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Encomienda

―La gente ya no cree en la grandeza de nuestro país. Si me pregunta mi humilde opinión, Sr. presidente, estimo que todo pasa por una cuestión de mística.
―¿De mística?
―Efectivamente. La gente necesita volver a creer en el papel de América como rectora del destino mundial. Sería conveniente, entonces, que busquemos la mejor pluma, al mejor poeta, y le encomendemos que escriba algo relacionado a ello. Mientras tanto, podríamos reunirnos con Mr. Bernays para diseñar la estrategia de propaganda.
―¿El mejor poeta? Muy sencillo, llamemos a Whitman.
―Whitman murió hace más de cien años, Sr. presidente.
―Sí, lo que sea. Mr. Kissinger, queda usted a cargo del asunto. En una semana quiero un esbozo listo para que lo revise el secretario de prensa. ¿Tiene alguna idea?
―Por supuesto ―dijo Kissinger, mientras caminaba a la par del presidente por el South Lawn―. Nada cautiva tanto como las leyendas que giran en torno a la madrugada de una nación, a sus días inaugurales. El escritor que elijamos podría componer un poema que relate la odisea de Robert the Bruce, el libertador de Escocia, al navegar hasta Carolina del Norte para esconder un fragmento de la piedra del destino del rey escocés Kenneth I, porque los ingleses querían destruirla. De paso, el relato serviría para poner en tela de juicio el hecho de que Colón haya sido el primero en hollar la arena de este continente. La pequeña piedra fue encontrada por los primeros colonos, y casi dos siglos después llegó a manos de Washington, que la llevó en el bolsillo durante la Guerra de la Independencia. Así, tal símbolo pétreo representa el ocaso de la dominación inglesa, el intemporal abrazo entre Washington y Robert Bruce. Es la roca inviolable, la que no pueden mellar ni la hoz ni el martillo.
―Estupendo. Hagamos que América sea grande de nuevo.
―Así lo haremos, Mr. Trump.

El estornudo del soldado de la guardia pretoriana sacó del trance a Virgilio. Augusto lo miraba perplejo.
―¿Estás bien? ―preguntó este finalmente―. Mencionaste a Alba Longa y a Lulus, el hijo de Eneas… Como te decía ―prosiguió Augusto al ver que Virgilio no contestaba―, los romanos deben volver a creer en la grandeza del imperio. Y, para eso, habría que divulgar el auspicio de su origen formidable: Roma es la flor que nació entre las ruinas de Troya. Fue parida por los escombros que sepultaron a Príamo. Se te ha concedido el honor de escribir una obra, más que una obra un canto eterno, que refleje el génesis divino de la ciudad. El premio, que no entregaré yo, será la inmortalidad de tu fama.
―Sí, César ―dijo Virgilio, pero la imagen de la enorme y extraña Casa Blanca le impidió seguir hablando.

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Argentina quimera

En Palais de Glace, Gardel bailaba tango.

Por las aulas, Borges esparcía sal.

Quinquela pintaba por dos mangos;

Bernárdez le hacía un mate a Marechal.

Favaloro ideaba salud sin muros

y Cortázar, cronopios y conejos.

Aún Lugones escuchaba los consejos

de Darío, muy lejos del cianuro.

Goyeneche todavía hacía cola

para ver a Platense y a Piazzolla.

Pero desperté de aquella quimera

de elevada estética y destino

que Belgrano cifró en azul bandera.

Hoy es Cambalache el himno argentino.

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Declaración feudal

En este preciso, sagrado instante
me declaro señor y soberano
de esta comarca de ideal enano
que enfermó por fantasía rasante.
¡Afuera, que salgan los refractarios!
No hay lugar para tibios previsores.
Vengan los escuderos temerarios
a mi sueño de Patria en sus albores.
Me urge el cumplimiento de aquel legado
que dejó el polvo: deshacer entuertos
y patrullar senderos, bosques, puertos.
Abjuré de mi escéptico pasado
y, como hidalgo, busco la revancha.
Yo, el invicto barbero de La Mancha.

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Disyuntiva

Ya no hay ciénagas sin atravesar,
solitarios bosques por descubrir.
Ya no vibran arpas que hagan sentir
al hombre protegido del azar.

Ya no se ven caballeros andantes
ni escuderos, druidas, navegantes
traficando mapas de áureos tesoros
que trastornaron dragones y moros.

Ya los ríos callan el porvenir
y no lavan una herida mortal.
El tiempo borró el sendero fatal
que impedía a los blasfemos salir.

¿Y las casas al borde del camino
que saciaban la sed del peregrino?
¿Y los castillos de puertas de bronce?
Todo era sangre y magia en ese entonces.

Ya no hay asombro, se los aseguro.
Nadie sueña ser Amadís o Arturo:
cabalgar sin fin por pacto de amor;
nadar para ver al Rey Pescador.

Ya no hay crueles marineros incautos
que buscan los mares que cada tanto
emergen parlantes esfinges rígidas.
Solo hay tibios vaivenes, era insípida.

Dime sin miedo a que Láquesis ría,
hijo de Aquiles, cuál es tu elección:
¿Aquella vida ardua, con poesía,
o esta, larga y sin imaginación?

