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Mañana cruzada

Hoy, jueves, me levanté cruzado.
Mejor dicho, me levanté normal, en un estado de ánimo neutro para afrontar la rutina. Pero hubo un acontecimiento que alteró mi humor.
La mañana, como la flor, es algo delicado. Cualquier ligero eslabón que se introduce en la cadena de actividades matutinas puede acarrear el desastre.
Las posibilidades son infinitas: que no haya más leche para el café, el colectivo lleno, el paro del subte o, como podría ser el caso del comisario Montalbano, un clima inhóspito.
En mi caso, fue leer un poema de mierda a través de Instagram.
Sí, un poema de mierda.
Cuatro versos de dos palabras impotentes de significación, que mendigan, imploran al lector que les de un poco de sentido. Y esa pretensión de profundidad que haría reír hasta al más inexperto escritor de haikus.
A mi humor de poseso se lo apropió el diablo cuando vi que, además, la autora se autodenomina escritora y poetisa contemporánea.
Si eso es lo que nos depara la contemporaneidad, espero sepan disculpar, prefiero ser un retrógrado.
Me pregunto qué pensarán aquellas personas al terminar de escribir cosas como esa. ¿Descorcharán un champagne, satisfechas por la obra realizada como si hubieran terminado de componer el concierto para piano “Emperador”?
Igualmente me pregunto cómo se atreven, cómo les da la cara para publicar semejantes estropajos. El sentido de la estética se perdió en el momento que desapareció el pudor. Nada merece más desprecio que una cosa mal hecha con ganas.
Ahora bien, ¿quién habrá sido el primer hijo de puta que proclamó a viva voz la relatividad de la belleza? Fue ese el que abortó la posibilidad de un nuevo Tiziano o una reedición de Homero. Ahí tienen al culpable de que haya gente que escucha reggaeton. Gracias a aquel individuo despreocupado de la trascendencia, el arte se convirtió en un objeto reciclable más propio de la góndola del supermercado que del museo.
Tanto es así, que ahora incluso se decoran los platos de comida, que de comida tienen bien poco. El propósito es evidente: que el arte termine en el inodoro.
La humanidad promulgó la relatividad de la belleza cuando se dio cuenta de que era incapaz de mejorar lo que habían hecho los antiguos. Las últimas generaciones nunca comprendieron el arte clásico, y por eso lo resignificaron. Huyeron de la simbología porque les dio terror el misterio. Subestimaron la técnica para evitar el esfuerzo.
Tal vez es consecuencia de eso ―la insoportable fealdad creciente que pulula en las creaciones más modernas― que las personas de esta era digital no busquen apreciar el arte, sino que deseen haberlo apreciado, como dijo un locutor de radio al hablar de la lectura.
Es decir, lejos ya aquellos tiempos en que se veía como una posibilidad de transformación personal, hoy es solamente un modo más de vanidad social.
Después, para colmo de males, vinieron los falsos profetas a instalar la premisa de que todo, absolutamente todo, es arte. Solo de esa manera podían ellos ubicar sus porquerías minimalistas en la vidriera. No contentos con la contaminación del agua y del aire, quieren contaminar también la poesía.
Y lo lograron: democráticamente, acordamos que cualquier entramado de palabras es literatura, que un mamarracho es digno de enmarcarse y exhibirse, que la menor combinación de sonidos es música.
Ya nos arrebataron las ideas de bien, verdad y belleza. Lo único que nos dejaron fue apatía existencial y herramientas estériles para transformarla en canto.
¿Qué nos extirparán después? Sea lo que fuere, deben apurarse y hacerlo ahora, que estamos entregados y a punto de convertirnos en polvo inútil.
Pero no piensen mal, no le deseo el infierno a nadie. Al contrario, soy un socialista del éter. Lo que sí les deseo a estos microbios es que, a modo de purificación, los reciban en la antesala del cielo Miguel Ángel, Virgilio, Bach y Murillo y los re caguen a patadas en el orto.
Creo, por otro lado, que el calificativo de vanguardistas cuadra perfecto: son la vanguardia de un ejército que, echando espuma por la boca y blandiendo dagas hambrientas, aniquila al enemigo de contornos cada vez más imprecisos.
Ese enemigo es el arte.
Muchos de esos vanguardistas, más contemporáneos que artistas, no conocen aún los colores del sol. Temen que la magia generosa de la aurora encandile sus ojos habituados a la tonalidad del cemento. Tampoco conocen la melodía del ave. Sus oídos ya pertenecen al doble pregón que anuncia la llegada del black friday y la conmemoración de la estupidez.
Como se sienten oprimidos por el orden de la naturaleza en movimiento, eligen como musas a los gusanos que asoman por los cadáveres porque estos no tienen forma.
El resultado lógico de todo lo anterior es el poema que me arruinó la mañana porteña.
Por Instagram, le mandé este mismo texto a la autora de esa desgracia, seguido de un texto de Bécquer.
Me da cierta tranquilidad saber que al menos, dado su patético gusto literario, va a leer el primero.

