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Censo de Buenos Aires (IV, V y VI)

Censo 4 – El taxista que conoció a Kennedy


En un viaje a Villa del Parque, tuve un diálogo bastante peculiar con el taxista. Veníamos escuchando por la radio al ministro de trabajo.

―Nene ―me dice―. Nosotros tenemos los peores políticos del mundo.

Le respondo que la corrupción hace metástasis, y que los políticos depredan acá y en cualquier lado.

―Qué sé yo. Líderes eran los de antes, viste. Yo conocí a Kennedy ―asegura, mirándome por el espejo retrovisor.

―¿Kennedy estuvo en la Argentina?

―Sí, vino a dar una conferencia para líderes del PJ. El tipo tenía una cabeza distinta. Por eso le dispararon ahí.

Después de una insólita interpretación de la guerra de Vietnam, concluye:

―Acá la política se vive como un juego, mientras la gente se juega la vida.

Le pregunto si cree que puede haber algún político honesto.

―Mirá, creo que va más allá de la política. Hace cuarenta años que manejo un taxi, y conversé con gente sensata, gente estúpida y toda clase de locos. Pero todavía no hablé con nadie que busque la verdad. Todavía no conocí una persona que sea capaz de abandonar su filosofía complaciente para abrazar un pensamiento inédito.

―¿Qué es la verdad?

―No tengo idea. Debe ser algo que se pronuncia en voz baja.

Censo 5 – El supermercado chino


Nadie va a comprar al supermercado chino de la calle Honduras. Las causas, aunque diversas, confluyen en una sola: los caracoles. Al principio no lo creía posible. Me parecía más bien un mito barrial. Pero una tarde entro al supermercado a buscar aceite de oliva y, de paso, vencer supersticiones.

El chino de la caja sonríe al verme pasar. Pienso, no sé por qué, que el lugar me está esperando desde siempre. Atravieso el pasillo desierto, testimonio del apartheid de los vecinos de la cuadra. Me detengo en el sector de los vinos. Y la veo. Una góndola repleta de caracoles. Voy hasta la caja. Le pregunto al chino para qué tienen esas cosas ahí. Me mira sorprendido, como si yo fuera el primero en hacer esa pregunta. Le dice algo a su hijo, y este saca un caracol del bolsillo y se lo estampa en la oreja. A juzgar por su aspecto, tiene la infancia consumida. El padre me cuenta que el chico, por pasar tanto tiempo en el supermercado, sufrió un principio de angustia.

―Pasa que se hartó de estar solo. Yo soy toda la familia que tiene.

Los amigos preferían la plaza. Llegó un momento que los pasillos no servían de escondite porque en realidad ya nadie lo buscaba. Que las golosinas apenas le producían placer. Que odiaba la bicicleta, cansado de usarla con propósitos tan limitados. Que la pelota era un triste recordatorio de que en los juegos, como en la vida, se necesita de otros. Pero, al parecer, su compañía era prescindible para los demás. Y el mundo no tiene ningún hueco de sobra para los disconformes. Debía jugar a la mancha con las sombras de la gente que pasaba.

―Hasta que un día le regalé una bolsa de caracoles. Los sacó y tiró la bolsa a la basura, dejando su depresión ahí adentro.

El niño encontró en ellos lugares inmensos para él solo, paraísos que entraban en el bolsillo. Se dio cuenta de que las pequeñas cosas eran reminiscencias de otras más grandes. Y así, la belleza se hizo un poco más compañera. 

Finalmente, el padre me despide. El hijo no: navega las horas lentas escuchando el silbido del mar.

Por cosas de la vida, nunca pude agradecerle.

Fue la única vez que descubrí, asomando por la retina, las transparencias de un alma libre.

Censo 6 – El poeta verdadero


En un caserón de la calle Arribeños vive Tomás De Quincey. O así se hace llamar. Nadie puede negar que es un tipo proactivo. Fue médico, locutor de radio, señalero, piletero, cortador de césped y muchas otras changas a las que, tal vez por pudor, nadie se animó a ponerles nombre. Tomás pertenece a esa categoría selecta de personas que eligen los trabajos en función del tiempo que les deja para leer y tomar cerveza con amigos.

Lo conocí cuando tuve que hacer el censo por la manzana de su casa. Desde entonces, nunca dejé de visitarlo. Pero ya no es el mismo: hace cinco años que está atascado con un poema. Siempre anda con la birome a mano y el cuaderno cerca, como esperando que vuelva la musa que alguna vez lo amó, y que ahora se revuelca en los brazos de otro.

Cada vez que lo veo, me lee la primera estrofa, la única que escribió. Al final de cada verso se detiene unos buenos segundos, no para generar impacto, sino para tomar mate.


“Te derroté parcialmente:
ayer no soñé con vos,
hoy le volví a sentir el gusto al café
y mañana, si deja de llover,
quizás vuelva al trabajo”.


En la última visita lo noté enajenado. Tenía el pelo grasiento y tan largo que le caía por los hombros y le tapaba el logo de Pink Floyd de la musculosa. Las ojeras coloreaban los huecos de su cara desteñida y salpicada por una barba con rastros de ceniza. Los hongos de las zapatillas dictaban su independencia de las convenciones y de la vida exterior.

―Es parte de mí, somos uno ―explicó―. Hasta que no avance con el poema, no podré seguir con mi vida.

―¿No podés simplemente destruirlo?

―Ya lo intenté dos veces.

No quiso mirarme al hacer tal confesión. Sus ojos jugaban con las cicatrices de la muñeca.

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Censo de Buenos Aires (I, II y III)

Censo 1 – El paseador de perros solitario


 En una de mis primeras recorridas como censor, visité a un paseador de perros. Por respeto hacia él y hacia mi tarea, prefiero no revelar sus datos personales. Vive ―supongo que no se mudó― a pocas cuadras de la cancha de Platense, en una casa aplastada por dos edificios. El dueño le había ofrecido un alquiler barato, y él pagaba en cómodas cuotas de insomnio.

Después de pasar por el living, nos sentamos en una cocina cuyo único lujo consistía en un ventilador asmático. Me ofreció café, gaseosa y jugo, ofrecimientos que fui declinando con la mano y una sonrisa de ocasión. Terminamos tomando mate dulce. Le pregunté por su vida en términos muy generales, para que no se sintiera invadido. Pero, al parecer, quería ser invadido. Hablamos de política, fútbol y mujeres. Como intentó meter todos sus fracasos amorosos en una sola oración, se enredó con su propia ansiedad. Lo ayudé como pude. También arrastraba una larga serie de frustraciones (así las llamó él) económicas y académicas, aunque a estas no les dio demasiado renglón.

Algo lo tenía inquieto. 

―La soledad mata de a poco ―dijo, pasándome el mate.

Yo la había notado: la puerta de la heladera y las paredes del living eran claros indicios desnudos. Traté de animarlo diciéndole que los perros que paseaba seguramente resultaban una gran compañía.

―Mi único amigo es Dios. Y hace rato que no me dirige la palabra.

Censo 2 – La policía que lee a Tolstoi


Al mediodía, cuando volvía de la visita al paseador de perros, me acerqué a una policía para preguntarle por la parada del 152. Estaba apoyada contra un puesto de diarios, con un handy en una mano y un libro abierto en la otra. Ante sus ojos distraídos desfilaban los porteños que entraban y salían de los negocios de la avenida Cabildo, en un rito atolondrado que se llama consumismo.   

―¿Una policía leyendo a Tolstoi? Qué paradoja ―le dije.

―No entiendo cuál es la paradoja, señor ―respondió.

En su cara no había ningún resto de amabilidad.

―¿No es peligroso que leas cuando estás de servicio?

―Depende de cómo lo mire. En la comisaría no nos dicen nada. El mismo subcomisario es el que regala los libros.

Después de indicarle a una pareja dónde quedaba la calle Amenábar, me dijo:

―Si me hicieran un sumario por leer, lo tomaría como un cumplido. 

Bajé por las escaleras de la estación Congreso, sin decidir si Belgrano era un barrio inseguro o acaso el más seguro de todos.

Censo 3 – El ministro de economía


Un día de abril tuve que censar un departamento en Puerto Madero. Después de atravesar el riguroso dispositivo de seguridad del edificio, toqué timbre. No me sorprendí al ver que me abría la puerta el ministro de economía de la Nación.

Me invitó a sentarme a una mesa de vidrio. Sin preámbulos, hice las preguntas de rigor, mientras tomaba nota de sus respuestas en una hoja de impresora. Aunque sonreía, las manos no callaban su fastidio. Un político que odia la burocracia. Al finalizar, él me hizo una pregunta a mí:

―¿Usted en qué año nació?

―En el 86.

―Entonces vio el mundial de Francia.

―Sí, claro. La final no me la olvido más: dos goles de Zidane y uno de Petit.  

Al oír esto, el ex ministro se levantó de golpe de la mesa.

―¿Se acuerda del álbum de Panini? ―me preguntó.

―Cómo no me voy a acordar. Usaba la plata del almuerzo para comprarme paquetes de figuritas.

―¿Tenía muchas repetidas?

―Un pilón gigante. Me faltaban cuatro para completar el álbum.

―A mí me falta una, solo una: la de Emmanuel Petit. Removí cielo y tierra para conseguirla. Pero en Argentina es imposible. Todos saben quién soy. Hubo uno que me quiso vender la figurita a un precio ridículo. Otro me puteó de arriba abajo, diciéndome que me cambiaba la figurita por mi casa, porque él había perdido la suya por mi culpa.

―Tengo un amigo que colecciona antigüedades de todo tipo. Seguramente la tenga. Si es así, se la compro yo a él y luego se la hago llegar a usted. ¿Este número de teléfono que me dictó es el de su casa, verdad? Lo llamo en un par de días para confirmarle.

―Efectivamente, es ese. Me haría muy feliz. Honestamente no sabría cómo agradecerle.

―Yo sí sé ―le dije, pensando en el bien de la Patria―. Solo me tiene que firmar esta hoja.

―Ningún problema. ¿Ahí, debajo de todo lo que anotó?

―Sí, ahí mismo. Y hágame el favor de escribir lo siguiente: “en este acto renuncio a mi actual cargo de ministro de economía”.

Firmó sin dudar. Y seguro fue feliz al completar el álbum. Yo todavía lamento haber entregado la figurita. Había olvidado que la política argentina se apoyaba en una ley de gravedad: el que viene, llega de más abajo. 

Nunca hay que perder la esperanza de un infierno peor

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Libertad condicional

Fui oprimido por dioses de cristal,

ideas prestadas y tantos días

sin uso. Y horas ajenas ―no mías―

compraban las velas de mi ritual.

Fui humillado por ropas que nos daban

para ser publicidades andantes,

conciencias repetidas, ignorantes,

de las que el mundo ya ni se burlaba.

Fue en verano, moribundo el farol,

que lancé mi alma desnuda y magra

a la azul imprecisión de las aguas.

Mi boca salada veneró al sol,

cautiva del fulgor exagerado.

“Libertad, libertad” ―el mar juraba

cuando el horizonte delineaba

las siluetas de nuevos tiranos.

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Amétricas pretericiones

Ya son inútiles para siempre las puertas de Babilonia

que prometían a Marduk salvajes ceremonias.

Ya las pirámides no reciben celosos

faraones con marfil en lugar de ojos.

Ya se perdió el rastro de las legiones de Adriano,

y ahora César conquista infiernos.

Aunque alguien entre con monedas en la mano,

mudos presagios hallará en Delfos.

Ya no hay dioses en el Olimpo ni murallas en Tiro.

¿A dónde se fueron los perfumes de Cleopatra?

Ya son piedras informes Nínive, Cartago, Epiro.

¿En dónde se hundieron Jasón y los argonautas?

Mi vida es un mirar atrás con dolor de centinela.

Todavía busco a Alejandro en los jardines de Pella.

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Epílogo

La metáfora incruenta de Chesterton,

el puñal inoxidable de Shakespeare,

el estetoscopio de Dostoyevski.

Esas radiografías que ensayaron

Flaubert, Víctor Hugo, Dumas, Balzac.

El compás de vidrio con que Spinoza

midió a Dios. Las anáforas de Bécquer.

El adjetivo perfecto de Borges.

