Ten cuidado con lo que deseas

Estoy cansado de que todos se quieran acercar, sacarme fotos, de que haya gente contratada para mantenerlos alejados y cuidarme. ¿Cuidarme de qué? ¿Qué me pueden hacer? ¿Qué daño puedo sufrir? Los observo, como ellos me observan a mí, desde la inevitable distancia de celebridad. Me gustaría, eso sí, que alejaran a las tres mujeres que son mi única compañía, mi irremediable compañía, en este bosque sin luna que se parece tanto a la muerte.

Yo quería ser artista. Tenía la idea de que así sería reconocido, y aún más, que sería libre. Y la libertad fue lo primero que perdí.

Yo quería ver el mundo, y no que el mundo me viniera a ver a mí.

Yo quería cautivar con mis obras, y no terminar cautivo de ellas.

Ten cuidado con lo que deseas, repetía siempre mi abuela, de la que apenas recuerdo su abatida cara final.

Esas tres idiotas que no me dejan un segundo de paz con sus voces horribles y sus quehaceres mortales. No puedo verlas, no deseo verlas, porque las sé igual de espantosas que las risas que insinúan sus gárgaras de sangre. ¿Qué divinidad maldita fue la que me confinó a este doble infierno de ruina y vanidad? ¿Hasta cuándo deberé aguantar las prédicas de aficionados al arte que hablan de mí como si me conocieran? No tienen la menor idea de quién soy. Aunque, de tanta exposición rígida, de tanta extroversión quieta, hasta yo mismo estoy a punto de olvidarlo.

No soporto más la existencia bidimensional mentirosa, que ni siquiera me permite el placer del movimiento plano. La opresión de la estática es inapelable: no puedo mover un dedo, mucho menos los labios, para callar las voces trinas que blasfeman y ríen. Lo que daría por un poco de privacidad. Qué no daría por un átomo de silencio.

Intento pedirles a ellas, las parcas, que corten el hilo y apaguen mi mente, pero mi boca impotente escupe vacío.

Por favor, que alguien me ayude. ¡Miren bien, soy yo! ¿No se dan cuenta de que hay una figura que sobra, que hay una persona ―si es que acaso lo sigo siendo― de más y que, a diferencia de las otras tres, no tiene ningún propósito claro?

Pensándolo mejor, no sé a cuál de estos mundos deseo pertenecer: el que creó Dios con un fonema o el que fragüé yo mismo con el pincel. En realidad, importa poco. Porque en los dos la muerte existe y trabaja a destajo. Quizás la disyuntiva inútil sea el último lazo con la humanidad, quizás la desdicha me acecha disfrazada de elección.

En aquel mundo están los estúpidos. Los estúpidos que miran y no hacen nada. Los estúpidos de siempre, de boca abierta y ojos limitados. En este mundo, las parcas, mi única compañía, mi irremediable compañía, y la destrozada cara de mi abuela diciéndome algo que ya me olvidé.

Las risas, el hilo, la hilaridad.

Y esas miradas aburridas, y los flashes de las cámaras, y la desolación, y la prisión de marco negro y de óleo aún más negro que pinté yo, Goya. 

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