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Acorralar al viento

Jertag despertó mucho antes de lo planeado, o eso supuso. No había forma de comprobarlo: la herrumbre desahuciaba relojes y la naturaleza agonizaba en el ostracismo. La tierra de Ruthedain, abstemia de madrugadas, admitía cada vez menos gamas de oscuridad.

Se desperezó y fue a prepararse el desayuno ―café y tostadas, desde luego―, mientras meditaba los acontecimientos de anoche. El encono de aquella discusión dificultaba cualquier posibilidad de recuperar a sus viejas amistades. Lo habían acorralado, pero él devolvió las estocadas con suma habilidad y una impecable retórica. Como de costumbre, estaba en absoluta desventaja en cuanto al número: un león batiéndose con una manada de hienas. Sí, un león que, por cada zarpazo feroz, recibía a cambio pequeñas mordidas, al fin letales. Pero una vez más sobrevivió.

Se sentía solo. Completamente solo. Y, ciertamente, lo estaba.

Porque el gobierno de Ruthedain, ya cansado de los dogmas y principios milenarios, proclamó el relativismo como religión oficial. La población estaba de acuerdo: hacía un par de décadas que venía reclamando la abolición de las certezas. Todos los habitantes consideraban que era hora de despojarse de las ajadas vestiduras metafísicas. Querían emprender un viaje hacia un nuevo destino existencial. La duda, con las fauces abiertas, aguardaba con ansias la llegada de tan audaces seres a sus laberínticos dominios.

Naturalmente, los ciudadanos de Ruthedain tenían sus razones para aventurarse en el cambio paradigmático.

Alegaban, por ejemplo, que la humanidad venía elaborando tantos remedios universales como religiones existen, y que los mismos no habían hecho más que acelerar el estado ruinoso en que se encontraba el hombre. Por este motivo, derribaron la totalidad de los templos de Ruthedain, y sobre sus escombros construyeron monumentos a la memoria de Protágoras. Hasta hubo algunos pocos consagrados a la de Descartes.

Asimismo, por análogas consideraciones, la afirmación fue concebida como el recurso propio del intelecto débil. Todos los debates académicos debían finalizar con una interrogación. Toda réplica tenía que hacerse de manera interrogativa. O, en el peor de los casos, a través de una expresión condicional. Así, las discusiones se volvían circulares, infinitas.

Insistían hasta el hartazgo: el cáncer social de la afirmación debía extirparse de inmediato. ¿O acaso ―argumentaban― la proclamación de verdades absolutas que señalaban un camino seguro hacia la felicidad y la sabiduría, le facilitó al hombre su conquista?

No. Según ellos, sucedía más bien lo contrario: las supuestas claves para la felicidad, las verdades, proliferaban por doquier; pero, paradojalmente, el ser humano nunca fue tan desgraciado.

Se imponía, entonces, una acción necesaria: demoler todos los sistemas de ideas vigentes y volver a empezar.

Jertag se sabía el único ejemplar vivo de una especie extinta, el centinela secular. Si bien no profesaba ningún credo ―ya nadie profesaba alguno que no fuera el relativismo― y poseía infinitas dudas, entendía que existían ciertas verdades inobjetables, contra las que no cabía interrogación alguna. Por ejemplo, solía argumentar que el sol ―sea desde donde fuese que se lo observara― siempre sale por el este y se pone por el oeste. A esto le respondían que, debido a la inclinación del eje de rotación de la Tierra y al movimiento de traslación de esta alrededor del Sol, eso sólo ocurriría dos veces al año. Claro que, posteriormente a este razonamiento, le preguntaban qué entendía por “tierra” y qué entendía por “sol”.

Cuando Jertag aseguraba que el hombre es mortal, le respondían:

―Si el hombre posee un alma espiritual, no se puede aseverar que, al morir el cuerpo, también muere el alma.

Por el contrario, si él afirmaba que el alma es inmortal, le decían que de ninguna manera se podría verificar eso. A lo que sucedía la obligatoria pregunta:

―¿Qué es el alma, Jertag?

Esto lo exasperaba.

Conocía la remota existencia de obras que le hubiesen servido para combatir la irrefrenable multiplicación de objeciones, dudas y discusiones estériles. Pero los pensamientos de aquellos ignotos autores se habían perdido para siempre en los agujeros negros de la historia. Y todo gracias a la labor del gobierno actual: la Policía del Pensamiento operaba con una efectividad arrolladora.

Horas más tarde, volviendo del trabajo, se cruzó con una vecina y la saludó. Ella, con cortesía impostada, le devolvió el saludo:

―Adiós, Harclin.

―Me llamo Jertag. ¡Hace quince años que me conoce, y es la primera vez que se confunde mi nombre!

―¿Y quién me asegura que ese es tu nombre? Por otra parte, ¿qué es un nombre? Quizás algo mutable. Si probablemente todo lo sea, ¿por qué no lo será también un nombre?

―Si todo es mutable, ¿para qué sigue recayendo en la formalidad del saludo?

―Porque es una cuestión de educación.

―Entonces la educación no es un valor mutable.

Jertag apresuró el paso, y dejó con la respuesta en la boca a aquella estúpida: ya estaba harto de no llegar a nada.

