Encomienda

―La gente ya no cree en la grandeza de nuestro país. Si me pregunta mi humilde opinión, Sr. presidente, estimo que todo pasa por una cuestión de mística.
―¿De mística?
―Efectivamente. La gente necesita volver a creer en el papel de América como rectora del destino mundial. Sería conveniente, entonces, que busquemos la mejor pluma, al mejor poeta, y le encomendemos que escriba algo relacionado a ello. Mientras tanto, podríamos reunirnos con Mr. Bernays para diseñar la estrategia de propaganda.
―¿El mejor poeta? Muy sencillo, llamemos a Whitman.
―Whitman murió hace más de cien años, Sr. presidente.
―Sí, lo que sea. Mr. Kissinger, queda usted a cargo del asunto. En una semana quiero un esbozo listo para que lo revise el secretario de prensa. ¿Tiene alguna idea?
―Por supuesto ―dijo Kissinger, mientras caminaba a la par del presidente por el South Lawn―. Nada cautiva tanto como las leyendas que giran en torno a la madrugada de una nación, a sus días inaugurales. El escritor que elijamos podría componer un poema que relate la odisea de Robert the Bruce, el libertador de Escocia, al navegar hasta Carolina del Norte para esconder un fragmento de la piedra del destino del rey escocés Kenneth I, porque los ingleses querían destruirla. De paso, el relato serviría para poner en tela de juicio el hecho de que Colón haya sido el primero en hollar la arena de este continente. La pequeña piedra fue encontrada por los primeros colonos, y casi dos siglos después llegó a manos de Washington, que la llevó en el bolsillo durante la Guerra de la Independencia. Así, tal símbolo pétreo representa el ocaso de la dominación inglesa, el intemporal abrazo entre Washington y Robert Bruce. Es la roca inviolable, la que no pueden mellar ni la hoz ni el martillo.
―Estupendo. Hagamos que América sea grande de nuevo.
―Así lo haremos, Mr. Trump.

El estornudo del soldado de la guardia pretoriana sacó del trance a Virgilio. Augusto lo miraba perplejo.
―¿Estás bien? ―preguntó este finalmente―. Mencionaste a Alba Longa y a Lulus, el hijo de Eneas… Como te decía ―prosiguió Augusto al ver que Virgilio no contestaba―, los romanos deben volver a creer en la grandeza del imperio. Y, para eso, habría que divulgar el auspicio de su origen formidable: Roma es la flor que nació entre las ruinas de Troya. Fue parida por los escombros que sepultaron a Príamo. Se te ha concedido el honor de escribir una obra, más que una obra un canto eterno, que refleje el génesis divino de la ciudad. El premio, que no entregaré yo, será la inmortalidad de tu fama.
―Sí, César ―dijo Virgilio, pero la imagen de la enorme y extraña Casa Blanca le impidió seguir hablando.

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