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Sobre los que viajan

Si vas a Praga, sí o sí tenés que ir a a estos restaurantes y probar los platos típicos, decía el mensaje de una persona que con suerte había visto dos veces en mi vida.
Tal mensaje inofensivo me llevó a pensar en la naturaleza de la flamante manera de quedar salpicado por las gotas de prestigio social: viajar.
Un amigo que se iba un mes a Europa adujo que quería probar nuevas experiencias y encontrarse a sí mismo. No me animé a sugerirle la lectura del libro donde Arlt dice que uno no necesita irse hasta Londres para darse cuenta de que es un imbécil; la estupidez no tiene fronteras.
Accidentalmente, mi amigo reveló un axioma del ideario del “wanderlust”: la búsqueda de la novedad. Lo que él no sabía es que estaba yendo a buscar novedad a un lugar cuyo valor reside en su antigüedad.
En un mundo uniformado, los autómatas humanos ansían distinción y originalidad a cualquier precio y, sobre todo, jactarse de ellas ante los ojos de los demás. En esa carrera de egos pierden todos los competidores: la cultura degenera en un bien de consumo y la felicidad en un holograma.
Los que viajan predican una hoja de ruta saturada de gastronomía, boliches, shoppings y datos inconexos que torpemente retuvieron de algún mediocre free walking tour.
Conocen las ciudades como un pescador el fondo del mar.
Como los cortos horizontes de su alma les produce claustrofobia, derriban las Columnas de Hércules para ir en pos de lo que nadie hizo, lo exótico: tragar minimalismo, relacionarse con personas heterogéneas bajo el pretexto de abrir una mente que ya está atomizada y conquistar vírgenes rincones para tener las primicias de la anécdota y la foto.
Mal que bien, guardan lo necesario para la travesía, y en un vital descuido dejan la imaginación, talismán que convierte al pasado en algo dinámico, al claro del bosque en un templo celta y al lago remiso en el espejo de un emperador.
En su mochila no hay espacio para la cuerda de Teseo, que une el hoy con el ayer.
Ignoran la historia porque olvidaron la poesía.
Pero allá ellos. Esclavos de la apariencia, probarán, consumirán, deglutirán hasta hacer gárgaras con su propio vómito.
Y al final, cuando ya no haya nada nuevo que comer, servirán en un plato su esencia bulímica y se devorarán a sí mismos.

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Waiting for the verdict

¡Qué alegría verte por acá, viejo!
El trabajo… ahí, va bien, no me quejo.
El país está mal, tenés razón.
Difícilmente encuentre solución.
Hago lo mejor que puedo, ¿sabés?
Me acuesto tarde y despierto temprano.
Mis hijos se me fueron de las manos
y lo de Magdalena fue un revés.
No creo que vuelva y, pienso, hace bien.
¿Y si no me ayuda ella, entonces quién?
Por suerte llegaron cuatro enfermeros:
alguna indulgente concesión de Eros
por la noche; durante la mañana,
whisky, autocompasión y marihuana.
Además, quise refugiarme en Dios
pero es Ausencia, así que hablo con vos:
¿Cómo recupero a mi compañera?
¿Cómo impido que el lisiado amor muera?
Notarás, al poner acá tu mano,
la gris hemorragia de versos vanos.
Me duele, mis hijos ya no me escuchan.
Saben, como ella, que el barco se hundió.
Tengo miedo de que ellos también huyan.
Quédense, la puta que lo parió.
Viejo, no hace falta que te levantes.
¿Preferís tomar café, mate o té?
Compré galletitas de agua y paté,
tal como desayunábamos antes.
¿Te acordás? Me llevabas al jardín
a upa, mientras comía chocolate.
En la cama, aquellos cuentos sin fin
y las tardes eternas de debate.
Por vos fui que me metí a Abogacía,
por tus libros descubrí el universo.
Desconozco ya el olor del incienso,
pero el abuelo, con tu compañía,
le dirá a Dios que la silla, la cuerda
fueron para terminar esta mierda.

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La indestrucción de Alba Longa

Desde aquel monte, el rey Tulio Hostilio podía ver la serpiente de lava y hierro que devoraba a la ciudad de Alba Longa.

―Quedaremos en la historia ―dijo un general a sus espaldas.

―Hasta ahora no hicimos más que destruir ―contestó Tulio Hostilio.

El rey surcó el barro que mezclaba la sangre de los Horacios con astillas que fueron la cara de Atenea.

Ya frente al fogón, separó un leño apenas mordido por una débil llama roja y se lo llevó al general.

―Haz con esto un fuego más grande.

Y el fuego fue tan grande que iluminó al mundo durante siglos.

En Roma, el 25 de noviembre de 2019.

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El homicida más peligroso

En un famélico callejón de Granada, en una tarde cualquiera, veo a un viejo cargando un arma.

Me acerco, más curioso que asustado. Pienso cómo encarar la conversación, pero el viejo me gana de mano.

―Voy a matar al hijo de puta que cada tanto me recuerda que la belleza es intangible ―dice, señalando un punto exacto del cielo.

Piensa matar al arcoíris.

Le advierto sobre la inutilidad de las balas.

―No, las balas son para el gato de mi edificio, que maúlla cada vez que aparece ese hijo de puta multicolor.

El viejo quiere eliminar también al poeta.