Abrió la puerta de su casa y fue directo a la habitación. Se sentó en la cama y lanzó al cielo la acostumbrada súplica:

―Por favor, si realmente existe alguien o algo que escuche mis oraciones, necesito ayuda. No puedo seguir luchando solo.

Se apenó más al darse cuenta: era muy improbable que existiera un contemporáneo con la erudición necesaria para presentar batalla contra la sofística imperante.

―Habrá que resucitar a algún personaje de épocas remotas ―dijo en voz alta―, pero es imposible.

Sus pensamientos divagaron por civilizaciones antiquísimas, y un sopor de tristeza lo fue durmiendo con lágrimas en los ojos.

Después de un sueño intranquilo, se levantó bruscamente: alguien golpeaba con insistencia a la puerta de entrada.

Dio unos pasos rápidos y se apostó en el umbral, callado y a la espera de algún indicio: ¿quién sería el inesperado visitante?

Como nada sucedía, se decidió a abrir.

Una cara de edad indescifrable se asomó. Una larga barba de tonos blancos y plateados llamó la atención de Jertag; idénticas tonalidades brillaban en el escaso pelo del extraño, que apenas le llegaba a las sienes. El peregrino ―tenía un aspecto andrajoso pero digno, propio de un peregrino― sólo iba cubierto por una túnica raída y sucia. Jertag intuyó en él a un viajero. Para su asombro, le habló en su propia lengua: él lo entendía perfectamente. Hasta que empezó a murmurar como para sí, en oraciones inconexas:

―En mi tiempo… En mi tierra… he sufrido… una condena injusta. Una condena… a muerte. Por el cargo mendaz de… corromper a… Corromper a la juventud, me sometieron… a un juicio bochornoso.

Jertag lo escuchaba y asentía, aunque sin estar seguro de que le hablaba a él. Y, como si le leyese los pensamientos, el peregrino le clavó la vista y dijo:   

―¿Podríais indicarme, joven, en qué dirección encontraré el Ágora?

¿El Ágora, acababa de decir?

Al develar por fin la identidad del legendario personaje, Jertag lo invitó a hospedarse en su casa aquella noche.

Pronto volverían sus escépticos amigos, y de seguro lo acorralarían de nuevo como hienas a un león. Pero acorralar a ese anciano les resultaría tan imposible como acorralar al mismísimo viento.

Aunque, se dijo Jertag, la cicuta puede adoptar mil formas.

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Yo me lo gané

Una tarde de psicosis porteña, me encontré con un conocido jugador de fútbol profesional. Si mal no recuerdo, fue en la calle Ravignani.
Lo abordé sin pudor.
―¿Qué se siente ganar millones por patear una pelota?
―Ehhh mirá, no te creas que todo se limita a eso. Los jugadores de fútbol llevamos una vida muy sacrificada ―la simpática y degradada evolución de gladiador romano se atajó―: todo lo que tengo, me lo gané.
―¿A qué te referís con “vida muy sacrificada”?
―A que no disponemos de mucho tiempo libre: no podemos ver a nuestros familiares y amigos con la frecuencia que nos gustaría; tenemos que estar a disposición del club constantemente. Y estamos obligados a seguir una rutina bastante exigente, entre otras cosas.
―Un médico tampoco dispone de suficiente tiempo libre y, sin embargo, está lejos de ganar lo que ganan ustedes ―le espeté, sin temor a lo que dichas palabras pudieran ocasionar en el ánimo de mi famoso interlocutor.
―Quizás el médico debiera ganar más, no lo sé. Pero todo lo que tengo me lo gané.
Con no poca brusquedad, siguió camino y me dejó plantado con la respuesta en la boca.
Sin moverme de donde estaba, medité sobre el significado de aquella expresión: “yo me lo gané”.
Razoné, en primer lugar, que el jugador de fútbol tiene la certeza de que merece el sideral sueldo que percibe. El “yo me lo gané”, evidentemente, equivale a decir “yo me lo merezco”.
Luego, a fin de comprobar que tal expresión tuviera “validez universal” ―o sea, que ésta pueda predicarse, sin error, respecto de todos los sujetos―, decidí trasladarla a otras profesiones (partiendo del presupuesto de que el fútbol es una profesión, claro). En palabras más sencillas: acudí a la analogía, o, si se quiere, a la comparación, para ver si la frase escupida por el futbolista tenía algún sentido. 
Así, podría afirmarse que el operario de una fábrica, a pesar de su denuedo, “merece” el ínfimo salario que le depara su ingrato universo laboral. 
Utilizando el mismo criterio, podría aseverarse también que el empleado de un almacén “merece” la magra retribución que le endilga su jefe. 
Una vez que empleara esta metodología con diversas profesiones y oficios, caí en la cuenta de la trampa que acarrea la inocente expresión, que lleva, por un camino u otro, a pensar que lo que uno obtiene como retribución es exacta y necesariamente lo que merece, cuando quizás se trate de una torpe falacia. Nada me impide suponer que hay personas que obtienen más de lo que merecen y, a la inversa, que hay personas que perciben mucho menos de lo que en justicia les corresponde.
Lo dicho conduce inexorablemente a la siguiente pregunta: ¿a qué criterios valorativos se apela al sostener que el salario de un docente debe ser menor al de un gerente, o al sentenciar que el de un taxista tiene que ser inferior al del empleado de un Banco? ¿Qué es lo que justifica filosóficamente, si es que existe justificación, la superioridad de unos sueldos sobre otros?
Por otro lado, ¿existe sobre la tierra un juez de inteligencia preclara que sea capaz de determinar, con impecable precisión, lo que cabalmente merece cada uno en función de la actividad que desempeña? 
Ciertamente, no; pero, afortunadamente, todavía pululan en el universo ciertas seguridades que emergen del sentido común y que nos evitan, de momento, la caída en el asfixiante fango sartreano. 
Se podrá discutir si tienen razón de ser las diferencias existentes entre los salarios de un policía, un médico, un juez y un carpintero, y, de contestarse afirmativamente, podrá debatirse además sobre los parámetros a los que obedecen dichas distinciones. Naturalmente que existe la posibilidad de que no se arribe a ninguna respuesta que zanje la cuestión de manera definitiva. 
No obstante, creo que todos podríamos coincidir en una cosa: es absurdo, en una sociedad que se jacta de estar organizada con arreglo a pautas racionales, que un jugador de fútbol perciba más que la suma total de lo que ganan los sujetos arriba enunciados.
Es decir, si considero inexplicable e injustificado que un deportista ―por más consagrado que sea― lleve una vida bastante más acomodada que la de un enfermero, debo forzosamente concluir que el hecho de que gane más que todos los enfermeros de un hospital juntos es algo escandaloso. 
Por lo demás, resultan curiosas las fundamentaciones que dan los futbolistas respecto de la astronómica cantidad de dinero que reciben.
―El esfuerzo: factor que no alcanza para explicar su suculenta fortuna, porque de la observación de la realidad surge la existencia de trabajos que exigen un esfuerzo mucho mayor y que son peor remunerados.
―El talento natural: Este es el argumento más pueril. No logra comprenderse por qué el “talento” para patear una pelota debiera ser valorado por encima de otros ―verdaderos― talentos.
Al no poder hallar la causa que justifique de modo respetable el capital de los jugadores de fútbol, pensé que la solución debía ser proporcionada por uno de los sujetos en cuestión. 
Corrí en busca del tipo con el que había conversado unos minutos antes.
Lo encontré a dos cuadras. Estaba sentado en un bar, tomando whisky.
―Perdoname el atrevimiento… de nuevo. Necesito preguntarte una cosa más.
Dirigiendo una mirada libidinosa a la moza, me contestó:
―Decime.
―¿Por qué ustedes ganan exageradamente más plata que cualquier hijo de vecino?
―Es simple, pibe. La televisión, el merchandising y todo eso. 
La respuesta estaba ahí: en la estupidez humana.

