In memoriam

Siempre dije que mi viejo era un tipo raro. Nunca se acostumbró a esta época. No sé si es porque no quiso o porque simplemente no pudo. Quizás hubo un poco de las dos: al ver que no podía adaptarse, decidió que no quería. O al revés. Supongo que ocurrirá lo mismo con todos los que quedaron a mitad de camino entre una era y otra. Cuando estaban empezando a amigarse con la electrónica y la nueva ética estirada, los sorprendió lo digital y una moral ecléctica.

Recuerdo una conversación que tuvimos en casa. Creo que yo tenía veinticinco, veintiséis años. Él, que odiaba la palabra sexagenario, leía en su escritorio, siempre encerrado en su escritorio. Bicho raro mi viejo, como Gregorio Samsa. Anotaba cosas, vaya uno a saber qué cosas, en cuadernos sin renglones. Nunca me quiso mostrar lo que escribía. Decía que no debía ser visto por ojos mortales. En ese sentido era un esteta, un escritor insobornable. Incluso escondió los cuadernos antes de morir, y me hizo jurar que los tiraría al fuego si alguien los encontraba. No me animé a destruirlos, pero tampoco me animé a leerlos. Todavía sigo sin entender porqué no los destruyó él directamente. Habrá decidido cargarme con el peso de su última voluntad. Bicho raro mi viejo, como Kafka.

Ese día (lo recuerdo bien porque fue el 12 de agosto y necesitaba hablar) abrí la puerta de su búnker de golpe, sin aviso.

La lámpara Emeralite pintaba las paredes de luz temerosa. El olor a humedad y a papel ponía en evidencia la ausencia de ventanas.

―¿Qué estás leyendo, papá?

―Nuestra Dama de París, de Víctor Hugo ―respondió sin mirarme.

―¿Está bueno?

―Sí, la verdad que sí. Te lo regalé hace un tiempo para tu cumpleaños, creí que ya lo habías leído. Ahora estoy en la parte donde Víctor Hugo hace un desarrollo de cómo se sucedieron los distintos tipos arquitectónicos en la Catedral de Notre Dame. Muy interesante. Las columnas y las escaleras…

―Fui a París y visité Notre Dame. No hace falta que me describas lo que acabás de aprender.

―Yo también fui.

―Pensé que no habías salido nunca de Argentina.

―Viajé a Europa tantas veces como vos. La diferencia es que yo combatí en la Galia con Julio César, y en Valencia cabalgué al lado del Cid ―dijo señalando la biblioteca―. Yo vi historia viva, veo historia viva. Vos solo escuchaste el susurro de las piedras.

―No podés vivir de la Literatura.

Antes de que yo terminara la conversación con un portazo, llegó a decir que tal vez era la única forma de vivir, o al menos, la que nos evitaba la preocupación de hacerlo.

Subí las escaleras, con la sangre hirviendo. Qué poco sabía mi viejo. Qué poco me podía enseñar su ignorancia arrogante. No había viajado, no había probado, ignoraba la filosofía de la plaza, la abundancia de la mochila, la sabiduría que esconden las estaciones de tren, la docencia de las turbulencias del avión. Camuflaba con las páginas blancas de un libro la palidez de su existencia aburrida. En vez de arriesgarse y recorrer el mundo, prefería las débiles emociones que proporcionan el papel impotente y los signos quietos. Mientras lo seguía destrozando interiormente, me vino a la memoria la novela sobre Notre Dame que él me había regalado.

Revolví mi biblioteca buscando la novela. Cada libro que sacaba se estrellaba contra la pared. Se la iba a devolver, se la iba a tirar por la cabeza, no me interesaba. Cuando ya empezaba a pensar que la había perdido o prestado, la encontré en el anteúltimo estante.

“Para mi hijo, en el vigésimo aniversario de su natalicio. Como nunca pudimos entendernos en el tangible universo limitado, espero podamos disfrutar juntos de este”.

El empedrado me hizo doler los pies no acostumbrados al calzado del siglo XV. Mi nariz se llenó de olor a pescado y a humo. Y mis oídos, de metales trabajados y de monedas que caían en latas suplicantes. En vano traté de ordenar visualmente aquel prolijo caos de chimeneas, campanarios, animales, caras sucias y agua estancada. Debajo de una carreta agonizaba un brazo asediado por la lepra y por el sol. Le hizo señas a un pavo real, moviendo los dedos hambrientos.

Un grupo de jinetes avanzó por la calle, llevándose puesto todo lo que se cruzara. Los altos estandartes eran el pregón de su prosapia y de su falta de escrúpulos. Quasimodo, con la mitad de la cara cubierta por una capucha, aprovechó la estela de polvo que dejaron los caballos para reforzar su tenso anonimato. A paso seguro, decidido, fue en la misma dirección que ellos.

Lo seguí.

Quizás reacio a todo lo que fuera recto, torcía siempre su camino en callejones discretos y pasadizos imposibles, como si quisiera despistarme. Evitaba las arterias y esquivaba los mercados. Pero la capucha le sirvió de poco. La curvatura de su espalda revelaba a la legua su condición de postergado social. No hubo parisino que no lo reconociera, y no hubo parisino que no escupiera el suelo que el jorobado pisaba. Una vieja ensayó una señal de la cruz desde una ventana y dijo algo en latín. Espantaba al diablo. Desde otra ventana cayó agua sucia y después el balde. Quasimodo se agachó un instante para tomar el agua del piso. El rechazo del pueblo que antes lo quemaba por dentro, ahora lo refrescaba. Eso enfureció a los demás. Una prostituta le gritó que volviera a las deformes campanas que lo parieron, y alguien más le dijo que era la abominación de París.

Nada de ello pareció conmoverlo.

Llegó (y yo detrás de él) a una plazoleta desde donde se veía el Sena a la derecha y Notre Dame al frente. Me escudé los ojos con la mano para bloquear la fosforescencia del río. El sol blanco transformaba la piedra de la Catedral en mármol y al rosetón en un arcoíris preciso.

Por quedarme contemplando las dos torres que dominaban los tejados de la ciudad, perdí de vista al jorobado.

Me acerqué a un soldado que conversaba con un monje en la entrada de una taberna.

―Con su perdón, ¿acaso no vio pasar a Quasimodo el campanero?

El soldado se dio vuelta. Era mi viejo.

Después de abrazarnos me invitó una cerveza. Y él, soldado del rey Luis XI, y yo, Febo, capitán de los arqueros, reímos y hablamos de amor, de nostalgia y de inmortalidad.

4 comentarios sobre “In memoriam

  1. Lo bueno de viajar a través de una novela es que uno puede no retornar nunca. El viaje puede ser eterno y el disfrute, mucho más duradero. Saludos en su día a ese padre que le ofrece la invitación a la mejor de las travesías. Un abrazo!

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