Diapositivas clínicas

Mi mente despertó de su letargo imbécil y, en un día cualquiera, reprodujo nítidas diapositivas de ese fin de semana en España.

Era un noviembre lluvioso. Fui a visitar a Candelaria, a quien apenas conocía de una fugaz coincidencia en uno de los tantos trabajos insípidos por los que fui reptando.

No bien llegué a su casa, en Benicasim, ella propuso hacer una excursión a un pueblo de montaña.

Alquilamos un auto y, mate a mate por la ruta, me hizo escuchar canciones que eran las vendas de su alma.

Una vez en el pueblo, estacionamos. Subimos a un castillo que parecía el Olimpo de tantas nubes que lo envolvían.

Después bajamos a una laguna y almorzamos en la orilla.

Ella miraba al horizonte.

Y yo, por la ausencia de cualquier rastro que delatara el paso del hombre, imaginaba que estábamos en una isla perdida, en algún remoto confín, que éramos náufragos por elección.

Encandilado por las hebras plateadas del agua quieta, estuve a punto de profanar el silencio de piedra.

Desistí.

Tomamos mates mudos hasta el derrumbe del sol, olvidados del mundo y del verbo.

Hoy, casi sesenta años después, solo soy los caducos despojos que se pudren en este infierno de desinfectadas luces blancas.

Aunque también, en momentos que nunca elijo, soy la memoria de aquella tarde de amor informulado.

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