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Relatos aéreos III

No quería despedirme de ella. Porque en cada despedida consagrábamos el triunfo del reloj y de las cosas que perecen.

Al día siguiente volvería a la rutina abyecta y a la oficina informe. A los minutos pesados. Al estruendo interior. Al silencio del silencio. A la aglomeración de mentes sin hélices. A la estética terrosa. A las odiseas indoloras, a las aventuras moleculares. Y a los que fabrican atajos sin saber que agrandan las hendiduras por donde se filtra la muerte.

Con el bolso de plomo colgando del hombro, hice la fila para el control de seguridad del aeropuerto de Málaga. Puse el bolso en la cinta y pasé del otro lado del control, pero mi bolso no apareció. Un tipo de seguridad, con bastante cara de perro, me pidió que esperara y se apostó en frente de una bandeja de plástico.

A lo largo y ancho del bolso ―sin duda era el mío―, desplegó movimientos precisos con un detector de metales, como si practicara algún rito vernáculo. Otro de seguridad miraba impacientemente a su protocolario compañero. Me llamó la atención su barba, una barba tan larga que el extremo se curvaba hacia adelante, apuntando siempre al interlocutor.

―En el bolsillo lateral hay tres mecheros y un desodorante, ¿verdad? ―me dijo el de cara de perro.

―Es posible. ¿Se ve absolutamente todo lo que tengo?

―Pues claro, esa es la idea ―dijo el otro, mientras se acariciaba la barba.

―¿Entonces pueden ver el alma?

―Sí, aunque hay algunos que no tienen ―contestó el de cara de perro, y se entregó de nuevo a su pesquisa, pasando el detector por la funda de una guitarra.

Siguiendo la inercia, caminé hacia el free shop. Pero al advertir que el bolso había quedado allá, en la bandeja, me di vuelta para ir a buscarlo. Y los vi, al de cara de perro y al de la enorme barba, sin sus cansados trajes mortales, vestidos de tótem y desnudos de humanidad.

Anubis esgrimía el detector. Osiris me señalaba.

El viaje ya no sería entre azafatas, nubes, halos de luz, sino por las fauces oscuras de Ammyt, la diosa que devora a los muertos.

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Diapositivas clínicas

Mi mente despertó de su letargo imbécil y, en un día cualquiera, reprodujo nítidas diapositivas de ese fin de semana en España.

Era un noviembre lluvioso. Fui a visitar a Candelaria, a quien apenas conocía de una fugaz coincidencia en uno de los tantos trabajos insípidos por los que fui reptando.