La voz de Dante a hombros de Virgilio

y cada párrafo del Eclesiástico.

Con alquimia profana descifré

la clave para horadar el Mar Rojo,

el salvoconducto para el guardián

de la ley kafkiano. El mensaje

de León que detiene a Atila en Roma.

Aquel trazo en la arena que salvó

a la mujer adúltera de las piedras.

El fonema que dio luz a los hombres.

El idioma –que aún llora Babel–

para espiar el cielo sin morir.

Pero el logos presiente el fin. Ya vienen,

raudas, antorchas desde Alejandría.

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La reunión de consorcio

Esa reunión de consorcio, lo recuerdo bien, no fue como cualquier otra.

Habrá sido en el invierno, supongo, aunque olvidé el día y otras circunstancias: pasó mucho tiempo ya. No sé por qué se me vino a la memoria después de tantos años y con tanta claridad.

Era un día lluvioso y pesado. Había un par de paraguas abiertos en el piso.

Salvo los del 4° “D”, que estaban en plena guerra fría con la administración, no faltaba nadie.

Los tópicos, los aburridos tópicos de la vida común, no tuvieron nada de particular: expensas extraordinarias, la seguridad, los ascensores que funcionan cuando tienen ganas, la limpieza del patio, los arreglos del quincho, los que opinan de más, los que opinan de menos, los que te dicen una cosa en privado y después en público hacen una vuelta carnero.

Lo de siempre.

Pero esa reunión no terminó como siempre.

―Perdón, ¿nadie va a decir nada de lo que pasa en el 6°? ―dijo Eliseo, cuando ya todos se estaban levantando para firmar el acta de la reunión.

―¿Qué pasa con el 6°? ―dijo Ramón, que vivía en el 6° “B”.

Mientras unos cuantos aprovecharon para huir, Julio, el encargado, entró con la escoba en mano. Todos decían que trabajaba poco, que la escoba andaba por todos lados menos por el suelo. También se quejaban de su ritual de mojar la vereda y de tener que esperar a que moviera la manguera a un lado para poder entrar al edificio. Yo me llevaba bien con Julio, le prestaba libros y siempre los devolvía, menos uno de Roald Dahl. Estoy seguro de que el de Roald Dahl se lo presté a él.

―Ya sabés qué pasa, Ramón ―dijo Eliseo―. Te lo dijimos mil veces. Hasta la administradora lo habló con vos. No podés vivir haciendo ruido, martillando, taladrando, llevando y trayendo cosas, yendo de acá para allá como si fuera un hostel.

―Es mi casa. Puedo hacer lo que quiera.

―Hay reglas y horarios. Si querés, te consigo una copia del reglamento. Además, no entiendo esa necesidad de estar constantemente haciendo cosas, de moverse a cada rato. ¿No te podés quedar quietito un día?

―¿Quién te dijo que yo me muevo? ¿Y cómo sabés que yo me muevo a cada rato? No tenés ninguna prueba.

―Soy tu vecino, vivo al lado, no necesito pruebas. El movimiento es evidente. En este caso, es audible. Ayer, por ejem…

―¿Y qué es el movimiento? ―interrumpió Ramón.

―¿Cómo que qué es el movimiento? ¿Tengo que explicarte? No seas ridículo, haceme el favor.

―Si sos tan amable.

Eliseo se paró y caminó en círculos por el hall.

―Ahí tenés el movimiento ―dijo agitado, después de sentarse―. Más claro imposible.

―El movimiento no existe.

―¿Cómo que no existe? Te lo acabo de demostrar.

―No, me lo acabás de mostrar, que es otra cosa.

La abogada del 8°, que observaba atenta como yo la discusión, me dijo por lo bajo que parecía como si nos hubiésemos trasladado de un edificio de Palermo Viejo a la Acrópolis de Atenas. Me lo dijo tan bajo, tan cerca, tan de repente que no vi venir el impacto, uno de esos que te aturden y te sacan de la realidad, dejándote sin ganas de volver. Y eso que no me miró a los ojos. Recuerdo haberle dicho, luego de dos o tres segundos deplorables, que nunca había visto a Julio así de callado, como si realmente disfrutara el debate.

―No me podés decir semejante estupidez ―dijo Eliseo, golpeando el respaldo de la silla de al lado―. ¿Hasta cuánto nos vamos a tener que aguantar la situación? Hace cuatro años que venimos diciéndote lo mismo. El tema parece eterno.

―La eternidad no existe.

Ramón era un sofista incurable. Eliseo lo sabía, y solo por curiosidad, para ver con qué nueva idiotez saltaba ahora, preguntó:

―¿Cómo que no existe? Para vos no existe nada.

―Para mí existe la muerte. Y la muerte nos queda bien.

―Basta. Me niego a seguir esta discusión absurda.

―Pará, escuchame. ¿Tenés algo mejor que hacer? ¿O me vas a decir que estás apurado por ir a ver la televisión mientras preparás una comida espantosa? ―Eliseo le hizo un gesto cansado para que siguiera adelante. De verdad no tenía más ganas de confrontar―. Te decía que la muerte nos queda bien. Lo bueno dura poco y es por eso, por la proximidad del fin, que lo disfrutamos. Imaginate si fuera distinto, si todo se prolongara indefinidamente, lo hartante que sería. Te digo más: los momentos más aburridos son los más parecidos a la eternidad. La sala de espera, un día insufrible en el trabajo, la fila en el Banco, la incomodidad del ascensor. Ahí es cuando el reloj se paraliza y nosotros deseamos que funcione más rápido, que deshoje las horas como una amante insegura. Ahí es cuando preferimos que nuestros minutos sean un poco más mortales. En cambio, cuando disfrutamos, el reloj se pone ansioso y apura la aguja para no ser testigo de nuestra dicha. Los momentos más efímeros son los más parecidos a la felicidad. En ese sentido, el tiempo pocas veces resulta un aliado. Generalmente se comporta como un dios menor. O como una deidad envidiosa. Por eso, los acontecimientos más íntimos y asombrosos son los que menos hace durar: el beso y el alba. Y esa es nuestra desgracia, pero la contingencia tiene su encanto. “Hoy estamos y mañana no” para muchos es sinónimo de resignación libertina. Para mí, es lo que nos lleva a buscar que cada cosa que hacemos valga la pena. En el cielo no hay penas. Y como no hay penas no hay instantes valiosos. Es un lugar estable que no sabe de intensidades. Si después de muertos nos espera la eternidad, entonces el paraíso es este. Lo perpetuo es más asfixiante que el vacío. Prefiero la náusea de Sartre a la beatitud diurética de Tomás de Aquino. Aunque si tengo que elegir una filosofía, me quedo con la de Hemingway.

La abogada, la pareja del 3°, Julio y yo cada tanto cambiábamos de posición las piernas y nos mirábamos, incrédulos.

Eliseo respiró hondo antes de contestar.

―Ramón, no mencionaste la parte más importante, que es donde se desploma toda tu teoría. Sin duda que hay situaciones en las que uno desearía que el presente, estancado como un lago, fluyera como un río. Pero también hay minutos preciosos que tienen delirios de inmortalidad. Es inevitable, al besar a una mujer hermosa, tentar a la fortuna para que el beso dure un poco más. Ahí es cuando chocamos con nuestras limitaciones: nos gustaría manipular el tiempo y ni siquiera podemos tocar a las aves. ¿Quién no desearía agregar un día más a sus vacaciones? ¿Qué chico no desea que la pelota nunca se hubiera ido de la plaza? ¿Quién no querría adueñarse de la luz del alba y guardarla en la habitación para contemplarla de noche? Esos minutos preciosos son anticipos de eternidad, paraísos limitados. Y probablemente sean las imágenes que nos torturen antes de morir. Buscamos placer permanente, como si intuyéramos un derecho antiguo a una alegría duradera. Aspiramos a repudiar los desenlaces como si fuera lo más natural del mundo. ¡No queremos que nada termine, como no sean nuestros dolores! Nada nos sacia, ¿y por qué seguimos esperando que algo lo haga? Nada nos sacia, ¿y qué es lo que nos sigue impulsando entonces? ¿Cuál es el principio del movimiento? El deseo, me vas a decir. ¿Cuál es el principio del deseo y, en todo caso, adónde nos lleva? ¿Por qué seguimos deseando si sabemos que esa es la causa de nuestra angustia? Es difícil decirlo. Quizás nuestra conciencia viajó más que nuestro cuerpo y visitó algún sitio donde el deleite no se agota, o al menos no tan rápido. Dicen que somos pasiones insatisfechas (inútiles, decía Sartre, pero eso habrá sido porque él no le encontró sentido a las suyas. Como todo filósofo, era un poeta apresurado). Nacemos y deseamos y nos desangramos para que el placer no sea la gloria de un día y se convierta en un estado. Soñamos con un fogón espléndido y terminamos jugando con fuegos artificiales. ¿Será que estuvimos llenos alguna vez? Lo cierto es que ahora estamos vacíos y esclavos de lo sucesivo. Ni el gozo más fuerte es capaz de vencer al microsegundo más débil. Y nos frustramos, conocemos la desesperación, sin saber que desesperamos porque estábamos esperando. Tal vez sería más apropiado decir que somos pasiones que esperan. De todas formas, no creo que el cielo sea un lugar estable que no sabe de intensidades, sino que la tierra es un lugar intenso que no sabe de paz. Yo prefiero a Platón… porque no entiendo a Milton.

―Se ve que no leíste a Sartre ni a Russell. La realidad oprime nuestra existencia y por eso apoyamos la idea de felicidad en cosas que no existen…

Al escuchar ese diálogo imposible debí extrañar las conversaciones de fútbol con que terminaban siempre las reuniones de consorcio. Imagino que también habré tenido ganas de subirme a un colectivo cualquiera solo para hablar del clima con el chofer.

―Ya vuelvo ―avisó Julio, encarnando mis intenciones―. Salgo a fumar un pucho.

Nunca volvió.

Días después lo encontraron acampando en la terraza, ajeno a las responsabilidades de encargado que se cifran en la planta baja y el subsuelo. Al parecer, caminaba en círculos con la escoba inútil en la mano, sin propósito alguno. Cuando se mareaba, subía al ascensor y bajaba hasta el primer piso para volver después al último, cronometrando los trayectos. Algunos lo vieron intentando meter un rayo del sol adentro de un vaso de vidrio. Otros lo vieron entablando diálogos irrecíprocos con los pájaros y dando abrazos, besos interminables a su mujer, mientras inhalaba su perfume y contenía la respiración hasta ponerse completamente rojo. Ramón juró que lo había encontrado acostado en la losa fría ―tapado solamente con un poncho por cuyo hueco se asomaban sus ojos abiertos― en una rigidez de cadáver que sostenía durante horas, como si no quisiera hacerle concesiones al tiempo. Luján, la abogada (creo que ya es momento de aclarar que es mi esposa, y que gracias a su ayuda pude reconstruir aquel diálogo de la forma más exacta posible), lejos de desmentir la versión de Ramón, contó que ella misma había sorprendido al encargado de rodillas, hablando solo bajo la lluvia.

Todos los vecinos decían que se había vuelto loco. Él decía que perseguía a Dios.

Pasaron varios años de la última vez que lo vi. Me enteré que murió hace dos meses, de cáncer de pulmón. Si acaso encontró lo que buscaba, nadie puede asegurarlo. Dicen que los muertos son profetas silenciosos.

Siempre me llevé bien con Julio, que en paz descanse. Donde sea que esté, seguro tiene su escoba. Y tal vez, ya indiferente a las reglas de la propiedad privada, un libro usado de Roald Dahl.

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Si acaso llegara

Si llegara un líder que propusiera

el retorno hacia la naturaleza,

la vuelta del individuo a ese don

de amar, de soñar. Y así reír

la muerte del dios de la producción.

Si acaso llegara alguien que dijera

“no existirán más amos en el mundo,

no existirán esclavos en el orbe”,

y olvidando los números insulsos

reivindicara el valor de los nombres.

Si dejando de lado los rencores

y las torpes divisiones humanas,

llegara el alegre líder silbando

revolucionarios vientos de paz,

se borraría la cal de los bandos.