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Relatos aéreos I

Vuelo en primera clase.

Solo viajé una vez en primera clase. Fue fruto de la casualidad. Aunque, para contar la historia completa, quizás hubo un poco de mérito de mi parte.

Yo la veía a la señora que estaba delante de mí en la fila que aguardaba para embarcar. La veía con su enorme cara pálida y sus injustificables movimientos torpes que anunciaban el desplome.

En el instante en que sus mareadas piernas se vencieron, la tomé del brazo, evitando así que se cayera. Aferrada a mis hombros, balbuceó cosas inentendibles, que enseguida asocié al agradecimiento.

La ayudé a sentarse en el piso. Saqué de mi mochila la botella de agua y un paquete de galletitas y se los extendí. Aceptó sin decir palabra, con los ojos todavía luchando por mantener la consciencia despierta.

Me quedé a su lado por un lapso cuyo tiempo no podría precisar. El ladrido del altavoz pronunció mi nombre y uno más que, con toda seguridad, era el de ella. Una policía del aeropuerto se acercó a preguntarnos si todo andaba bien. Para mi sorpresa, fue la señora quien contestó:

―Este chico me acaba de salvar la vida. Y no exagero.

También para mi sorpresa, la señora consiguió pararse y a duras penas fue hacia el mostrador de la puerta de embarque. Les dijo algo a los empleados de la aerolínea y, conforme iba hablando, me señalaba.

Vinieron tres empleados a felicitarme por lo sucedido. Por triplicado, repetí que no había sido nada, que lo hubiera hecho cualquiera.

Llegó un empleado más, aparentemente de rango superior a los otros, con el ofrecimiento de viajar en primera clase. Me negué, pero ante su insistencia finalmente pensé “¿por qué no?”.

Una vez acomodado en el avión, concluí que ello, la primera clase, no era nada del otro mundo. Las únicas diferencias que encontré en relación a la económica fueron la abundancia de espacio y de presunción, y la posibilidad bendita de estirar las piernas.

La biografía de Luis XIV que había comprado de camino al aeropuerto me distrajo del horror del despegue.

Interrumpí la lectura al advertir que un individuo que caminaba por el pasillo se detuvo a la altura de donde estaba yo sentado.

―Lo leí, está bueno ―dijo después de inclinarse para ver la tapa del libro―. Pero aborrezco la monarquía.

Se enquistó en el asiento que estaba más próximo al mío. El impoluto traje negro le hacía juego con sus ojos de barro y la barba recortada.

Sin que nadie le diera pie, el individuo improvisó un elogio de la democracia.

―… tiene algunas imperfecciones, claro, pero difícilmente haya una forma de gobierno más igualitaria. Para mí, es sinónimo de libertad.

No dejó bache para la réplica. Prosiguió el monólogo jurando que literalmente no podría vivir si no fuera por el sistema democrático, y que sin este no podría haber conseguido nada de lo que tenía.

Con un gesto apenas perceptible, acarició la malla del reloj Hugo Boss que envolvía a su antebrazo izquierdo.

Juzgué una pérdida de tiempo señalarle que la democracia es aquel tentáculo del sistema que, como dijo mi colega Eduardo, hace que la riqueza no tenga techo y la miseria no tenga piso.

Explicó que invertía en la bolsa, o algo así. De toda su jerga soporífera solo fui capaz de entender que ganaba millones gracias a su destreza en el uso de la Mac.

―¿Vos a qué te dedicás?

―Soy profesor de Literatura.

―Bueno, uno se gana la vida como puede, ¿no? ―dijo, y me dio una tarjeta―. Te dejo mis datos de contacto por si te interesa, eh… vivir un poquito mejor.

El dorso de la tarjeta estrellaba a la vista el logo de JP Morgan. En el centro, un número de teléfono con una característica que yo desconocía, un correo electrónico. Y debajo de todo, el inconfundible nombre de Barrabás.