No bien llegué a su casa, en Benicasim, ella propuso hacer una excursión a un pueblo de montaña.

Alquilamos un auto y, mate a mate por la ruta, me hizo escuchar canciones que eran las vendas de su alma.

Una vez en el pueblo, estacionamos. Subimos a un castillo que parecía el Olimpo de tantas nubes que lo envolvían.

Después bajamos a una laguna y almorzamos en la orilla.

Ella miraba al horizonte.

Y yo, por la ausencia de cualquier rastro que delatara el paso del hombre, imaginaba que estábamos en una isla perdida, en algún remoto confín, que éramos náufragos por elección.

Encandilado por las hebras plateadas del agua quieta, estuve a punto de profanar el silencio de piedra.

Desistí.

Tomamos mates mudos hasta el derrumbe del sol, olvidados del mundo y del verbo.

Hoy, casi sesenta años después, solo soy los caducos despojos que se pudren en este infierno de desinfectadas luces blancas.

Aunque también, en momentos que nunca elijo, soy la memoria de aquella tarde de amor informulado.

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Relatos aéreos II

Un rayo vulneró la oscuridad del cielo en el momento que él, dormido, trazaba los rasgos del hogar íntimo y la mujer ideal.

Estrangulando los apoyabrazos del asiento del avión, despertó al escuchar llantos paganos, mutiladas plegarias, despedidas irreversibles.

El apagón selló las bocas ya dispuestas a exhalar el gemido último.

La muerte, siempre dinámica para acosar, exultaba quieta.

Se le contrajo el estómago por la caída al vacío, y el contacto de la sábana lo devolvió a la realidad.

Abrió los ojos.

A su lado, en una habitación cuyo techo frío nunca fue reparo, dormía una esposa que no amaba.

Cerró los ojos deseando volver a la otra pesadilla, donde al menos germinaba un poema.

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El rincón al costado de la ruta

El Fiat viejo que nos dejó a gamba.
El rincón al costado de la ruta.
El tema de John Mayer que elegiste.
El sol que se filtraba por los árboles.
El pájaro que nos cantó al oído.
El pasto que te acariciaba el pelo.
La dócil textura de tu camisa.
El vino que descorché sin apuro.
El silencio que prefiguró el beso.
Nuestra filosofía desprendida.
Nuestra idiosincrasia del desacato.
Nuestras torpes manos inescindibles.
El fragor de la lluvia inesperada.
La libertad que conocí esa tarde.
Esa promesa de amor que por suerte,
o por designio de Dios, no cumplimos.

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Mañana cruzada

Hoy, jueves, me levanté cruzado.
Mejor dicho, me levanté normal, en un estado de ánimo neutro para afrontar la rutina. Pero hubo un acontecimiento que alteró mi humor.
La mañana, como la flor, es algo delicado. Cualquier ligero eslabón que se introduce en la cadena de actividades matutinas puede acarrear el desastre.
Las posibilidades son infinitas: que no haya más leche para el café, el colectivo lleno, el paro del subte o, como podría ser el caso del comisario Montalbano, un clima inhóspito.
En mi caso, fue leer un poema de mierda a través de Instagram.
Sí, un poema de mierda.
Cuatro versos de dos palabras impotentes de significación, que mendigan, imploran al lector que les de un poco de sentido. Y esa pretensión de profundidad que haría reír hasta al más inexperto escritor de haikus.
A mi humor de poseso se lo apropió el diablo cuando vi que, además, la autora se autodenomina escritora y poetisa contemporánea.
Si eso es lo que nos depara la contemporaneidad, espero sepan disculpar, prefiero ser un retrógrado.
Me pregunto qué pensarán aquellas personas al terminar de escribir cosas como esa. ¿Descorcharán un champagne, satisfechas por la obra realizada como si hubieran terminado de componer el concierto para piano “Emperador”?
Igualmente me pregunto cómo se atreven, cómo les da la cara para publicar semejantes estropajos. El sentido de la estética se perdió en el momento que desapareció el pudor. Nada merece más desprecio que una cosa mal hecha con ganas.
Ahora bien, ¿quién habrá sido el primer hijo de puta que proclamó a viva voz la relatividad de la belleza? Fue ese el que abortó la posibilidad de un nuevo Tiziano o una reedición de Homero. Ahí tienen al culpable de que haya gente que escucha reggaeton. Gracias a aquel individuo despreocupado de la trascendencia, el arte se convirtió en un objeto reciclable más propio de la góndola del supermercado que del museo.
Tanto es así, que ahora incluso se decoran los platos de comida, que de comida tienen bien poco. El propósito es evidente: que el arte termine en el inodoro.
La humanidad promulgó la relatividad de la belleza cuando se dio cuenta de que era incapaz de mejorar lo que habían hecho los antiguos. Las últimas generaciones nunca comprendieron el arte clásico, y por eso lo resignificaron. Huyeron de la simbología porque les dio terror el misterio. Subestimaron la técnica para evitar el esfuerzo.
Tal vez es consecuencia de eso ―la insoportable fealdad creciente que pulula en las creaciones más modernas― que las personas de esta era digital no busquen apreciar el arte, sino que deseen haberlo apreciado, como dijo un locutor de radio al hablar de la lectura.
Es decir, lejos ya aquellos tiempos en que se veía como una posibilidad de transformación personal, hoy es solamente un modo más de vanidad social.
Después, para colmo de males, vinieron los falsos profetas a instalar la premisa de que todo, absolutamente todo, es arte. Solo de esa manera podían ellos ubicar sus porquerías minimalistas en la vidriera. No contentos con la contaminación del agua y del aire, quieren contaminar también la poesía.
Y lo lograron: democráticamente, acordamos que cualquier entramado de palabras es literatura, que un mamarracho es digno de enmarcarse y exhibirse, que la menor combinación de sonidos es música.
Ya nos arrebataron las ideas de bien, verdad y belleza. Lo único que nos dejaron fue apatía existencial y herramientas estériles para transformarla en canto.
¿Qué nos extirparán después? Sea lo que fuere, deben apurarse y hacerlo ahora, que estamos entregados y a punto de convertirnos en polvo inútil.
Pero no piensen mal, no le deseo el infierno a nadie. Al contrario, soy un socialista del éter. Lo que sí les deseo a estos microbios es que, a modo de purificación, los reciban en la antesala del cielo Miguel Ángel, Virgilio, Bach y Murillo y los re caguen a patadas en el orto.
Creo, por otro lado, que el calificativo de vanguardistas cuadra perfecto: son la vanguardia de un ejército que, echando espuma por la boca y blandiendo dagas hambrientas, aniquila al enemigo de contornos cada vez más imprecisos.
Ese enemigo es el arte.
Muchos de esos vanguardistas, más contemporáneos que artistas, no conocen aún los colores del sol. Temen que la magia generosa de la aurora encandile sus ojos habituados a la tonalidad del cemento. Tampoco conocen la melodía del ave. Sus oídos ya pertenecen al doble pregón que anuncia la llegada del black friday y la conmemoración de la estupidez.
Como se sienten oprimidos por el orden de la naturaleza en movimiento, eligen como musas a los gusanos que asoman por los cadáveres porque estos no tienen forma.
El resultado lógico de todo lo anterior es el poema que me arruinó la mañana porteña.
Por Instagram, le mandé este mismo texto a la autora de esa desgracia, seguido de un texto de Bécquer.
Me da cierta tranquilidad saber que al menos, dado su patético gusto literario, va a leer el primero.

