El día de la rendición

La fecha nefasta era el 21 de enero.

El día que el presidente debía defender su gestión ante el fiscal disfrazado de masa.

Las nuevas generaciones de Daldaria, con el peso de la ira acumulada por las anteriores, habían promulgado una ley tácita para la clase dirigente: el principio de culpabilidad. La presunción de que los políticos tienen más ambición personal que deseos de bien común. Ya ninguna escuela de psicología creía que pudieran curarse de la adicción al engaño. Y los historiadores, por su parte, señalaban que el país, o lo que quedaba de él, había evitado invasiones pero no la rapiña de sus propios líderes.

El tumor de Daldaria estaba en la cabeza.

Las autoridades hacían fiestas y los ciudadanos dieta. Las autoridades apilaban manjares mientras los ciudadanos economizaban huesos. Hasta que estos últimos despertaron al sentir el olor a carne quemada y recuperaron el derecho original, el derecho al regicidio.

No hubo necesidad de sesiones en el congreso ni de grandes juristas. Simplemente, el 21 de enero, cada cinco años, el país entero acudía a la plaza mayor a pedirle al presidente que rindiera cuentas de su mandato. Si este no comparecía, la presunción de culpabilidad se tornaba en certeza y el pueblo lo iba a buscar convertido en un hormiguero de antorchas. Por eso ningún presidente faltaba a la cita.

El proceso giraba en torno a las promesas de campaña, y partía del presupuesto de que no se había cumplido ninguna. La defensa, que tenía que hacer el presidente en persona, debía ser fácilmente comprobable. Estaba prohibido el empleo de estadísticas y de toda forma de manipulación barata. Cuando el pueblo advertía errores, mentiras o inexactitudes, por más ligeros que fuesen, suspendía inmediatamente el acto. Y en el aire reverberaba el rugido fatal: “el hombre de mimbre, el hombre de mimbre”. Enseguida vestían al culpable de alambre, mimbre y leña seca, lo escupían y le tiraban los alimentos podridos que el gobierno donaba a los colegios marginales. Después (siempre era lo mismo), el baño de querosén y el hombre de mimbre corriendo entre la gente. No llegaba muy lejos: las llamas agredían la piel fraudulenta, saboteando los pulmones.

Y por último el aroma, el dulce aroma de la carne humana en combustión.

Si el líder superaba la prueba, tenía derecho a gobernar cinco años más. Aunque solo uno lo había conseguido. Por desgracia, su nombre se mezcló con las cenizas de la biblioteca de Alejandría. La leyenda dice que escribía leyes con métrica.

Al final del acto, los candidatos para gobernar el próximo lustro recitaban sus promesas. El miedo a la hoguera y al mimbre traicionaba el timbre de sus gargantas erguidas. En sus ojos brillaba un testimonio húmedo de terror a laceración y a la muerte ridícula.

La masa elegía a viva voz. Y en la voz había algo de sentencia.

El 21 de enero del año 2020 fue un hito en la historia del país.

La plaza mayor hervía. El presidente, que había subido al escenario con su hijo menor para despertar sentimientos de piedad, resistió la acusación basada en la primera de sus promesas: la construcción de setenta hospitales. Los emisarios del pueblo repartieron folletos con imágenes que supuestamente lo demostraba. Por las enormes pantallas desfilaban las mismas imágenes.

La segunda acusación consistió en la escasez de viviendas. “Todos los daldarianos van a vivir en lugares dignos” rezaba el eslogan de campaña del acusado, que provocó la ira de los moradores de la calle antes de que pudiera emprender la defensa. El clamor no se hizo esperar:

―¡El hombre de mimbre, el hombre de mimbre!

El pedido de misericordia solo encontró oídos de bronce. La agonía del fabulador solo tuvo eco en el fuego.

Del humo, cosa rara, no surgió ningún candidato. La noche metaforizó la ruina de aquella vocación milenaria. Nadie quería gobernar.

Cierto grupo de estudiantes propuso el retorno de las papeletas y las urnas, y otro grupo mucho mayor los acusó de necrofilia. Un chico de quince años más o menos, al grito de que en sus arterias corría sangre de líder, intentó llegar al escenario. Pero un viejo lo detuvo en el camino, evitando tocar con el pie la rama de mimbre carbonizada.

Los dos vieron a los moradores de la calle que, sirviéndose de dientes y uñas, arrancaban, despedazaban la lengua epiléptica del hijo del presidente.

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