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Sobre los que viajan

Si vas a Praga, sí o sí tenés que ir a a estos restaurantes y probar los platos típicos, decía el mensaje de una persona que con suerte había visto dos veces en mi vida.
Tal mensaje inofensivo me llevó a pensar en la naturaleza de la flamante manera de quedar salpicado por las gotas de prestigio social: viajar.
Un amigo que se iba un mes a Europa adujo que quería probar nuevas experiencias y encontrarse a sí mismo. No me animé a sugerirle la lectura del libro donde Arlt dice que uno no necesita irse hasta Londres para darse cuenta de que es un imbécil; la estupidez no tiene fronteras.
Accidentalmente, mi amigo reveló un axioma del ideario del “wanderlust”: la búsqueda de la novedad. Lo que él no sabía es que estaba yendo a buscar novedad a un lugar cuyo valor reside en su antigüedad.
En un mundo uniformado, los autómatas humanos ansían distinción y originalidad a cualquier precio y, sobre todo, jactarse de ellas ante los ojos de los demás. En esa carrera de egos pierden todos los competidores: la cultura degenera en un bien de consumo y la felicidad en un holograma.
Los que viajan predican una hoja de ruta saturada de gastronomía, boliches, shoppings y datos inconexos que torpemente retuvieron de algún mediocre free walking tour.
Conocen las ciudades como un pescador el fondo del mar.
Como los cortos horizontes de su alma les produce claustrofobia, derriban las Columnas de Hércules para ir en pos de lo que nadie hizo, lo exótico: tragar minimalismo, relacionarse con personas heterogéneas bajo el pretexto de abrir una mente que ya está atomizada y conquistar vírgenes rincones para tener las primicias de la anécdota y la foto.
Mal que bien, guardan lo necesario para la travesía, y en un vital descuido dejan la imaginación, talismán que convierte al pasado en algo dinámico, al claro del bosque en un templo celta y al lago remiso en el espejo de un emperador.
En su mochila no hay espacio para la cuerda de Teseo, que une el hoy con el ayer.
Ignoran la historia porque olvidaron la poesía.
Pero allá ellos. Esclavos de la apariencia, probarán, consumirán, deglutirán hasta hacer gárgaras con su propio vómito.
Y al final, cuando ya no haya nada nuevo que comer, servirán en un plato su esencia bulímica y se devorarán a sí mismos.

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Waiting for the verdict

¡Qué alegría verte por acá, viejo!
El trabajo… ahí, va bien, no me quejo.
El país está mal, tenés razón.
Difícilmente encuentre solución.
Hago lo mejor que puedo, ¿sabés?
Me acuesto tarde y despierto temprano.
Mis hijos se me fueron de las manos
y lo de Magdalena fue un revés.
No creo que vuelva y, pienso, hace bien.
¿Y si no me ayuda ella, entonces quién?
Por suerte llegaron cuatro enfermeros:
alguna indulgente concesión de Eros
por la noche; durante la mañana,
whisky, autocompasión y marihuana.
Además, quise refugiarme en Dios
pero es Ausencia, así que hablo con vos:
¿Cómo recupero a mi compañera?
¿Cómo impido que el lisiado amor muera?
Notarás, al poner acá tu mano,
la gris hemorragia de versos vanos.
Me duele, mis hijos ya no me escuchan.
Saben, como ella, que el barco se hundió.
Tengo miedo de que ellos también huyan.
Quédense, la puta que lo parió.
Viejo, no hace falta que te levantes.
¿Preferís tomar café, mate o té?
Compré galletitas de agua y paté,
tal como desayunábamos antes.
¿Te acordás? Me llevabas al jardín
a upa, mientras comía chocolate.
En la cama, aquellos cuentos sin fin
y las tardes eternas de debate.
Por vos fui que me metí a Abogacía,
por tus libros descubrí el universo.
Desconozco ya el olor del incienso,
pero el abuelo, con tu compañía,
le dirá a Dios que la silla, la cuerda
fueron para terminar esta mierda.

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La indestrucción de Alba Longa

Desde aquel monte, el rey Tulio Hostilio podía ver la serpiente de lava y hierro que devoraba a la ciudad de Alba Longa.

―Quedaremos en la historia ―dijo un general a sus espaldas.

―Hasta ahora no hicimos más que destruir ―contestó Tulio Hostilio.

El rey surcó el barro que mezclaba la sangre de los Horacios con astillas que fueron la cara de Atenea.

Ya frente al fogón, separó un leño apenas mordido por una débil llama roja y se lo llevó al general.

―Haz con esto un fuego más grande.

Y el fuego fue tan grande que iluminó al mundo durante siglos.

En Roma, el 25 de noviembre de 2019.

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El homicida más peligroso

En un famélico callejón de Granada, en una tarde cualquiera, veo a un viejo cargando un arma.