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Relatos aéreos I

Vuelo en primera clase.

Solo viajé una vez en primera clase. Fue fruto de la casualidad. Aunque, para contar la historia completa, quizás hubo un poco de mérito de mi parte.

Yo la veía a la señora que estaba delante de mí en la fila que aguardaba para embarcar. La veía con su enorme cara pálida y sus injustificables movimientos torpes que anunciaban el desplome.

En el instante en que sus mareadas piernas se vencieron, la tomé del brazo, evitando así que se cayera. Aferrada a mis hombros, balbuceó cosas inentendibles, que enseguida asocié al agradecimiento.

La ayudé a sentarse en el piso. Saqué de mi mochila la botella de agua y un paquete de galletitas y se los extendí. Aceptó sin decir palabra, con los ojos todavía luchando por mantener la consciencia despierta.

Me quedé a su lado por un lapso cuyo tiempo no podría precisar. El ladrido del altavoz pronunció mi nombre y uno más que, con toda seguridad, era el de ella. Una policía del aeropuerto se acercó a preguntarnos si todo andaba bien. Para mi sorpresa, fue la señora quien contestó:

―Este chico me acaba de salvar la vida. Y no exagero.

También para mi sorpresa, la señora consiguió pararse y a duras penas fue hacia el mostrador de la puerta de embarque. Les dijo algo a los empleados de la aerolínea y, conforme iba hablando, me señalaba.

Vinieron tres empleados a felicitarme por lo sucedido. Por triplicado, repetí que no había sido nada, que lo hubiera hecho cualquiera.

Llegó un empleado más, aparentemente de rango superior a los otros, con el ofrecimiento de viajar en primera clase. Me negué, pero ante su insistencia finalmente pensé “¿por qué no?”.

Una vez acomodado en el avión, concluí que ello, la primera clase, no era nada del otro mundo. Las únicas diferencias que encontré en relación a la económica fueron la abundancia de espacio y de presunción, y la posibilidad bendita de estirar las piernas.

La biografía de Luis XIV que había comprado de camino al aeropuerto me distrajo del horror del despegue.

Interrumpí la lectura al advertir que un individuo que caminaba por el pasillo se detuvo a la altura de donde estaba yo sentado.

―Lo leí, está bueno ―dijo después de inclinarse para ver la tapa del libro―. Pero aborrezco la monarquía.

Se enquistó en el asiento que estaba más próximo al mío. El impoluto traje negro le hacía juego con sus ojos de barro y la barba recortada.

Sin que nadie le diera pie, el individuo improvisó un elogio de la democracia.

―… tiene algunas imperfecciones, claro, pero difícilmente haya una forma de gobierno más igualitaria. Para mí, es sinónimo de libertad.

No dejó bache para la réplica. Prosiguió el monólogo jurando que literalmente no podría vivir si no fuera por el sistema democrático, y que sin este no podría haber conseguido nada de lo que tenía.

