Such the sun, the moon

Salió del trabajo y subió al colectivo, deseando llegar rápido a casa para tomar un vino con ella en el balcón.

Se despertó justo dos paradas antes. El cansancio, el tremendo cansancio, no tenía que ver con la oficina, o al menos no del todo. Algo lo tenía preocupado. Eso lo tenía preocupado. Lo había hablado con amigos y con la psicóloga, pero ninguno le dio demasiada importancia. “Son temores típicos del amor”, opinaban. El miedo existía, sí, pero lo normal, lo que siente cualquier persona cuando ama a otra. El miedo de que en el mundo se abra una grieta y esa persona desaparezca. Pero las pesadillas no eran normales porque más allá de las circunstancias cambiantes, la esencia no variaba.

Hacía un mes de la primera pesadilla. Y desde ahí no hubo intervalos con sueños ni imágenes felices. Todas las noches la veía morir a María. Y en cada visión la agonía de ella era diferente. La soñó en un incendio, mancillada por una bala y envenenada por un escape de gas. También en la cama de un hospital, y traicionada por un río. Algunas muertes ridículas, otras trágicas, la mayoría absurdas.

Y así, como cada luna era un presagio de sangre, cada sol era una promesa de dicha.

Llegó a casa, y el beso de María disipó su angustia y lo limpió de mortalidad.

Abrazados, envueltos en sábana y silencio, miraron al techo porque no podían mirar al cielo.

―¿Te estás durmiendo? Porque te quiero preguntar algo ―dijo ella.

―No tengo sueño. Me cuesta dormir.

―¿Te da miedo el futuro?

Él pensó que esa pregunta lanzada entre bostezos era poesía.

―No, no me da miedo ―mintió, y la abrazó con más fuerza.

Se despertó aterrado, con la boca seca. María había vuelto a morir, esta vez de un derrame cerebral. Entró al baño y se lavó los dientes, mirándose al espejo la cara transpirada por el sueño funesto. Después de poner agua en la pava eléctrica de la cocina, volvió a la habitación. Le dijo a María que había que levantarse, que faltaban veinte minutos para las ocho. Al prender la luz, vio su pecho rígido y la boca semiabierta, y anticipó lo peor. Empezó a moverla suavemente, la mano tocando el antebrazo pálido. La desesperación hizo que le agitara la cabeza, los hombros, al grito de María, despertate. Por favor, tenemos que ir a trabajar. No me hagas esto. No puede ser. No, no, no. Por favor, mi amor, levantate.

Salió de la oficina, y algo lo tenía preocupado. Eso lo tenía preocupado.

Los amigos y la psicóloga le decían que era bastante común, que la muerte de un ser amado deja secuelas y heridas que no dejan vivir de día ni morir de noche. Pero a él no le parecía tan común. Sí, la herida estaba, de eso no había duda. Porque las mañanas transcurrían entre cometidos insulsos y llantos desconsolados. Las tardes solo ofrecían pésames frígidos y con forma de aforismos, como si la gente viviera en islas, como si el mundo fuera un ascensor. Y los fines de semana, los malditos fines de semana, combinaban películas atérmicas, indoloras, con mates fríos.

Ya había pasado un mes de aquel primer sueño, que no admitió un cambio de protagonista. Soñaba con María, siempre con María, tan viva como nunca. Iban al cine de Lavalle a ver Casablanca y depredaban las librerías de Corrientes. Tomaban sol en las playas griegas, nadaban en los lagos de Bariloche y cantaban temas de los Stones. Hablaban de hijos, hablaban de viajes, hablaban de cuentas. Su mano era tibia, su aliento cálido. Sus besos de vino redimían. No había almohadas inútiles y, al asomar la luna, se podían oír los quiebres de aquella respiración perfumada.

Pero la mañana, el sol terrible, la devolvían al polvo.

A pesar del cansancio, corrió al colectivo para llegar a casa cuanto antes. El semáforo conspiró a su favor. Viajó de pie, agarrado del pasamanos, apenas consciente de los vaivenes del trayecto. Lo primero que hizo al entrar al departamento fue apagar su celular y dejarlo adentro del botiquín del baño: no quería atender a la psicóloga.

Se desvistió, apagó la luz del cuarto y, con el testamento asegurado en un frasco sin pastillas, buscó a María en las íntimas profundidades de la sábana.

3 comentarios sobre “Such the sun, the moon

  1. “Sus besos de vino todavía redimían. Aún no había almohadas inútiles y, al asomar la luna, se podían oír los quiebres de aquella respiración perfumada.”

    Brillante! Metonimia y metáfora en una sola frase que dice mucho. Siempre un placer recrearse con Ud. Saludos!

    Le gusta a 1 persona

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