Si renunciando al espejo y la pólvora,

viniera el líder solamente armado

de una pluma, el arpa y el pincel,

un himno redimiría la tierra

y los escombros que fueron Babel.

Si aboliendo la ley de la codicia,

el líder sentenciara la locura:

“no hay necesidad de acumular tanto”,

todos seríamos iguales huéspedes

de las flores, las aves y los campos.

Quizás son naderías. Poco pierdo.

Quizás son fantasías. Nunca sobran.

De ojos blancos, la fe adiestra los muros

que esconden un trabajo ridículo,

esta ventana mezquina de sol,

el patio, las bibliotecas invictas,

mis sueños niños de rebelión.

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Eventos

El agua fresca del arroyo.
Mi primera comunión.
Mi segundo beso.
El gol de mitad de cancha.
El cáncer de mis abuelos.
Una vez que me pegaron.
Tres medallas de bronce
y tres perros que nunca tuve.
Las guitarras, el campo.
La lluvia de Ámsterdam.
Los ahorros tentativos.
Una profesión lastimosa.
Una vocación lastimada.
Mis ideales descompuestos:
cambiar el mundo
y otras metas que olvidé.
La sonrisa invisible.
Las lágrimas invencibles.
El día que dijiste adiós.
La trampa de Dios:
el tiempo limitado,
los caminos infinitos.
La sentencia del médico.
Mis horas hipotecadas,
mis ojos que ya se apagan.
La mano firme de mamá.

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El placer de vivir en la ignorancia

Satisfecho y orgulloso, saborea los seguros componentes de su existencia edulcorada.

Pero no sabe…

No sabe que esas banderas que ahora levanta después las abandonará sin culpa, antes de que ellas lo abandonen a él.

No sabe que su fe se convertirá en duda y después en superstición. Que el amigo se irá, que la mujer ya está pensando en irse y que el hogar será otro. Que su patria pronto será una idea, y que sus ideas serán varias.

No sabe que se volverán sombras los rostros que lo acompañan. Que los futuros espejos de sus futuras casas no coincidirán entre sí, como testigos infalibles y discretos de sus contradicciones.

No sabe que los límites que defiende con hierro luego los atacará con sal; que su elaborado discurso ético se quedará vacío de definición; que su moral abrirá las puertas a la libertad y por un hueco se colará el libertinaje.

No sabe que su alma aprenderá el idioma de la desdicha para hablar con las estrellas, y que su alegría era solo maquillaje para hablar con el sol.

No sabe que verá el óxido de la autoridad, la farsa del orden impuesto, y la rebeldía como la única forma posible de vivir en paz. No sabe que mutará su concepto de beligerancia: la única guerra válida es aquella que se libra contra uno mismo, y la victoria consiste en asumir la derrota diaria.

No sabe que dejará de creer en la justicia. Porque entenderá que las leyes son mandatos para ovejas que escriben los diablos.

No sabe que ningún político ni ninguna divinidad lo representarán del todo, que en un poema, o lo que se supone que es un poema, escribirá que la política es una mala palabra y la religión una broma pesada.

No sabe que su trabajo será una cárcel cualquiera y una conversación desvelada será la tumba de sus ilusiones dormidas.

No sabe que despertará la diabetes en su organismo confiado. Que ya no será capaz de amar de nuevo. Que en realidad nunca amó. Que ese libro recién abierto le cambiará la perspectiva de un paisaje remoto, y que un paisaje remoto le cambiará la perspectiva del hombre.

No sabe que la muerte se relame desde el primer día en esa calle íntima. Que no habrá despedidas, que a su nariz vegetativa llegará el olor del incienso y su cuerpo dormirá en un nicho sin letras. Y sin luz.

No sabe, no sospecha y ni siquiera imagina que, después de muerto, en el vacío nadie lo aguarda.

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El sindicato de los derrotados

Mientras contaba la plata de la caja y anotaba vergonzosos números en un cuaderno, cayó en la cuenta de que los tiempos de bonanza habían terminado.

Era momento de sobrevivir.

No fue una determinación fácil. El que se dispone a sobrevivir reconoce que el fin está cerca o que no está demasiado lejos. Tiene que asumir primero que la muerte es algo tan real como la lluvia que traspasa la ropa. Y la lluvia raramente perdona.

El almacén Nuevo Sol era un ícono de la calle Soler y del barrio de Palermo. Alguna vez fue elegido en el diario como uno de los locales más emblemáticos de la ciudad. Y claro, el lugar tenía su trayectoria. Había soportado, nadie sabía cómo, toda clase de crisis y presidentes: peronistas, liberales, radicales, uno peor que el otro.

Hacía casi cuarenta años de la inauguración del almacén. Juan aún podía recordar a sus viejos ayudándolo a limpiar los pasillos con un trapo de piso ansioso y a pegar papeles en las góndolas. Podía recordar también algunos precios de aquellos días. La lavandina y la leche se compraban con una sola moneda. El precio del fiambre llevaba un único decimal. Ni hablar de las bebidas y los cigarrillos.

Todas las necesidades podían cubrirse en el Nuevo Sol: desde artículos de ferretería, cosméticos, soldaditos, autos, hasta juegos de mesa y libros usados. Los precios fueron siempre accesibles; el trato de Juan, siempre cordial. Los vecinos lo adoraban, a excepción de algunos que se quejaban del olor a vinagre y de unos cuantos productos vencidos. Pero eran los menos.

Otros tiempos, pensó él después de cerrar con llave la caja registradora. La gente elegía comprar en un lugar por cariño y no por conveniencia. Ahora buscan precio, sin saber que se están poniendo precio a ellos mismos ¿Qué clase de idiota quiere favorecer a las grandes cadenas de supermercados, a las multinacionales? Besan los anillos de los manos que los ahorcan.

En tres horas no entró nadie. Harto de la compañía del silencio y del polvo, preparó mate y sacó la silla a la vereda.

Espantó palomas y dibujó centauros en las nubes. Imaginó el infierno como el eterno rechazo de una mujer hermosa, y el cielo como una eterna aceptación, sin decidir cuál de los dos era más desesperante. Hizo apuestas mentales con las patentes de los autos y todas aquellas cosas que hacen los que consiguen detener el reloj para que la imaginación juegue con las sobras que dejan los minutos.

Saludó a la vecina que cruzaba. Ella devolvió el saludo y miró para adelante, acelerando el paso. Juan vio que trataba de disimular la bolsa con el logo del Eki.

―Viene del supermercado que abrieron a la vuelta ―dijo masticando bronca.

Si la vista no lo engañaba, allá iba el inspector del gobierno. Seguro venía a cobrar lo suyo. Levantó la mano. Pero el inspector ni lo miró. Dobló por Fitz Roy y se perdió de vista.

Al pararse para ir a calentar más agua, se chocó con el vagabundo de la calle Bonpland, que pasaba anunciando a los cuatro vientos la segunda venida de Cristo y la venganza de los filisteos. El vagabundo pareció no acusar el golpe y siguió de largo como si nada.

Dejando el termo en el piso, Juan llamó al perro que hurgaba una bolsa de basura. Los silbidos cortos y rápidos fueron malinterpretados por la señora que pasaba en bicicleta. El perro finalmente se acercó. Lo olió apenas y disparó para el lado de Juan B. Justo.

Entró de nuevo al almacén, esta vez para buscar el diario: quedaban dos horas para cerrar. Leyó a la intemperie la sección de policiales y los títulos de la parte de política internacional. Cuando estaba empezando a leer la de espectáculos, escuchó que le decían:

―Disculpe, jefe. ¿Puede moverse para allá? Necesito medir la vereda.

―¿Para qué?

―Para cambiar las baldosas. Esto va a ser un Starbucks.

Señalaba las persianas bajas de la casa de al lado, que alguna vez fueron una pizzería. También, supuestamente, había sido una casa de sepelios.

―Ah, no sabía, no me dijeron nada ―dijo Juan, moviendo la silla para la derecha.

Justo en ese momento lo vio a Rodrigo, el abogado, bajarse del taxi.

―¿Qué hacés, pibe? ¿Querés un mate?

―No, gracias. Estoy apurado.

Y se fue al trote hablando por celular.

―Está apurado por morir ―dijo Juan.

―Flaco, no sos el dueño de la calle ―le gritó un tipo en musculosa que iba al Megatlón de la esquina.

No le contestó. No valía la pena.

Tomó el último mate de la jornada contemplando la rosada luz muriente.

Antes de irse, estampó en la vidriera hojas garabateadas con indeleble negro. Anunciaban ofertas formidables en la compra de lácteos, productos de limpieza y cosméticos.

Pelearía hasta el final.

Al día siguiente entró un viejo para preguntar por la parada del 39. Y al otro día, una pareja de coreanos con su hijo. Buscaban un juguete para el día del niño. Luego de que Juan les mostrara la lata con las bolitas y los trompos, se marcharon con las manos vacías.

Esas fueron las últimas personas que entraron al almacén Nuevo Sol. Las lluvias de esos días, continuando la tarea de las anteriores, borraron las letras del medio del viejo cartel que coronaba el frontispicio. Ahora se leía “Almacén Sol”.

Y así pasó agosto, entre diluvios y signos que desaparecen.

Juan era consciente de que su presencia en la vereda molestaba prácticamente a todos, como si su espacio en aquella cuadra se hubiera angostado cada vez más, hasta abarcar solamente el radio de la silla y de sus piernas estiradas. Incluso su mera existencia parecía molestar. Pero no le importó. Tampoco le importaron las lluvias, las lluvias de invierno que mojaban especialmente a los cuerpos sin alma y a las ramas sin hojas. Con un impermeable, con un paraguas, o directamente sin nada, mateaba en silencio bajo el cielo caprichoso, esperando que un comprador apareciera, ya no para revivir su economía, sino para renovar su esperanza.

El redentor nunca llegó.

Las puertas del Nuevo Sol, acostumbradas al flujo permanente de personas, se volvieron ariscas. Y el almacén, el clásico almacén de Palermo que era el romance de todo el barrio, ahora suspiraba como una virgen agotada.

Una tarde noche de septiembre un rayo cortó la luz del almacén y el viento voló el piloto de Juan cuando este intentaba ponérselo. Ahí la palabra derrota se metió por primera vez en su diccionario. Trató de calmarse, de resistir el impulso de abandonar todo y envejecer con la conciencia tranquila del que sabe que se esforzó lo suficiente. A medida que erguía el cuello, su mirada ascendía por los pisos del vidriado edificio de enfrente y resucitaba balcones. Quiso recordar un tango. Sin embargo, no pudo darle forma a la nostalgia. Los vecinos que a veces llamaba amigos se habían mudado a otro barrio, muchos de ellos a Chacarita, que en paz descansen. Del cartel de su negocio, o lo que era su negocio, solo quedaban cuatro letras. La misma esquina había mutado en algo impersonal, aséptico. Los chicos ya no jugaban. Y la pelota, quizás para no poner en peligro el dogma de su fe circular, ya no cambiaba de vereda. Ni siquiera cambiaba de lugar. Hasta los perros parecían más apurados. ¿Tenía algún sentido pertenecer? ¿Tenía algún sentido permanecer?

Una sombra lo cubrió con un paraguas amplio, tan amplio que parecía una sombrilla. La sombra era Tadeo, el dueño del videoclub de la calle Ravignani.

―¿Me convidás un mate?

―Sí, esperame que te busco una banqueta ―dijo Juan.

Entró al almacén rengueando, con la pierna dormida. A través de la vidriera, Tadeo veía cómo se movía frenética la linterna. Juan salió arrastrando un banquito de metal. Como si estuvieran tomando un café en París, se sentaron de frente a la calle, uno al lado del otro, temblando. La llovizna había amainado, pero el viento tenía filo.

Un colectivo frenó de repente, empapándolos de agua sucia.

Con los puños tensos y los ojos desencajados, Tadeo escupió al colectivo que ya estaba bastante lejos. La ineficacia del acto le reveló la estupidez de la reacción. Respiró bien profundo, alzó los hombros y movió la bombilla. El mate sería consuelo y abrigo.

Del bolsillo de Juan emergió un trompo de madera. La cuerda se le enrolló en el índice y la muñeca torcida hizo volar al juguete. Hipnotizados, miraron al trompo girar y girar y girar en el mismo punto, al principio con fe inalterable y después con dudas, hasta caer extenuado y sin ruido, rendido a los dominios húmedos de la baldosa nueva.

