lo engañaba, allá iba el inspector del gobierno. Seguro venía a cobrar lo suyo. Levantó la mano. Pero el inspector ni lo miró. Dobló por Fitz Roy y se perdió de vista.

Al pararse para ir a calentar más agua, se chocó con el vagabundo de la calle Bonpland, que pasaba anunciando a los cuatro vientos la segunda venida de Cristo y la venganza de los filisteos. El vagabundo pareció no acusar el golpe y siguió de largo como si nada.

Dejando el termo en el piso, Juan llamó al perro que hurgaba una bolsa de basura. Los silbidos cortos y rápidos fueron malinterpretados por la señora que pasaba en bicicleta. El perro finalmente se acercó. Lo olió apenas y disparó para el lado de Juan B. Justo.

Entró de nuevo al almacén, esta vez para buscar el diario: quedaban dos horas para cerrar. Leyó a la intemperie la sección de policiales y los títulos de la parte de política internacional. Cuando estaba empezando a leer la de espectáculos, escuchó que le decían:

―Disculpe, jefe. ¿Puede moverse para allá? Necesito medir la vereda.

―¿Para qué?

―Para cambiar las baldosas. Esto va a ser un Starbucks.

Señalaba las persianas bajas de la casa de al lado, que alguna vez fueron una pizzería. También, supuestamente, había sido una casa de sepelios.

―Ah, no sabía, no me dijeron nada ―dijo Juan, moviendo la silla para la derecha.

Justo en ese momento lo vio a Rodrigo, el abogado, bajarse del taxi.

―¿Qué hacés, pibe? ¿Querés un mate?

―No, gracias. Estoy apurado.

Y se fue al trote hablando por celular.

―Está apurado por morir ―dijo Juan.

―Flaco, no sos el dueño de la calle ―le gritó un tipo en musculosa que iba al Megatlón de la esquina.

No le contestó. No valía la pena.

Tomó el último mate de la jornada contemplando la rosada luz muriente.

Antes de irse, estampó en la vidriera hojas garabateadas con indeleble negro. Anunciaban ofertas formidables en la compra de lácteos, productos de limpieza y cosméticos.

Pelearía hasta el final.

Al día siguiente entró un viejo para preguntar por la parada del 39. Y al otro día, una pareja de coreanos con su hijo. Buscaban un juguete para el día del niño. Luego de que Juan les mostrara la lata con las bolitas y los trompos, se marcharon con las manos vacías.

Esas fueron las últimas personas que entraron al almacén Nuevo Sol. Las lluvias de esos días, continuando la tarea de las anteriores, borraron las letras del medio del viejo cartel que coronaba el frontispicio. Ahora se leía “Almacén Sol”.

Y así pasó agosto, entre diluvios y signos que desaparecen.

Juan era consciente de que su presencia en la vereda molestaba prácticamente a todos, como si su espacio en aquella cuadra se hubiera angostado cada vez más, hasta abarcar solamente el radio de la silla y de sus piernas estiradas. Incluso su mera existencia parecía molestar. Pero no le importó. Tampoco le importaron las lluvias, las lluvias de invierno que mojaban especialmente a los cuerpos sin alma y a las ramas sin hojas. Con un impermeable, con un paraguas, o directamente sin nada, mateaba en silencio bajo el cielo caprichoso, esperando que un comprador apareciera, ya no para revivir su economía, sino para renovar su esperanza.

El redentor nunca llegó.

Las puertas del Nuevo Sol, acostumbradas al flujo permanente de personas, se volvieron ariscas. Y el almacén, el clásico almacén de Palermo que era el romance de todo el barrio, ahora suspiraba como una virgen agotada.

Una tarde noche de septiembre un rayo cortó la luz del almacén y el viento voló el piloto de Juan cuando este intentaba ponérselo. Ahí la palabra derrota se metió por primera vez en su diccionario. Trató de calmarse, de resistir el impulso de abandonar todo y envejecer con la conciencia tranquila del que sabe que se esforzó lo suficiente. A medida que erguía el cuello, su mirada ascendía por los pisos del vidriado edificio de enfrente y resucitaba balcones. Quiso recordar un tango. Sin embargo, no pudo darle forma a la nostalgia. Los vecinos que a veces llamaba amigos se habían mudado a otro barrio, muchos de ellos a Chacarita, que en paz descansen. Del cartel de su negocio, o lo que era su negocio, solo quedaban cuatro letras. La misma esquina había mutado en algo impersonal, aséptico. Los chicos ya no jugaban. Y la pelota, quizás para no poner en peligro el dogma de su fe circular, ya no cambiaba de vereda. Ni siquiera cambiaba de lugar. Hasta los perros parecían más apurados. ¿Tenía algún sentido pertenecer? ¿Tenía algún sentido permanecer?

Una sombra lo cubrió con un paraguas amplio, tan amplio que parecía una sombrilla. La sombra era Tadeo, el dueño del videoclub de la calle Ravignani.

―¿Me convidás un mate?

―Sí, esperame que te busco una banqueta ―dijo Juan.

Entró al almacén rengueando, con la pierna dormida. A través de la vidriera, Tadeo veía cómo se movía frenética la linterna. Juan salió arrastrando un banquito de metal. Como si estuvieran tomando un café en París, se sentaron de frente a la calle, uno al lado del otro, temblando. La llovizna había amainado, pero el viento tenía filo.

Un colectivo frenó de repente, empapándolos de agua sucia.

Con los puños tensos y los ojos desencajados, Tadeo escupió al colectivo que ya estaba bastante lejos. La ineficacia del acto le reveló la estupidez de la reacción. Respiró bien profundo, alzó los hombros y movió la bombilla. El mate sería consuelo y abrigo.

Del bolsillo de Juan emergió un trompo de madera. La cuerda se le enrolló en el índice y la muñeca torcida hizo volar al juguete. Hipnotizados, miraron al trompo girar y girar y girar en el mismo punto, al principio con fe inalterable y después con dudas, hasta caer extenuado y sin ruido, rendido a los dominios húmedos de la baldosa nueva.

2 comentarios sobre “El sindicato de los derrotados

  1. Resiste solemne mi querido Palermo, que la mella del paso del tiempo y de la modernidad nunca te haga olvidar la belleza de tus casas bajas y esa bohemia de tus vecinos, que nunca se desconocen. Me gustó mucho! Saludos.

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    1. Muchísimas gracias, mi querido Boronali. Tango es la emoción de regresar al punto cardinal, dice una letra exquisita de Juanca Tavera. Y sí, todavía resiste Palermo. Al menos en la memoria. Un abrazo grande!

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