Con un gesto apenas perceptible, acarició la malla del reloj Hugo Boss que envolvía a su antebrazo izquierdo.

Juzgué una pérdida de tiempo señalarle que la democracia es aquel tentáculo del sistema que, como dijo mi colega Eduardo, hace que la riqueza no tenga techo y la miseria no tenga piso.

Explicó que invertía en la bolsa, o algo así. De toda su jerga soporífera solo fui capaz de entender que ganaba millones gracias a su destreza en el uso de la Mac.

―¿Vos a qué te dedicás?

―Soy profesor de Literatura.

―Bueno, uno se gana la vida como puede, ¿no? ―dijo, y me dio una tarjeta―. Te dejo mis datos de contacto por si te interesa, eh… vivir un poquito mejor.

El dorso de la tarjeta estrellaba a la vista el logo de JP Morgan. En el centro, un número de teléfono con una característica que yo desconocía, un correo electrónico. Y debajo de todo, el inconfundible nombre de Barrabás.

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Sobre los que viajan

Si vas a Praga, sí o sí tenés que ir a a estos restaurantes y probar los platos típicos, decía el mensaje de una persona que con suerte había visto dos veces en mi vida.
Tal mensaje inofensivo me llevó a pensar en la naturaleza de la flamante manera de quedar salpicado por las gotas de prestigio social: viajar.
Un amigo que se iba un mes a Europa adujo que quería probar nuevas experiencias y encontrarse a sí mismo. No me animé a sugerirle la lectura del libro donde Arlt dice que uno no necesita irse hasta Londres para darse cuenta de que es un imbécil; la estupidez no tiene fronteras.
Accidentalmente, mi amigo reveló un axioma del ideario del “wanderlust”: la búsqueda de la novedad. Lo que él no sabía es que estaba yendo a buscar novedad a un lugar cuyo valor reside en su antigüedad.
En un mundo uniformado, los autómatas humanos ansían distinción y originalidad a cualquier precio y, sobre todo, jactarse de ellas ante los ojos de los demás. En esa carrera de egos pierden todos los competidores: la cultura degenera en un bien de consumo y la felicidad en un holograma.
Los que viajan predican una hoja de ruta saturada de gastronomía, boliches, shoppings y datos inconexos que torpemente retuvieron de algún mediocre free walking tour.
Conocen las ciudades como un pescador el fondo del mar.
Como los cortos horizontes de su alma les produce claustrofobia, derriban las Columnas de Hércules para ir en pos de lo que nadie hizo, lo exótico: tragar minimalismo, relacionarse con personas heterogéneas bajo el pretexto de abrir una mente que ya está atomizada y conquistar vírgenes rincones para tener las primicias de la anécdota y la foto.
Mal que bien, guardan lo necesario para la travesía, y en un vital descuido dejan la imaginación, talismán que convierte al pasado en algo dinámico, al claro del bosque en un templo celta y al lago remiso en el espejo de un emperador.
En su mochila no hay espacio para la cuerda de Teseo, que une el hoy con el ayer.
Ignoran la historia porque olvidaron la poesía.
Pero allá ellos. Esclavos de la apariencia, probarán, consumirán, deglutirán hasta hacer gárgaras con su propio vómito.
Y al final, cuando ya no haya nada nuevo que comer, servirán en un plato su esencia bulímica y se devorarán a sí mismos.

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Waiting for the verdict

¡Qué alegría verte por acá, viejo!
El trabajo… ahí, va bien, no me quejo.
El país está mal, tenés razón.
Difícilmente encuentre solución.
Hago lo mejor que puedo, ¿sabés?
Me acuesto tarde y despierto temprano.
Mis hijos se me fueron de las manos
y lo de Magdalena fue un revés.
No creo que vuelva y, pienso, hace bien.
¿Y si no me ayuda ella, entonces quién?
Por suerte llegaron cuatro enfermeros:
alguna indulgente concesión de Eros
por la noche; durante la mañana,
whisky, autocompasión y marihuana.
Además, quise refugiarme en Dios
pero es Ausencia, así que hablo con vos:
¿Cómo recupero a mi compañera?
¿Cómo impido que el lisiado amor muera?
Notarás, al poner acá tu mano,
la gris hemorragia de versos vanos.
Me duele, mis hijos ya no me escuchan.
Saben, como ella, que el barco se hundió.
Tengo miedo de que ellos también huyan.
Quédense, la puta que lo parió.
Viejo, no hace falta que te levantes.
¿Preferís tomar café, mate o té?
Compré galletitas de agua y paté,
tal como desayunábamos antes.
¿Te acordás? Me llevabas al jardín
a upa, mientras comía chocolate.
En la cama, aquellos cuentos sin fin
y las tardes eternas de debate.
Por vos fui que me metí a Abogacía,
por tus libros descubrí el universo.
Desconozco ya el olor del incienso,
pero el abuelo, con tu compañía,
le dirá a Dios que la silla, la cuerda
fueron para terminar esta mierda.

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La indestrucción de Alba Longa

Desde aquel monte, el rey Tulio Hostilio podía ver la serpiente de lava y hierro que devoraba a la ciudad de Alba Longa.