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Lo pequeño es hermoso

Como reproche ensayé el canto:
“En mi camino no veo estrellas”.
Es igual en todos, dijo ella.
Ningún camino tiene astros.

Tal vez los pequeños faroles
sirvan poco para horizontes
pero iluminan nuestro paso.

Me dijo “es por acá, no temas”.
Después de un abrazo se fue
dejándome con dos certezas
y algo parecido a la fe.

Antes de llegar a las cenizas,
somos laberintos que se cruzan,
somos purgatorios que se tocan.

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In memoriam

Siempre dije que mi viejo era un tipo raro. Nunca se acostumbró a esta época. No sé si es porque no quiso o porque simplemente no pudo. Quizás hubo un poco de las dos: al ver que no podía adaptarse, decidió que no quería. O al revés. Supongo que ocurrirá lo mismo con todos los que quedaron a mitad de camino entre una era y otra. Cuando estaban empezando a amigarse con la electrónica y la nueva ética estirada, los sorprendió lo digital y una moral ecléctica.

Recuerdo una conversación que tuvimos en casa. Creo que yo tenía veinticinco, veintiséis años. Él, que odiaba la palabra sexagenario, leía en su escritorio, siempre encerrado en su escritorio. Bicho raro mi viejo, como Gregorio Samsa. Anotaba cosas, vaya uno a saber qué cosas, en cuadernos sin renglones. Nunca me quiso mostrar lo que escribía. Decía que no debía ser visto por ojos mortales. En ese sentido era un esteta, un escritor insobornable. Incluso escondió los cuadernos antes de morir, y me hizo jurar que los tiraría al fuego si alguien los encontraba. No me animé a destruirlos, pero tampoco me animé a leerlos. Todavía sigo sin entender porqué no los destruyó él directamente. Habrá decidido cargarme con el peso de su última voluntad. Bicho raro mi viejo, como Kafka.

Ese día (lo recuerdo bien porque fue el 12 de agosto y necesitaba hablar) abrí la puerta de su búnker de golpe, sin aviso.

La lámpara Emeralite pintaba las paredes de luz temerosa. El olor a humedad y a papel ponía en evidencia la ausencia de ventanas.

―¿Qué estás leyendo, papá?

―Nuestra Dama de París, de Víctor Hugo ―respondió sin mirarme.

―¿Está bueno?

―Sí, la verdad que sí. Te lo regalé hace un tiempo para tu cumpleaños, creí que ya lo habías leído. Ahora estoy en la parte donde Víctor Hugo hace un desarrollo de cómo se sucedieron los distintos tipos arquitectónicos en la Catedral de Notre Dame. Muy interesante. Las columnas y las escaleras…

―Fui a París y visité Notre Dame. No hace falta que me describas lo que acabás de aprender.

―Yo también fui.

―Pensé que no habías salido nunca de Argentina.

―Viajé a Europa tantas veces como vos. La diferencia es que yo combatí en la Galia con Julio César, y en Valencia cabalgué al lado del Cid ―dijo señalando la biblioteca―. Yo vi historia viva, veo historia viva. Vos solo escuchaste el susurro de las piedras.

―No podés vivir de la Literatura.

Antes de que yo terminara la conversación con un portazo, llegó a decir que tal vez era la única forma de vivir, o al menos, la que nos evitaba la preocupación de hacerlo.

Subí las escaleras, con la sangre hirviendo. Qué poco sabía mi viejo. Qué poco me podía enseñar su ignorancia arrogante. No había viajado, no había probado, ignoraba la filosofía de la plaza, la abundancia de la mochila, la sabiduría que esconden las estaciones de tren, la docencia de las turbulencias del avión. Camuflaba con las páginas blancas de un libro la palidez de su existencia aburrida. En vez de arriesgarse y recorrer el mundo, prefería las débiles emociones que proporcionan el papel impotente y los signos quietos. Mientras lo seguía destrozando interiormente, me vino a la memoria la novela sobre Notre Dame que él me había regalado.

Revolví mi biblioteca buscando la novela. Cada libro que sacaba se estrellaba contra la pared. Se la iba a devolver, se la iba a tirar por la cabeza, no me interesaba. Cuando ya empezaba a pensar que la había perdido o prestado, la encontré en el anteúltimo estante.

“Para mi hijo, en el vigésimo aniversario de su natalicio. Como nunca pudimos entendernos en el tangible universo limitado, espero podamos disfrutar juntos de este”.

El empedrado me hizo doler los pies no acostumbrados al calzado del siglo XV. Mi nariz se llenó de olor a pescado y a humo. Y mis oídos, de metales trabajados y de monedas que caían en latas suplicantes. En vano traté de ordenar visualmente aquel prolijo caos de chimeneas, campanarios, animales, caras sucias y agua estancada. Debajo de una carreta agonizaba un brazo asediado por la lepra y por el sol. Le hizo señas a un pavo real, moviendo los dedos hambrientos.

Un grupo de jinetes avanzó por la calle, llevándose puesto todo lo que se cruzara. Los altos estandartes eran el pregón de su prosapia y de su falta de escrúpulos. Quasimodo, con la mitad de la cara cubierta por una capucha, aprovechó la estela de polvo que dejaron los caballos para reforzar su tenso anonimato. A paso seguro, decidido, fue en la misma dirección que ellos.

Lo seguí.

Quizás reacio a todo lo que fuera recto, torcía siempre su camino en callejones discretos y pasadizos imposibles, como si quisiera despistarme. Evitaba las arterias y esquivaba los mercados. Pero la capucha le sirvió de poco. La curvatura de su espalda revelaba a la legua su condición de postergado social. No hubo parisino que no lo reconociera, y no hubo parisino que no escupiera el suelo que el jorobado pisaba. Una vieja ensayó una señal de la cruz desde una ventana y dijo algo en latín. Espantaba al diablo. Desde otra ventana cayó agua sucia y después el balde. Quasimodo se agachó un instante para tomar el agua del piso. El rechazo del pueblo que antes lo quemaba por dentro, ahora lo refrescaba. Eso enfureció a los demás. Una prostituta le gritó que volviera a las deformes campanas que lo parieron, y alguien más le dijo que era la abominación de París.

Nada de ello pareció conmoverlo.

Llegó (y yo detrás de él) a una plazoleta desde donde se veía el Sena a la derecha y Notre Dame al frente. Me escudé los ojos con la mano para bloquear la fosforescencia del río. El sol blanco transformaba la piedra de la Catedral en mármol y al rosetón en un arcoíris preciso.

Por quedarme contemplando las dos torres que dominaban los tejados de la ciudad, perdí de vista al jorobado.

Me acerqué a un soldado que conversaba con un monje en la entrada de una taberna.

―Con su perdón, ¿acaso no vio pasar a Quasimodo el campanero?

El soldado se dio vuelta. Era mi viejo.

Después de abrazarnos me invitó una cerveza. Y él, soldado del rey Luis XI, y yo, Febo, capitán de los arqueros, reímos y hablamos de amor, de nostalgia y de inmortalidad.

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Such the sun, the moon

Salió del trabajo y subió al colectivo, deseando llegar rápido a casa para tomar un vino con ella en el balcón.

Se despertó justo dos paradas antes. El cansancio, el tremendo cansancio, no tenía que ver con la oficina, o al menos no del todo. Algo lo tenía preocupado. Eso lo tenía preocupado. Lo había hablado con amigos y con la psicóloga, pero ninguno le dio demasiada importancia. “Son temores típicos del amor”, opinaban. El miedo existía, sí, pero lo normal, lo que siente cualquier persona cuando ama a otra. El miedo de que en el mundo se abra una grieta y esa persona desaparezca. Pero las pesadillas no eran normales porque más allá de las circunstancias cambiantes, la esencia no variaba.

Hacía un mes de la primera pesadilla. Y desde ahí no hubo intervalos con sueños ni imágenes felices. Todas las noches la veía morir a María. Y en cada visión la agonía de ella era diferente. La soñó en un incendio, mancillada por una bala y envenenada por un escape de gas. También en la cama de un hospital, y traicionada por un río. Algunas muertes ridículas, otras trágicas, la mayoría absurdas.

Y así, como cada luna era un presagio de sangre, cada sol era una promesa de dicha.

Llegó a casa, y el beso de María disipó su angustia y lo limpió de mortalidad.

Abrazados, envueltos en sábana y silencio, miraron al techo porque no podían mirar al cielo.

―¿Te estás durmiendo? Porque te quiero preguntar algo ―dijo ella.

―No tengo sueño. Me cuesta dormir.

―¿Te da miedo el futuro?

Él pensó que esa pregunta lanzada entre bostezos era poesía.

―No, no me da miedo ―mintió, y la abrazó con más fuerza.

Se despertó aterrado, con la boca seca. María había vuelto a morir, esta vez de un derrame cerebral. Entró al baño y se lavó los dientes, mirándose al espejo la cara transpirada por el sueño funesto. Después de poner agua en la pava eléctrica de la cocina, volvió a la habitación. Le dijo a María que había que levantarse, que faltaban veinte minutos para las ocho. Al prender la luz, vio su pecho rígido y la boca semiabierta, y anticipó lo peor. Empezó a moverla suavemente, la mano tocando el antebrazo pálido. La desesperación hizo que le agitara la cabeza, los hombros, al grito de María, despertate. Por favor, tenemos que ir a trabajar. No me hagas esto. No puede ser. No, no, no. Por favor, mi amor, levantate.

Salió de la oficina, y algo lo tenía preocupado. Eso lo tenía preocupado.

Los amigos y la psicóloga le decían que era bastante común, que la muerte de un ser amado deja secuelas y heridas que no dejan vivir de día ni morir de noche. Pero a él no le parecía tan común. Sí, la herida estaba, de eso no había duda. Porque las mañanas transcurrían entre cometidos insulsos y llantos desconsolados. Las tardes solo ofrecían pésames frígidos y con forma de aforismos, como si la gente viviera en islas, como si el mundo fuera un ascensor. Y los fines de semana, los malditos fines de semana, combinaban películas atérmicas, indoloras, con mates fríos.

Ya había pasado un mes de aquel primer sueño, que no admitió un cambio de protagonista. Soñaba con María, siempre con María, tan viva como nunca. Iban al cine de Lavalle a ver Casablanca y depredaban las librerías de Corrientes. Tomaban sol en las playas griegas, nadaban en los lagos de Bariloche y cantaban temas de los Stones. Hablaban de hijos, hablaban de viajes, hablaban de cuentas. Su mano era tibia, su aliento cálido. Sus besos de vino redimían. No había almohadas inútiles y, al asomar la luna, se podían oír los quiebres de aquella respiración perfumada.

Pero la mañana, el sol terrible, la devolvían al polvo.

A pesar del cansancio, corrió al colectivo para llegar a casa cuanto antes. El semáforo conspiró a su favor. Viajó de pie, agarrado del pasamanos, apenas consciente de los vaivenes del trayecto. Lo primero que hizo al entrar al departamento fue apagar su celular y dejarlo adentro del botiquín del baño: no quería atender a la psicóloga.

Se desvistió, apagó la luz del cuarto y, con el testamento asegurado en un frasco sin pastillas, buscó a María en las íntimas profundidades de la sábana.

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El día de la rendición

La fecha nefasta era el 21 de enero.

El día que el presidente debía defender su gestión ante el fiscal disfrazado de masa.

Las nuevas generaciones de Daldaria, con el peso de la ira acumulada por las anteriores, habían promulgado una ley tácita para la clase dirigente: el principio de culpabilidad. La presunción de que los políticos tienen más ambición personal que deseos de bien común. Ya ninguna escuela de psicología creía que pudieran curarse de la adicción al engaño. Y los historiadores, por su parte, señalaban que el país, o lo que quedaba de él, había evitado invasiones pero no la rapiña de sus propios líderes.

El tumor de Daldaria estaba en la cabeza.

Las autoridades hacían fiestas y los ciudadanos dieta. Las autoridades apilaban manjares mientras los ciudadanos economizaban huesos. Hasta que estos últimos despertaron al sentir el olor a carne quemada y recuperaron el derecho original, el derecho al regicidio.