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Sísifo moderno

Atrapado entre mugre irreductible,
su esperanza olvidó la salida.
Aquello no le parecía vida,
ni siquiera lo creía posible.
Por qué en la cocina del bar ardían
cien infatigables hornos. Por qué
sobre el plato ya limpio aparecían
mil sucios más. Eso secó su fe.
Se le vedó el sabor de la propina
y del aire inquieto. Faena tétrica
que le permutó la musa, la métrica
por una jaula de hierro que calcina.
Quizás fue Dios quien castigó a tal hombre.
Del pecado no se sabe ni el nombre.

En algún lugar de Dublín.


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Extrema unción

Falsa mi verdad prestada de noticiero.
Falso mi hogar de frías paredes de arcilla.
Falso mi tiempo de filas y ventanillas.
Falsa mi patria de político embustero.
Falso mi arte si solo buscó aprobación.
Falso mi mediocre trabajo de oficina.
Falsa mi inflexible moral de plastilina.
Falso mi juicio si el mundo es una prisión.
Falsa mi libertad si siempre tuvo un pero.
Falso mi amor que apenas despegó del piso.
Falsos mis viajes por los paisajes de acero.
Falso yo, aquel hijo bastardo de Narciso.
Pero ya nada importa, porque es tarde. Infiero
que esos pasos que oigo son los del Cancerbero.

En Dublín, el 18 de noviembre de 2019.

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Un tour distinto

A través de un cuadro de Rubens se pueden oír las risas del niño Jesús y San José al dar estocadas de madera a un decurión romano invisible.
En el Champ de Mars, un prestidigitador al que besó Edith Piaf estafa a tres turistas chinos con el juego de los tres vasos y la bola.
Por la rue Saint Martin renguea el soldado que perdió un ojo en Austerlitz y el brazo en la línea Maginot.
En el Parc Monceau, al caer el sol, me leyó la mano una pitonisa llamada Esmeralda.
La sirena que le regaló a Odiseo un canto imposible emergió del Sena para darme un tímido beso de plata.
En la librería Shakespeare & Company conocí a Eugénie, la burguesa que se escapó de una novela de Balzac y que pudo haber sido el amor de mi vida.
En Les Deux Magots tomé un café con Víctor Hugo, quien me confesó que no fue capaz de descifrar la simbología que encierra el cuento El Espejo y la Máscara, de Borges.
El poeta francés me llevó al campanario de Notre Dame, y desde ahí señaló la casa donde Jacques de Molay todavía sueña con restaurar la orden de los templarios.

En París, el 6 de octubre de 2019.

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Lúthien y Beren

Al igual que hicieron Lúthien y Beren,
así también Julieta y Romeo,
como Penélope, como Odiseo,
dejaremos que los astros imperen.

Gastemos lo que nos queda de ahorros.
Compremos una barca y algo de pan.
No necesitaremos de socorro:
la Cruz del Sur hará de capitán.

¿Acaso le temés al agua salada?
Tranquila, que no nos pasará nada.
El Dios aquel que regaló el presagio
impedirá, sin dudas, el naufragio.

Iremos muy livianos de equipaje.
Por favor, no olvides el poncho viejo,
creo que será vital para el viaje;
sobre todo si navegamos lejos.

¿Tenés miedo a la luna y las estrellas?
Son nuestras, podemos jugar con ellas.
O busquemos al sol en el Oriente
para que a nuestro espíritu caliente.

¿Te asustan los rayos, el mar reacio?
Nunca sabremos sin soltar amarras.
Usaremos de escudo la guitarra;
una zamba dominará el espacio.

No tengo ningún destino pensado.
Vayamos a un país intemporal.
Puede ser la Atlántida, el Dorado.
O Europa, Asia, Oceanía, me da igual.

¿Temés que tu fe sea insuficiente?
Para mí sos la mujer más valiente.
Nos saludarán los vientos, los montes,
y se nos rendirán los horizontes.

Si no encontramos la felicidad,
no desesperemos. Mi viejo dijo,
y lo dijo con mucha seriedad,
que la paz viene cuando nace un hijo.

La biblioteca de mi padre, JLB

La biblioteca de mi padre ha sido el acontecimiento capital de mi vida. Ahí, por obra de la voz de mi padre, me fue revelada esa cosa misteriosa, la poesía; ahí me fueron revelados los mapas, las ilustraciones, más preciosas para mí que las letras de molde. Conocí a Grimm, a Lewis Carroll y a las virtualmente infinitas Mil y Una Noches. En algún poema ulterior diría:

Y que me imaginaba el Paraíso

bajo la especie de una biblioteca.

Séneca, en una de sus epístolas a Lucilo, se burlaba de un hombre que tenía una biblioteca de cien volúmenes. En el curso de mi larga vida creo no haber leído cien volúmenes, pero he hojeado algunos más.

Ante todo, enciclopedias, que desde Plinio a Brockhaus, pasando por Isidoro de Sevilla, por Diderot y por la undécima edición de la Británica, cuyos lomos dorados imagino en la inmóvil penumbra de la ceguera, son, para un hombre ocioso y curioso, el más deleitable de los géneros literarios.

Las bibliotecas son la memoria de la humanidad. Una memoria infame, ha dicho Shaw. Pero con ella erigiremos un porvenir que se parezca, siquiera un poco, a nuestra esperanza.

La biblioteca de mi padre

Jorge Luis Borges

El Correo de la UNESCO

Febrero 1985 – Año XXXVIII

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