Me acerco, más curioso que asustado. Pienso cómo encarar la conversación, pero el viejo me gana de mano.

―Voy a matar al hijo de puta que cada tanto me recuerda que la belleza es intangible ―dice, señalando un punto exacto del cielo.

Piensa matar al arcoíris.

Le advierto sobre la inutilidad de las balas.

―No, las balas son para el gato de mi edificio, que maúlla cada vez que aparece ese hijo de puta multicolor.

El viejo quiere eliminar también al poeta.

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Sísifo moderno

Atrapado entre mugre irreductible,
su esperanza olvidó la salida.
Aquello no le parecía vida,
ni siquiera lo creía posible.
Por qué en la cocina del bar ardían
cien infatigables hornos. Por qué
sobre el plato ya limpio aparecían
mil sucios más. Eso secó su fe.
Se le vedó el sabor de la propina
y del aire inquieto. Faena tétrica
que le permutó la musa, la métrica
por una jaula de hierro que calcina.
Quizás fue Dios quien castigó a tal hombre.
Del pecado no se sabe ni el nombre.

En algún lugar de Dublín.


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Extrema unción

Falsa mi verdad prestada de noticiero.
Falso mi hogar de frías paredes de arcilla.
Falso mi tiempo de filas y ventanillas.
Falsa mi patria de político embustero.
Falso mi arte si solo buscó aprobación.
Falso mi mediocre trabajo de oficina.
Falsa mi inflexible moral de plastilina.
Falso mi juicio si el mundo es una prisión.
Falsa mi libertad si siempre tuvo un pero.
Falso mi amor que apenas despegó del piso.
Falsos mis viajes por los paisajes de acero.
Falso yo, aquel hijo bastardo de Narciso.
Pero ya nada importa, porque es tarde. Infiero
que esos pasos que oigo son los del Cancerbero.

En Dublín, el 18 de noviembre de 2019.

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Un tour distinto

A través de un cuadro de Rubens se pueden oír las risas del niño Jesús y San José al dar estocadas de madera a un decurión romano invisible.
En el Champ de Mars, un prestidigitador al que besó Edith Piaf estafa a tres turistas chinos con el juego de los tres vasos y la bola.
Por la rue Saint Martin renguea el soldado que perdió un ojo en Austerlitz y el brazo en la línea Maginot.
En el Parc Monceau, al caer el sol, me leyó la mano una pitonisa llamada Esmeralda.
La sirena que le regaló a Odiseo un canto imposible emergió del Sena para darme un tímido beso de plata.
En la librería Shakespeare & Company conocí a Eugénie, la burguesa que se escapó de una novela de Balzac y que pudo haber sido el amor de mi vida.
En Les Deux Magots tomé un café con Víctor Hugo, quien me confesó que no fue capaz de descifrar la simbología que encierra el cuento El Espejo y la Máscara, de Borges.
El poeta francés me llevó al campanario de Notre Dame, y desde ahí señaló la casa donde Jacques de Molay todavía sueña con restaurar la orden de los templarios.

En París, el 6 de octubre de 2019.

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Lúthien y Beren

Al igual que hicieron Lúthien y Beren,
así también Julieta y Romeo,
como Penélope, como Odiseo,
dejaremos que los astros imperen.

Gastemos lo que nos queda de ahorros.
Compremos una barca y algo de pan.
No necesitaremos de socorro:
la Cruz del Sur hará de capitán.

¿Acaso le temés al agua salada?
Tranquila, que no nos pasará nada.
El Dios aquel que regaló el presagio
impedirá, sin dudas, el naufragio.

Iremos muy livianos de equipaje.
Por favor, no olvides el poncho viejo,
creo que será vital para el viaje;
sobre todo si navegamos lejos.

¿Tenés miedo a la luna y las estrellas?
Son nuestras, podemos jugar con ellas.
O busquemos al sol en el Oriente
para que a nuestro espíritu caliente.

¿Te asustan los rayos, el mar reacio?
Nunca sabremos sin soltar amarras.
Usaremos de escudo la guitarra;
una zamba dominará el espacio.

No tengo ningún destino pensado.
Vayamos a un país intemporal.
Puede ser la Atlántida, el Dorado.
O Europa, Asia, Oceanía, me da igual.

¿Temés que tu fe sea insuficiente?
Para mí sos la mujer más valiente.
Nos saludarán los vientos, los montes,
y se nos rendirán los horizontes.

Si no encontramos la felicidad,
no desesperemos. Mi viejo dijo,
y lo dijo con mucha seriedad,
que la paz viene cuando nace un hijo.

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