No hubo necesidad de sesiones en el congreso ni de grandes juristas. Simplemente, el 21 de enero, cada cinco años, el país entero acudía a la plaza mayor a pedirle al presidente que rindiera cuentas de su mandato. Si este no comparecía, la presunción de culpabilidad se tornaba en certeza y el pueblo lo iba a buscar convertido en un hormiguero de antorchas. Por eso ningún presidente faltaba a la cita.

El proceso giraba en torno a las promesas de campaña, y partía del presupuesto de que no se había cumplido ninguna. La defensa, que tenía que hacer el presidente en persona, debía ser fácilmente comprobable. Estaba prohibido el empleo de estadísticas y de toda forma de manipulación barata. Cuando el pueblo advertía errores, mentiras o inexactitudes, por más ligeros que fuesen, suspendía inmediatamente el acto. Y en el aire reverberaba el rugido fatal: “el hombre de mimbre, el hombre de mimbre”. Enseguida vestían al culpable de alambre, mimbre y leña seca, lo escupían y le tiraban los alimentos podridos que el gobierno donaba a los colegios marginales. Después (siempre era lo mismo), el baño de querosén y el hombre de mimbre corriendo entre la gente. No llegaba muy lejos: las llamas agredían la piel fraudulenta, saboteando los pulmones.

Y por último el aroma, el dulce aroma de la carne humana en combustión.

Si el líder superaba la prueba, tenía derecho a gobernar cinco años más. Aunque solo uno lo había conseguido. Por desgracia, su nombre se mezcló con las cenizas de la biblioteca de Alejandría. La leyenda dice que escribía leyes con métrica.

Al final del acto, los candidatos para gobernar el próximo lustro recitaban sus promesas. El miedo a la hoguera y al mimbre traicionaba el timbre de sus gargantas erguidas. En sus ojos brillaba un testimonio húmedo de terror a laceración y a la muerte ridícula.

La masa elegía a viva voz. Y en la voz había algo de sentencia.

El 21 de enero del año 2020 fue un hito en la historia del país.

La plaza mayor hervía. El presidente, que había subido al escenario con su hijo menor para despertar sentimientos de piedad, resistió la acusación basada en la primera de sus promesas: la construcción de setenta hospitales. Los emisarios del pueblo repartieron folletos con imágenes que supuestamente lo demostraba. Por las enormes pantallas desfilaban las mismas imágenes.

La segunda acusación consistió en la escasez de viviendas. “Todos los daldarianos van a vivir en lugares dignos” rezaba el eslogan de campaña del acusado, que provocó la ira de los moradores de la calle antes de que pudiera emprender la defensa. El clamor no se hizo esperar:

―¡El hombre de mimbre, el hombre de mimbre!

El pedido de misericordia solo encontró oídos de bronce. La agonía del fabulador solo tuvo eco en el fuego.

Del humo, cosa rara, no surgió ningún candidato. La noche metaforizó la ruina de aquella vocación milenaria. Nadie quería gobernar.

Cierto grupo de estudiantes propuso el retorno de las papeletas y las urnas, y otro grupo mucho mayor los acusó de necrofilia. Un chico de quince años más o menos, al grito de que en sus arterias corría sangre de líder, intentó llegar al escenario. Pero un viejo lo detuvo en el camino, evitando tocar con el pie la rama de mimbre carbonizada.

Los dos vieron a los moradores de la calle que, sirviéndose de dientes y uñas, arrancaban, despedazaban la lengua epiléptica del hijo del presidente.

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El café más simbólico

Una fría mañana de Viena, cerré la puerta de mi insolvente casa gris y corrí a la estación, con miedo de no llegar a tiempo: el tren a Bratislava salía a las nueve (la primera función era a las diez y media). Del apuro, salí con solo cinco euros en el saco.

Cuando llegué, todavía me quedaban veinte minutos para desayunar algo rápido. Entré al bar que estaba ahí, dentro de la estación. El lugar olía a madera húmeda. Por las ventanas se filtraban partículas de luz sucia. Me acomodé en una silla de la barra y pedí un capuccino.

Para matar la espera corta, saqué el libro de Pérez Galdós que traía en la mochila.

Llevaba menos de una página cuando advertí que el viejo sentado a mi lado se inclinaba curioso para ver lo que yo estaba leyendo. Al principio lo hizo de manera solapada, y luego evitó todo disimulo. Leíamos al mismo ritmo y con la misma intensidad muda. Cerré el libro para evaluar su reacción: se molestó, aunque eso no le impidió extender la mano.

―Buenos días. Mi nombre es David ―dijo.

Apreté su mano ligera y correspondí a su introducción. Le pregunté de dónde era. Contestó que vienés. Pasando por alto las coincidencias nominales, le dije:

―Tu español es bastante bueno.

―Gracias. Me enseñó mi mujer ―dijo sonriendo.

―¿De dónde es ella?

―De Asturias.

―¿Viven los dos acá, en Viena?

―Sí, pero ella acaba de volver de Berlín y se está por ir ahora a Bratislava, unos días. La llamaron para trabajar en varios eventos. Es bailarina de ballet. Vine para despedirla.

Miró el reloj y señaló que era la hora, que el tren a Bratislava llegaba en cinco minutos. Antes de que yo pudiera reaccionar, pagó mi café. Como no aceptaba mi devolución, ante la mirada sorprendida del mozo, aproveché un momento de descuido para meterle un billete de cinco euros en el bolsillo del abrigo. Fue conmigo hasta el andén, regalándome en el trayecto sus opiniones sobre libros que yo ya había leído.

Me dejé caer en un asiento cualquiera, cerca de una ventana. No perdí de vista al viejo: a través del vidrio me llegaba su imagen danzando de espalda a los rieles. Unos parlantes, o unos músicos invisibles, llenaban el aire de vals. El Danubio Azul.

El tren arrancó y él trazó enormes arcos con el brazo.

―¡Buena suerte! ―creo que dijo, como si nos conociéramos de toda la vida.  

Mientras los difusos campos de Austria se esforzaban inútilmente por invadir mi retina abstraída, no tardé prácticamente nada en adivinar algunos retazos, fragmentos de la historia. Aparecieron en mi mente con la trágica fugacidad del rayo. El viejo y su esposa, la bailarina de ballet, se habían despedido en aquel mismo andén hacía veinte, treinta años (o tal vez más). Y una semana después se volvieron a encontrar en un cementerio.

El ataúd de ella estaba cerrado.

El auto de patente eslovaca le había desfigurado la cara recién pintada para bailar.

La invitación del café, el vals y el saludo efusivo eran cosas que el viejo había hecho con su esposa el día de la despedida en el tren, y que nunca dejaría de hacer. Hasta unirse a ella y viajar juntos a ese destino donde ya no hay adiós.

Por no querer jugar a las cartas con el desconsuelo, por no querer asumir la fatalidad, se aferró con su vida a un solo instante: el más nítido recuerdo vivo. Como el que lucha agarrando el borde del precipicio con un dedo porque quiere evitar el abismo y la noche.

Renunció al olvido y repudió la secuencia. Renunció a los cuartos vacíos y despreció a la muerte. Y así, prescindiendo de resurrecciones, su historia era un eterno presente de despedida enamorada.

Todos los días eran el último día.

La obra empezaba siempre con la escena final.

Al día siguiente, cerré la puerta de mi insolvente casa gris y corrí a la estación, con miedo de no llegar a tiempo: el tren a Bratislava salía a las nueve (la primera función era a las diez y media). Del apuro, salí con solo cinco euros en el saco.

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Ten cuidado con lo que deseas

Estoy cansado de que todos se quieran acercar, sacarme fotos, de que haya gente contratada para mantenerlos alejados y cuidarme. ¿Cuidarme de qué? ¿Qué me pueden hacer? ¿Qué daño puedo sufrir? Los observo, como ellos me observan a mí, desde la inevitable distancia de celebridad. Me gustaría, eso sí, que alejaran a las tres mujeres que son mi única compañía, mi irremediable compañía, en este bosque sin luna que se parece tanto a la muerte.

Yo quería ser artista. Tenía la idea de que así sería reconocido, y aún más, que sería libre. Y la libertad fue lo primero que perdí.

Yo quería ver el mundo, y no que el mundo me viniera a ver a mí.

Yo quería cautivar con mis obras, y no terminar cautivo de ellas.

Ten cuidado con lo que deseas, repetía siempre mi abuela, de la que apenas recuerdo su abatida cara final.

Esas tres idiotas que no me dejan un segundo de paz con sus voces horribles y sus quehaceres mortales. No puedo verlas, no deseo verlas, porque las sé igual de espantosas que las risas que insinúan sus gárgaras de sangre. ¿Qué divinidad maldita fue la que me confinó a este doble infierno de ruina y vanidad? ¿Hasta cuándo deberé aguantar las prédicas de aficionados al arte que hablan de mí como si me conocieran? No tienen la menor idea de quién soy. Aunque, de tanta exposición rígida, de tanta extroversión quieta, hasta yo mismo estoy a punto de olvidarlo.

No soporto más la existencia bidimensional mentirosa, que ni siquiera me permite el placer del movimiento plano. La opresión de la estática es inapelable: no puedo mover un dedo, mucho menos los labios, para callar las voces trinas que blasfeman y ríen. Lo que daría por un poco de privacidad. Qué no daría por un átomo de silencio.

Intento pedirles a ellas, las parcas, que corten el hilo y apaguen mi mente, pero mi boca impotente escupe vacío.

Por favor, que alguien me ayude. ¡Miren bien, soy yo! ¿No se dan cuenta de que hay una figura que sobra, que hay una persona ―si es que acaso lo sigo siendo― de más y que, a diferencia de las otras tres, no tiene ningún propósito claro?

Pensándolo mejor, no sé a cuál de estos mundos deseo pertenecer: el que creó Dios con un fonema o el que fragüé yo mismo con el pincel. En realidad, importa poco. Porque en los dos la muerte existe y trabaja a destajo. Quizás la disyuntiva inútil sea el último lazo con la humanidad, quizás la desdicha me acecha disfrazada de elección.

En aquel mundo están los estúpidos. Los estúpidos que miran y no hacen nada. Los estúpidos de siempre, de boca abierta y ojos limitados. En este mundo, las parcas, mi única compañía, mi irremediable compañía, y la destrozada cara de mi abuela diciéndome algo que ya me olvidé.

Las risas, el hilo, la hilaridad.

Y esas miradas aburridas, y los flashes de las cámaras, y la desolación, y la prisión de marco negro y de óleo aún más negro que pinté yo, Goya. 

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El oficio de recolector de cuentos

La profesión más antigua seguramente sea la de contar historias. Se originó el mismo día que apareció el fuego. Podría decirse que nacieron juntos.

En Irlanda, por ejemplo, el primer oficio fue el de poeta. Lo ejercían los Margraths de Munster, que también eran historiadores. Los irlandeses aprendieron el arte de abrir los cielos con el arpa antes que el arte de abrir la tierra con el arado.

El oficio se tuvo que reinventar cuando se acabaron las ideas. Los narradores salieron, entonces, a buscar inspiración en las tabernas y los hogares, convirtiéndose así en auténticos recolectores de cuentos, que además cumplían el cometido de notarios. Pasaban casa por casa pidiendo narraciones a cambio de dinero y escribiéndolas en papiros que después serían ocultados de la rapiña del sol.

Como ocurre con todas las corporaciones, el gremio se degeneró. La profesión sufrió un cambio estructural. Debió ocurrir en la época de Juan sin Tierra, donde, por necesidades del reino (o solamente del rey), se decretó que el poder político tenía el derecho de asfixiar a los ciudadanos y de mendigar sus sobras, con la voz del que sabe que está salvado. Los recolectores de cuentos se transformaron en recolectores de impuestos, que a diferencia de antes ya no iban por las casas a entregar monedas sino a buscarlas, y ya no iban a escuchar un relato sino a transmitir una proclama. Las personas dejaron de imaginar para empezar a pagar. Por eso vinieron las rebeliones. Robin Hood era ladrón porque antes fue poeta. El bosque de Sherwood era menos el escondite de bandidos que el refugio de juglares descastados.