―Quedaremos en la historia ―dijo un general a sus espaldas.

―Hasta ahora no hicimos más que destruir ―contestó Tulio Hostilio.

El rey surcó el barro que mezclaba la sangre de los Horacios con astillas que fueron la cara de Atenea.

Ya frente al fogón, separó un leño apenas mordido por una débil llama roja y se lo llevó al general.

―Haz con esto un fuego más grande.

Y el fuego fue tan grande que iluminó al mundo durante siglos.

En Roma, el 25 de noviembre de 2019.

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El homicida más peligroso

En un famélico callejón de Granada, en una tarde cualquiera, veo a un viejo cargando un arma.

Me acerco, más curioso que asustado. Pienso cómo encarar la conversación, pero el viejo me gana de mano.

―Voy a matar al hijo de puta que cada tanto me recuerda que la belleza es intangible ―dice, señalando un punto exacto del cielo.

Piensa matar al arcoíris.

Le advierto sobre la inutilidad de las balas.

―No, las balas son para el gato de mi edificio, que maúlla cada vez que aparece ese hijo de puta multicolor.

El viejo quiere eliminar también al poeta.

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Sísifo moderno

Atrapado entre mugre irreductible,
su esperanza olvidó la salida.
Aquello no le parecía vida,
ni siquiera lo creía posible.
Por qué en la cocina del bar ardían
cien infatigables hornos. Por qué
sobre el plato ya limpio aparecían
mil sucios más. Eso secó su fe.
Se le vedó el sabor de la propina
y del aire inquieto. Faena tétrica
que le permutó la musa, la métrica
por una jaula de hierro que calcina.
Quizás fue Dios quien castigó a tal hombre.
Del pecado no se sabe ni el nombre.

En algún lugar de Dublín.


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Extrema unción

Falsa mi verdad prestada de noticiero.
Falso mi hogar de frías paredes de arcilla.
Falso mi tiempo de filas y ventanillas.
Falsa mi patria de político embustero.
Falso mi arte si solo buscó aprobación.
Falso mi mediocre trabajo de oficina.
Falsa mi inflexible moral de plastilina.
Falso mi juicio si el mundo es una prisión.
Falsa mi libertad si siempre tuvo un pero.
Falso mi amor que apenas despegó del piso.
Falsos mis viajes por los paisajes de acero.
Falso yo, aquel hijo bastardo de Narciso.
Pero ya nada importa, porque es tarde. Infiero
que esos pasos que oigo son los del Cancerbero.

En Dublín, el 18 de noviembre de 2019.

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Un tour distinto

A través de un cuadro de Rubens se pueden oír las risas del niño Jesús y San José al dar estocadas de madera a un decurión romano invisible.
En el Champ de Mars, un prestidigitador al que besó Edith Piaf estafa a tres turistas chinos con el juego de los tres vasos y la bola.
Por la rue Saint Martin renguea el soldado que perdió un ojo en Austerlitz y el brazo en la línea Maginot.
En el Parc Monceau, al caer el sol, me leyó la mano una pitonisa llamada Esmeralda.
La sirena que le regaló a Odiseo un canto imposible emergió del Sena para darme un tímido beso de plata.
En la librería Shakespeare & Company conocí a Eugénie, la burguesa que se escapó de una novela de Balzac y que pudo haber sido el amor de mi vida.
En Les Deux Magots tomé un café con Víctor Hugo, quien me confesó que no fue capaz de descifrar la simbología que encierra el cuento El Espejo y la Máscara, de Borges.
El poeta francés me llevó al campanario de Notre Dame, y desde ahí señaló la casa donde Jacques de Molay todavía sueña con restaurar la orden de los templarios.

En París, el 6 de octubre de 2019.

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Lúthien y Beren

Al igual que hicieron Lúthien y Beren,
así también Julieta y Romeo,
como Penélope, como Odiseo,
dejaremos que los astros imperen.

Gastemos lo que nos queda de ahorros.
Compremos una barca y algo de pan.
No necesitaremos de socorro:
la Cruz del Sur hará de capitán.

¿Acaso le temés al agua salada?
Tranquila, que no nos pasará nada.
El Dios aquel que regaló el presagio
impedirá, sin dudas, el naufragio.

Iremos muy livianos de equipaje.
Por favor, no olvides el poncho viejo,
creo que será vital para el viaje;
sobre todo si navegamos lejos.

¿Tenés miedo a la luna y las estrellas?
Son nuestras, podemos jugar con ellas.
O busquemos al sol en el Oriente
para que a nuestro espíritu caliente.

¿Te asustan los rayos, el mar reacio?
Nunca sabremos sin soltar amarras.
Usaremos de escudo la guitarra;
una zamba dominará el espacio.

No tengo ningún destino pensado.
Vayamos a un país intemporal.
Puede ser la Atlántida, el Dorado.
O Europa, Asia, Oceanía, me da igual.

¿Temés que tu fe sea insuficiente?
Para mí sos la mujer más valiente.
Nos saludarán los vientos, los montes,
y se nos rendirán los horizontes.

Si no encontramos la felicidad,
no desesperemos. Mi viejo dijo,
y lo dijo con mucha seriedad,
que la paz viene cuando nace un hijo.

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