La degeneración evolucionó rápidamente, y los recolectores conocieron pronto los sinsabores del desprestigio. Pero el instituto de la recolección, a pesar de haberse retocado las funciones de sus emisarios puntuales, aún conserva su esencia narrativa.

Hoy, dentro de infames sobres, siguen llegando comunicados del rey por debajo de nuestras puertas, que según el mes del año, pueden hacernos llorar o gritar de ira.

Algunos, los más despiertos, todavía ríen.

Porque saben que, fieles a su origen, los impuestos tienen algo de ficción.

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Bloody Sunday

La luz pálida barrió la oscuridad del living y escaló por las paredes descascaradas y sucias, anunciando el primer domingo soleado de abril. En cinco minutos preparé el termo con café y lo metí en la mochila junto con la novela de Paul Auster que había comprado en un Charity por dos euros.  

Un gato dormía en el rellano, indiferente a la voz de Van Morrison que vibraba en el pasillo del cuarto piso. Fui menos indiferente que el gato, y bajé las escaleras de dos en dos, al ritmo de Brown Eyed Girl.

El sol que adentro desnudaba la pobreza de la pared era el mismo que afuera despertaba los colores de las puertas de las casas y los contrastaba con la monotonía del ladrillo de los edificios de Dublín, tan bajos que regalaban cielos. Pasé el museo de Joyce. No me tentó la idea de entrar ahí: aquel escritor había intentado, con todo el rigor de su prosa desterrada, que yo odiara a Dublín, sin sospechar que terminaría odiándolo a él.

Nunca supe cómo llegué a la avenida O’Connell. Supongo que habrá sido por esa manía mía de perderme, de querer perderme más bien, por las calles europeas. Aún sin haber meditado a fondo la cuestión, diría que la manía obedecía a cierto impulso estético, al deseo de encontrar, ya fuera en el callejón virgen o en el delirio del enjambre, sonetos olvidados, estatuas nómades y acaso, en algún día de nieve, el amor de una vestal libertina.

Por la avenida peregrinaban los hinchas del equipo local. Iban uniformados de celeste para ver ―según me dijo el empleado de un pub que fumaba un cigarrillo en la vereda― la final del torneo de fútbol gaélico entre Dublín y Tipperary. Tal vez esta final buscaba reanudar aquella de un siglo antes que había sido interrumpida por la sangre irlandesa y el acero inglés. Imaginé que la ola celeste peregrinaba hacia el estadio Croke Park para alentar a su equipo y de paso cicatrizar, con el poder de su garganta y el correr de la cerveza, el nacionalismo herido por el Bloody Sunday.

Apenas pensé en unirme a la multitud. Quería silencio, un recoveco tranquilo. Las posibilidades eran muchas, aunque siempre, por algún motivo u otro, elegía el parque de la Catedral de San Patricio. En esos días no era consciente de que cada vez que volvía a tocar los lugares y personas que había idealizado, los corrompía un poco. En ese entonces, el espejo de mi baño aún no devolvía los dedos de Midas, ni se asomaban, por la foto de mi pasaporte, las cuencas sin ojos de Dorian Gray.

Desde la esquina ya se podía ver aquella enormidad de piedra gótica. Un observador casual habría conjeturado el yugo de la sombra y de la gárgola. Entré en el parque y me detuve a la altura de la inscripción en el suelo que proclamaba que ahí, o no muy lejos de ahí, se hallaba el sitio donde Patricio mojó cruces en frentes paganas.

Me senté, incómodo, en una ondulación de pasto, cerca de la fuente y de la pareja que secreteaba. El viento me trajo fragmentos de apuradas confesiones. Saqué el libro y el termo, y tomé café tibio. Con cada página que pasaba, el libro fue bajando el telón que me separaba de la realidad.

El graznido de la gaviota me rescató del hechizo de Auster, que no sé cuánto duró. Donde antes estaba la pareja ahora había una mujer. Una revista le tapaba la cara, dejando solamente al descubierto unos ojos con más tonalidades que un patio andaluz. Si le hubiera hablando, quizás le habría dicho lo de los ojos.

Pero nos sorprendió la tormenta.

Cerré el libro y esperé sentado, viendo como todos huían del parque. Aposté a que las nubes pronto darían paso a un nuevo sol. No es que yo fuera un esperanzado, sino que Dublín es así: las cuatro estaciones en un día. Los elementos en permanente conflicto, y el arcoíris emergiendo como síntesis victoriosa.

La lluvia me empapó. Corrí hasta la salida tiritando y con mi mundo sensorial limitado por los truenos y las campanas que sonaban desquiciadas. Resbalé en el barro, y esa fue mi perdición. Cuando quise pararme, sentí, o imagino que sentí, golpes en la cara, el estómago y la nuca, como si me estuvieran pateando de a muchos. Y muchas habrán sido las manos que me arrancaron la mochila y me saquearon los bolsillos.

Recuerdo que la inconsciencia tuvo gusto a sangre y a tierra mojada.

También recuerdo una barba gris que pronunciaba cosas inentendibles. Supongo que las palabras tullidas componían un rezo. No lo tengo claro. Lo que sí tengo claro es que la voz no me ayudó. Ni siquiera se animó a tocarme.

Después, o antes (¿cómo saber?), apareció otra voz que parecía más joven que la anterior (o la posterior). Me habló cerca, muy cerca, tanto que todavía puedo evocar el olor a incienso. Sin embargo, esta voz tampoco fue capaz de ayudarme.

Rubén, el español, fue quien me salvó. Pasaba por ahí de casualidad. Sin hacer preguntas, me arrastró hasta la avenida, paró un taxi y dictó una serie de coordenadas.

Mi estadía en lo de Rubén duró un mes. La primera noche, seguramente para tranquilizarme, me dijo que había estudiado dos años de enfermería en la Universidad de Murcia, y que me iba a desinflamar la nariz y la boca. Recién al momento de despedirnos mencionaría el principio de hipotermia. Compartíamos el cuarto con una pareja de letones que cada tanto se turnaban para pasarme alcohol etílico por las raspaduras del antebrazo.

Si la memoria no me traiciona, Rubén era sevillano y venía de una familia relegada. Había probado suerte en Córdoba, Málaga y Murcia. Y ahora probaba suerte en Irlanda porque en España había cada vez menos trabajo. Le pregunté si extrañaba las costumbres de su país.

―Es que yo no soy muy español, ¿sabes? ―contestó―. No me gusta el jamón ni las tapas. Detesto el fútbol y no creo en Dios. Prefiero el Jameson y el Chowder.

El último día que estuve en la casa, surgieron distintas teorías sobre la identidad de mis agresores. Para los letones, había sido un grupo de hinchas borrachos de Tipperary. Para Rubén, fueron los knackers o los gitanos del barrio de Drumcondra, que para él eran lo mismo. Finalmente se pusieron todos de acuerdo en que se trataba de simples ladrones.

Yo tengo mi propia teoría.

Fui víctima, no tanto de un robo, sino de la mecánica del universo, que tiende a la repetición.

Se me presenta, con la fuerza de una certeza, la idea de que fui protagonista de un hecho que ya había protagonizado otro, o que quizás imaginó ―la imaginación tiene mucho de profecía― alguien que murió hace tiempo.

La tierra del parque y la piedra de la Catedral pueden haber sido materias que, una vez transfiguradas por el toque de las campanas, se unieron para formar un camino, un paso de montaña que conduce a Jericó.

El español bien podría haber sido samaritano.

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Enroque

―¿Pudo arreglar el corral, Sánchez?

―Sí, patrón, acabo de venir de ahí. Ahora vuelo para la estancia de su hermano, que quiere que le pinte el cuarto.

―Bueno, primero tómese un mate.

Sánchez agarró el mate que le tendió el patrón Nicolás y sorbió con calma.

―Llévese unas galletitas si quiere ―le dijo Nicolás.

―Le agradezco, patrón.

Metió su enorme mano áspera en la lata y atenazó unos cuantos bizcochos. Se los fue tragando hasta que llegó a la cuadra.

Aquel sábado de marzo conjugó una humedad que democráticamente asfixiaba a hombres y fieras con un sol tirano que en su cénit recortaba los dominios de la brisa y el barro.

El clima de la provincia de Buenos Aires no daba ni un día de tregua al campo de los Anchorena: no caía una gota de agua desde hacía más de dos meses. Pese a que ya habían perdido cuatro cabezas de ganado, lo que para aquel campo de dimensiones menores representaba una enormidad, nadie se atrevía a pronunciar la palabra sequía. Para los peones, todos supersticiosos, era lo mismo que invocar a san la muerte.

Sin contar la estancia principal, donde vivía el viejo Anchorena, el campo estaba dividido en cuatro partes, cada una de las cuales pertenecía a uno de los hijos del viejo: Sebastián, Nicolás, Belén y Carolina. Todos estaban casados y vivían ahí con sus respectivas familias, a excepción de la última, que se había divorciado hacía poco y no tenía hijos. Carolina era pretendida por casi todos los estancieros de Gorchs. Su fama, que contaba con tantos afluentes como el Río Salado, le hacía justicia a su belleza que, como portavoz de la aristocracia, pregonaba la sencillez.

Los Anchorena cultivaban cereales (mayormente trigo), aunque tenían un poco de ganadería. En la parcela de Nicolás se producía miel, de la que sólo eran abastecidos unos pocos almacenes del oeste de la provincia.

De cualquier manera, y en contra de lo que pensaban los conocidos y amigos de la familia, el campo no era redituable desde los tiempos en que el viejo Anchorena no era tan viejo. No fueron pocas las veces que este pensó en venderlo. De hecho, eso fue lo que hicieron todos los dueños de los campos vecinos, que ahora eran explotados por la misma empresa extranjera. Qué manga de traidores, repetía siempre el viejo Anchorena. Pero en el fondo siempre quiso saber qué fue de ellos. Su patriotismo de terrateniente corrió la misma suerte que su campo: se había parcelado, quizás chamuscado por el remoto crepitar de un precio.

Sánchez cabalgó por espacio de diez minutos hacia lo de Carolina. El trabajo de pintura en lo del patrón Sebastián podía esperar.

Como todos los sábados, desvió su ruta para el lado del invernadero. Armó un ramo de jazmines con sus toscos dedos enamorados. Se apeó y cabalgó con la rienda en una mano y el ramo en la otra.

No muy lejos, divisó a un hombre que cabalgaba en sentido contrario. Llevaba una cuerda extrañamente enrollada alrededor del brazo y del hombro. Probablemente, a juzgar por su ropaje, era uno de los ricachones amigos del patrón Nicolás. A modo de saludo, Sánchez alzó, en dirección al jinete, la mano donde tenía las flores. El otro hizo lo propio, extendiendo el brazo y revoleando el tramo de cuerda que antes oscilaba al nivel del estribo.

Anduvo un trecho más y llegó a la casa. Pegó un grito desde la galería:

―¡Patrona!

Nada.

Por las dudas, llamó de nuevo:

―¡Patrona Carolina!

Nadie.

Atravesó la sala perseguido por una nube de mosquitos. No se dejó cautivar por las flamas que agonizaban en el hogar negro. Caminó por el largo pasillo que desembocaba en la habitación principal. Golpeó en la puerta y, sin esperar respuesta, entró.

Enseguida vio algo que lo paralizó. Sus manos comenzaron a sudar. El corazón se le salía del pecho.

―No pued… no puede ser ―masculló.

Sus sentidos no lo engañaban: sobre la mesita de luz había un ramo de jazmines. Sí, eran jazmines. No podría confundirlos nunca.

¿Quién se había atrevido a ponerle flores a la patrona, a su patrona Carolina? ¿Quién había sido tan osado de entrar en la habitación y practicar el rito que sólo él, Sánchez, tenía tácitamente permitido? ¿Acaso alguien pretendía adueñarse del monótono culto que él había ido erigiendo durante todos los sábados desde hacía diez años?

Era un derecho ―tal vez el único que tenía― que Sánchez había conquistado a fuerza de trabajo duro y respetuosa devoción por Carolina. Y ahora se lo arrancaban, al igual que le arrancaban el alma. Cada vez que la observaba oliendo las flores, veía concretarse sus mozos sueños de amor. Cada sábado, Sánchez cobraba una de las cuotas de felicidad que la vida, mezquina en regalos, le concedía con sospechosa prodigalidad.

Salió del cuarto tan atropelladamente que se chocó con el marco de la puerta.

Tiró al fuego el ramo de jazmines que había preparado poco antes. La sala se llenó de humo dulce.

Dio una, dos, tres vueltas a la casa. El sudor que le chorreaba por la frente se filtró por los labios áridos. La lengua sedienta absorbió el agua y dejó la sal. Al restregarse los ojos, vio que la casera de Carolina se acercaba, cargada de bolsas.

Fue a su encuentro.

―¿Cómo le va, Sánchez? ―saludó la casera.

―Bien, doña Felisa ―Sánchez fue al grano―: ¿Sabe quién puso flores en la habitación de la patrona Carolina?

La casera dejó las bolsas en el suelo y se acercó a Sánchez.

―Fue el señor Dellatorre ―dijo esta en un susurro.

―¿Dellatorre? ―gritó Sánchez, como si el hecho de gritar el nombre del causante de su ira pudiera aplacarla.

―¡Sh!, baje la voz ―dijo doña Felisa―. Sí, el vicepresidente de la multinacional que quiere convencer al viejo Anchorena de vender el campo. Un imbécil. Se piensa que es paisano por usar alpargatas y tener un facón en el cinto.

―Ah, y anda con una soga al hombro, ¿puede ser?

―Sí, sí. Dice que la usa para enlazar animales, que eso lo aprendió de chiquito en el antiguo campo de su familia y que le quedó la costumbre de tenerla siempre a mano, como el facón. Según le oí decir, su abuelo mató más bestias con la soga que con el cuchillo. ¿Se imagina al abuelo ahorcando a un puma con la cuerdita? Todo cuento, una mentira grande como una vaca: el almacenero de Las Flores (que es bastante aficionado al verso pero en este tema le creo) me contó que los Dellatorre son oriundos de Capital y que siempre fueron del palo de las finanzas… Ese desgraciado hace lo que sea para ganarse la confianza del viejo Anchorena y el amor de su hija. Todo para que le vendan el campo, claro está.

―Pero la patrona no es zonza ―dijo Sánchez―. No se va a dejar picotear el oído.

―Mire, no sé. Ayer cenaron juntos, se reían como chiquillos. Ella le confesó que adoraba los jazmines. Incluso…

Sánchez dio media vuelta y se alejó al trote, dejando a la casera con las palabras en la boca. No quería saber más.

A la mañana siguiente, cerca del mediodía, Dellatorre fue a casa de Carolina. Sabía que ella estaría afuera desde temprano.

Llegó al atrio, con la camisa pegada al cuerpo por la transpiración. Sostenía un voluminoso ramo de jazmines.

Pavoneándose por el pasillo, ganó la puerta de la habitación, que estaba ligeramente entornada.

La abrió del todo.

Un grito de horror se le congeló en la garganta.

Con las piernas suspendidas y el cuello deshonrado por una soga, por su soga, Sánchez lo miraba con ojos muertos.

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Somewhere in Donegal

A través de una ruta flanqueada por colinas rebosantes de ovejas, llegamos a Donegal, un condado del norte de la República de Irlanda, parte de la antigua provincia de Úlster.

Bajamos del auto, con el termo y el mate. La lluvia raquítica apenas mojaba.

Anduvimos sin rumbo por un sendero que antaño cansaron druidas, en su mayoría apócrifos, y vikingos desertores.

Doblamos por un recodo del camino. En la esquina, un muro de piedra se afanaba inútilmente en la protección de un jardín que, a su vez, protegía una casa. Tanto el muro como el jardín parecían haber sufrido incalculables derrotas contra la clepsidra. Y en indigna retirada, pretendían arrastrar para el lado de los vencidos a un viejo que, pala en mano, hacía perfectos pozos en la tierra.

Sorry, could you recommend us someplace to go? ―le dijo el Gordo Juan, profanando el silencio del lugar.

El viejo murmuró algo en un inglés inexpugnable.

Sorry? ―dijo Fernando.

My name’s Shane ―dijo el viejo pausadamente, luego de advertir nuestro escaso dominio del idioma y, tal vez, nuestra descortesía―. It was different, you know? England has changed everything, even the names.

Fucking England ―se me ocurrió decir.

Pero no obtuve respuesta: la atención de Jane había sido capturada sucesivamente por el cuervo que planeaba cerca, el caballo que pastaba lejos y el mate que tomaba Agustina.

How long can you drink that? ―dijo finalmente, señalando el mate.

The whole life ―contestó el Gordo Juan―. It’s a typical Argentinian drink. How long have you been living here, if I may ask.

I work here since… I was seventeen.

Don’t you want to retire?

A farmer never retires. They just die.

La lluvia arreció de repente, obligándonos a emprender el trote hacia el auto sin despedirnos del granjero. No habiendo dado más de cinco pasos, me di vuelta justo para ver que aquel sacaba del bolsillo lateral del pantalón una diminuta hoz dorada y del bolsillo de atrás, si acaso no vi mal, un ramo de olivo.

England has changed almost everything! ―gritó, y el eco se fundió en un trueno que hizo vibrar la tierra.  

Rápidamente las nubes se dispersaron y el sol tiñó a los pastizales de esmeralda. El granjero guardó el olivo y la hoz en sendos bolsillos para agarrar el mate que estaba tirado en el suelo. Como si intuyera un símbolo en el brebaje, como si fuera portador de un objeto ancestral, acomodó la bombilla con torpeza y sorbió.

Doce años después volví a visitar aquella granja de Donegal.

Un cuervo gris, que parecía el mismo de la remota vez anterior, picoteaba el muro de piedra. El caballo, en la lejanía, simulaba no haber dejado de pastar nunca; aunque también parecía cansado de simular. Los pozos seguían aguardando a que alguien los rellenara.

Sin embargo, como la maleza había engullido a los cultivos, deduje que la tierra había engullido al granjero.

Saltaba a la vista la impotencia del lugar para resistir el declive. La corrupción se entretenía con los vanos anticuerpos de la materia, y la nada se redimía sin apuro del fracaso que fue la epifanía del mundo. El muro de piedra no estaba en condiciones de proteger la propiedad, porque a duras penas podía protegerse a sí mismo. El caballo y el cuervo eran milagros decadentes.

Pegado al muro, había un carretón de madera senil. Me llamó la atención por ser el único elemento del que mi memoria no había guardado registro. En su interior, a resguardo del rocío, descansaban la hoz, el mate y una rama de muérdago. Los metí como pude en mi mochila para protegerlos de la tormenta que auguraban los caprichos de la ventisca y los rayos que ardían en la distancia. Pero esta vez no corrí a refugiarme en el auto.

Postrado, esperé lo que el viento tenía que atestiguar.

El barro me haría conocer el origen y el destino de todo lo que vive.

La lluvia me convertiría en druida.

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Manifiesta

Señor Juez:

Mediante el presente escrito, me dirijo a Ud. ya no al efecto de solicitarle el dictado de sentencia en este expediente, sino movido por un propósito singular. Procederé a explicarme. Indudablemente, los cuatro años de aventura común ―de la que fueron testigos las indiferentes paredes del juzgado y las fojas muertas― ameritan la explicación.

Anticipándome a cualquier suposición de vuestra parte, le confieso que perdí por completo el interés en el resultado del pleito, porque perdí por completo el sentido de la gravedad. Supongo que esto también requiere una explicación, y no se la voy a mezquinar. Ocurre que desde aquella presentación inicial vengo cumpliendo una serie de formalidades que encuentro, a la luz de las actuales circunstancias, un tanto histriónicas. Verá:

Ud. se figura que es un emisario de la justicia etérea, y yo me considero un apóstol de la verdad.

En efecto, sentado sobre una silla paupérrima y rodeado de gente estúpida, Ud. se percibe como una hipóstasis de Dios con peluca y mazo. Y yo, recluido en esta sórdida oficina del microcentro, imagino que soy un descendiente de Cicerón.

Pero lo cierto es que, guiados por una inercia caprichosa y casi invencible, representamos una obra burda. Una obra en la que actúan dos personajes a quienes una divinidad ignota denominó como “Vuestra Señoría” y “letrado”. Los espectadores, bastante conscientes del absurdo, siguen pagando la entrada.

Presiento que la primera vez que Vuestra Señoría se calzó la toga, creía en los elevados mandatos de su investidura y en la idea de un mundo mejor. Después le pasó lo que a muchos: el ideal se convirtió en espejismo, y el espejismo en aburrimiento. Tal vez por ese motivo enyesó su inteligencia con los artículos de un código, a los que seguramente profesa más devoción que a su propia madre.

Por esa razón, la riqueza de la vida, con sus avatares indescifrables y sus complicaciones eternas, quedó diluida en un miasma de plazos y apelaciones. Las infinitas posibilidades humanas murieron asfixiadas por el mármol de la fórmula, y la balanza de Temis fue aplastada por la pirámide de Kelsen.

Lamento que nuestras memorias limitadas aún se aferren, como náufrago al madero que se hunde, a leyes garabateadas por manos que ya no tienen piel.

Somos todos cadáveres, y lo único que nos distingue es la altura del encierro. Algunos privilegiados pueden estirar el brazo sin que la trayectoria se vea interrumpida por la caoba. El inconveniente es que, suponiéndose capaces de decidir los destinos del hombre, se aprovechan de ello para escribir sentencias.

Le ruego no lo considere un agravio.

Ud., al igual que yo, es un sacerdote que ejecuta una ortodoxa ceremonia alrededor de un altar devorado por la hiedra. Y lo peor es que ni siquiera cree en el altar, pero por las dudas sigue vistiendo la sotana.

Quizás, después de todo, sí seamos emisarios, y como tales debamos rasgar el telón, saltar del proscenio y culminar juntos esta farsa.

Pienso que ya es momento de despojarnos del envoltorio inútil, del protocolo feroz.

Ya es hora de que dejemos los disfraces y así, con las miserias a la intemperie, nos llamemos por nuestros ridículos nombres de pila.

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Dos príncipes y un ladrón

Si bien Dios nos creó con libre albedrío, este talismán no tiene el poder de conjurar el hechizo de estar sujetos a su control inagotable. Rendimos cuentas desde el Génesis.

Supongo que no será muy distinto con el autor de un libro y sus embriones hechos de celulosa. En verdad, la creatura literaria tiene mayor autonomía que la creatura humana: puede ocultarse del dramaturgo, aunque sea por un tiempo.

Eso le pasó a Tolkien. Cuando ponía su atención en el estudio de mapas antiguos y lenguas muertas, descuidó el tintero. El descuido no fue gratuito, porque se le escurrió un personaje que cortó el cordón umbilical que lo unía a la torpe alquimia del escritor, escapando de su hado mezquino.

Me refiero a Boromir.

La misión original del príncipe de Gondor parece evidente: representar el barniz de realismo que requería la obra para que el lector común pudiera verse en el espejo, y personificar el orgullo tibio que no deja pasar la luz ni tampoco permite el imperio de las penumbras.

Tolkien, que todo lo pintaba con blanco y negro, necesitaba del color gris.

Boromir era hijo de un senescal o, lo que es lo mismo, de un alto servidor que apoyaba su espalda en el trono de Gondor. Por eso, aquel pretendía la corona con la fuerza del linaje que es fruto del azar y no de la sangre; la ambición lo aguijoneaba sin consumirlo. El anillo oscilaba cerca para despertar la codicia aunque no tanto como para despertar la determinación, atributo de las almas cuyos nombres vigilan cenotafios.

Ya había soltado amarras la barca de Caronte ―el boleto fue cortesía de Tolkien― para llevarlo del río Anduin a la antesala del infierno de Dante.

Sin embargo, la creatura trascendió su mediocre destino de papel.

Descubriendo que su estrella era el manuscrito de una deidad ajena, arrebató la pluma y trazó su propio final con la pálida caligrafía del rezagado. Él, que siempre había ambicionado las pegajosas prerrogativas del poder, proclamó entre estertores un soberano de ropas distintas a las suyas.

Él, que siempre había anhelado la autoridad, se reconoció vasallo antes de morir. Sería señor en un feudo donde no hubiera anillos ni ansiedades.

En cierto aspecto fue más grande que la Tierra Media. Incluso, al resultar un imponderable dentro un orbe donde, de tanto detalle, las partes eran más grandes que el todo, Boromir terminó siendo más grande que su creador.

Pienso que Segismundo, el príncipe proscrito, siguió un derrotero similar.

Calderón de la Barca lo había concebido como un sucedáneo de Hamlet: el heredero roído por justificados deseos de venganza y acechado por una desventura ancestral. Segismundo creció entre los tercos centímetros de su celda y los remisos barrotes de su alma. Y así, con el cuerpo limitado y el alma entumecida, tenía que expirar.

Su destino era el de cualquier reo: vislumbrar bellezas y sospechar amaneceres a través de un resquicio. Por ahí pasaría la muerte para asestarle el beso claudicante. Pero la oscuridad de la prisión ocultó menos su fisonomía que los mecanismos de su conciencia, y el príncipe burlado se burló de Hamlet y de todos.

Una vez libre, se agachó, no para alzar la daga del suelo que le había arrojado desesperadamente Calderón de la Barca, sino para alzar a sus enemigos y redimir con ellos a Esquilo y a Shakespeare. 

Quizás existió, fuera de los estantes de la biblioteca, algún ser que ensayando un milagro menor fue capaz de desconcertar al cielo. O un átomo de voluntad que consiguió eludir las invioladas redes que entretejen la providencia; esa mano que, a punto de ahogarse, torció el reguero de tinta divina que le deparaba innúmeros epílogos vulgares.

Si acaso existió una grieta en el abismo, tuvo que ser un ladrón. Un ladrón a quien la historia quiso esconder bajo un manto de aserrín y polvo, y que en la agonía sorprendió a los hombres y a Dios.

Quizás, no lo sé, hubo un imprevisto llamado Dimas.

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Encomienda

―La gente ya no cree en la grandeza de nuestro país. Si me pregunta mi humilde opinión, Sr. presidente, estimo que todo pasa por una cuestión de mística.
―¿De mística?
―Efectivamente. La gente necesita volver a creer en el papel de América como rectora del destino mundial. Sería conveniente, entonces, que busquemos la mejor pluma, al mejor poeta, y le encomendemos que escriba algo relacionado a ello. Mientras tanto, podríamos reunirnos con Mr. Bernays para diseñar la estrategia de propaganda.
―¿El mejor poeta? Muy sencillo, llamemos a Whitman.
―Whitman murió hace más de cien años, Sr. presidente.
―Sí, lo que sea. Mr. Kissinger, queda usted a cargo del asunto. En una semana quiero un esbozo listo para que lo revise el secretario de prensa. ¿Tiene alguna idea?
―Por supuesto ―dijo Kissinger, mientras caminaba a la par del presidente por el South Lawn―. Nada cautiva tanto como las leyendas que giran en torno a la madrugada de una nación, a sus días inaugurales. El escritor que elijamos podría componer un poema que relate la odisea de Robert the Bruce, el libertador de Escocia, al navegar hasta Carolina del Norte para esconder un fragmento de la piedra del destino del rey escocés Kenneth I, porque los ingleses querían destruirla. De paso, el relato serviría para poner en tela de juicio el hecho de que Colón haya sido el primero en hollar la arena de este continente. La pequeña piedra fue encontrada por los primeros colonos, y casi dos siglos después llegó a manos de Washington, que la llevó en el bolsillo durante la Guerra de la Independencia. Así, tal símbolo pétreo representa el ocaso de la dominación inglesa, el intemporal abrazo entre Washington y Robert Bruce. Es la roca inviolable, la que no pueden mellar ni la hoz ni el martillo.
―Estupendo. Hagamos que América sea grande de nuevo.
―Así lo haremos, Mr. Trump.

El estornudo del soldado de la guardia pretoriana sacó del trance a Virgilio. Augusto lo miraba perplejo.
―¿Estás bien? ―preguntó este finalmente―. Mencionaste a Alba Longa y a Lulus, el hijo de Eneas… Como te decía ―prosiguió Augusto al ver que Virgilio no contestaba―, los romanos deben volver a creer en la grandeza del imperio. Y, para eso, habría que divulgar el auspicio de su origen formidable: Roma es la flor que nació entre las ruinas de Troya. Fue parida por los escombros que sepultaron a Príamo. Se te ha concedido el honor de escribir una obra, más que una obra un canto eterno, que refleje el génesis divino de la ciudad. El premio, que no entregaré yo, será la inmortalidad de tu fama.
―Sí, César ―dijo Virgilio, pero la imagen de la enorme y extraña Casa Blanca le impidió seguir hablando.

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Declaración feudal

En este preciso, sagrado instante
me declaro señor y soberano
de esta comarca de ideal enano
que enfermó por fantasía rasante.
¡Afuera, que salgan los refractarios!
No hay lugar para tibios previsores.
Vengan los escuderos temerarios
a mi sueño de Patria en sus albores.
Me urge el cumplimiento de aquel legado
que dejó el polvo: deshacer entuertos
y patrullar senderos, bosques, puertos.
Abjuré de mi escéptico pasado
y, como hidalgo, busco la revancha.
Yo, el invicto barbero de La Mancha.

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Disyuntiva

Ya no hay ciénagas sin atravesar,
solitarios bosques por descubrir.
Ya no vibran arpas que hagan sentir
al hombre protegido del azar.

Ya no se ven caballeros andantes
ni escuderos, druidas, navegantes
traficando mapas de áureos tesoros
que trastornaron dragones y moros.

Ya los ríos callan el porvenir
y no lavan una herida mortal.
El tiempo borró el sendero fatal
que impedía a los blasfemos salir.

¿Y las casas al borde del camino
que saciaban la sed del peregrino?
¿Y los castillos de puertas de bronce?
Todo era sangre y magia en ese entonces.

Ya no hay asombro, se los aseguro.
Nadie sueña ser Amadís o Arturo:
cabalgar sin fin por pacto de amor;
nadar para ver al Rey Pescador.

Ya no hay crueles marineros incautos
que buscan los mares que cada tanto
emergen parlantes esfinges rígidas.
Solo hay tibios vaivenes, era insípida.

Dime sin miedo a que Láquesis ría,
hijo de Aquiles, cuál es tu elección:
¿Aquella vida ardua, con poesía,
o esta, larga y sin imaginación?

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Acorralar al viento

Jertag despertó mucho antes de lo planeado, o eso supuso. No había forma de comprobarlo: la herrumbre desahuciaba relojes y la naturaleza agonizaba en el ostracismo. La tierra de Ruthedain, abstemia de madrugadas, admitía cada vez menos gamas de oscuridad.

Se desperezó y fue a prepararse el desayuno ―café y tostadas, desde luego―, mientras meditaba los acontecimientos de anoche. El encono de aquella discusión dificultaba cualquier posibilidad de recuperar a sus viejas amistades. Lo habían acorralado, pero él devolvió las estocadas con suma habilidad y una impecable retórica. Como de costumbre, estaba en absoluta desventaja en cuanto al número: un león batiéndose con una manada de hienas. Sí, un león que, por cada zarpazo feroz, recibía a cambio pequeñas mordidas, al fin letales. Pero una vez más sobrevivió.

Se sentía solo. Completamente solo. Y, ciertamente, lo estaba.

Porque el gobierno de Ruthedain, ya cansado de los dogmas y principios milenarios, proclamó el relativismo como religión oficial. La población estaba de acuerdo: hacía un par de décadas que venía reclamando la abolición de las certezas. Todos los habitantes consideraban que era hora de despojarse de las ajadas vestiduras metafísicas. Querían emprender un viaje hacia un nuevo destino existencial. La duda, con las fauces abiertas, aguardaba con ansias la llegada de tan audaces seres a sus laberínticos dominios.

Naturalmente, los ciudadanos de Ruthedain tenían sus razones para aventurarse en el cambio paradigmático.

Alegaban, por ejemplo, que la humanidad venía elaborando tantos remedios universales como religiones existen, y que los mismos no habían hecho más que acelerar el estado ruinoso en que se encontraba el hombre. Por este motivo, derribaron la totalidad de los templos de Ruthedain, y sobre sus escombros construyeron monumentos a la memoria de Protágoras. Hasta hubo algunos pocos consagrados a la de Descartes.

Asimismo, por análogas consideraciones, la afirmación fue concebida como el recurso propio del intelecto débil. Todos los debates académicos debían finalizar con una interrogación. Toda réplica tenía que hacerse de manera interrogativa. O, en el peor de los casos, a través de una expresión condicional. Así, las discusiones se volvían circulares, infinitas.

Insistían hasta el hartazgo: el cáncer social de la afirmación debía extirparse de inmediato. ¿O acaso ―argumentaban― la proclamación de verdades absolutas que señalaban un camino seguro hacia la felicidad y la sabiduría, le facilitó al hombre su conquista?

No. Según ellos, sucedía más bien lo contrario: las supuestas claves para la felicidad, las verdades, proliferaban por doquier; pero, paradojalmente, el ser humano nunca fue tan desgraciado.

Se imponía, entonces, una acción necesaria: demoler todos los sistemas de ideas vigentes y volver a empezar.

Jertag se sabía el único ejemplar vivo de una especie extinta, el centinela secular. Si bien no profesaba ningún credo ―ya nadie profesaba alguno que no fuera el relativismo― y poseía infinitas dudas, entendía que existían ciertas verdades inobjetables, contra las que no cabía interrogación alguna. Por ejemplo, solía argumentar que el sol ―sea desde donde fuese que se lo observara― siempre sale por el este y se pone por el oeste. A esto le respondían que, debido a la inclinación del eje de rotación de la Tierra y al movimiento de traslación de esta alrededor del Sol, eso sólo ocurriría dos veces al año. Claro que, posteriormente a este razonamiento, le preguntaban qué entendía por “tierra” y qué entendía por “sol”.

Cuando Jertag aseguraba que el hombre es mortal, le respondían:

―Si el hombre posee un alma espiritual, no se puede aseverar que, al morir el cuerpo, también muere el alma.

Por el contrario, si él afirmaba que el alma es inmortal, le decían que de ninguna manera se podría verificar eso. A lo que sucedía la obligatoria pregunta:

―¿Qué es el alma, Jertag?

Esto lo exasperaba.

Conocía la remota existencia de obras que le hubiesen servido para combatir la irrefrenable multiplicación de objeciones, dudas y discusiones estériles. Pero los pensamientos de aquellos ignotos autores se habían perdido para siempre en los agujeros negros de la historia. Y todo gracias a la labor del gobierno actual: la Policía del Pensamiento operaba con una efectividad arrolladora.

Horas más tarde, volviendo del trabajo, se cruzó con una vecina y la saludó. Ella, con cortesía impostada, le devolvió el saludo:

―Adiós, Harclin.

―Me llamo Jertag. ¡Hace quince años que me conoce, y es la primera vez que se confunde mi nombre!

―¿Y quién me asegura que ese es tu nombre? Por otra parte, ¿qué es un nombre? Quizás algo mutable. Si probablemente todo lo sea, ¿por qué no lo será también un nombre?

―Si todo es mutable, ¿para qué sigue recayendo en la formalidad del saludo?

―Porque es una cuestión de educación.

―Entonces la educación no es un valor mutable.

Jertag apresuró el paso, y dejó con la respuesta en la boca a aquella estúpida: ya estaba harto de no llegar a nada.

Abrió la puerta de su casa y fue directo a la habitación. Se sentó en la cama y lanzó al cielo la acostumbrada súplica:

―Por favor, si realmente existe alguien o algo que escuche mis oraciones, necesito ayuda. No puedo seguir luchando solo.

Se apenó más al darse cuenta: era muy improbable que existiera un contemporáneo con la erudición necesaria para presentar batalla contra la sofística imperante.

―Habrá que resucitar a algún personaje de épocas remotas ―dijo en voz alta―, pero es imposible.

Sus pensamientos divagaron por civilizaciones antiquísimas, y un sopor de tristeza lo fue durmiendo con lágrimas en los ojos.

Después de un sueño intranquilo, se levantó bruscamente: alguien golpeaba con insistencia a la puerta de entrada.

Dio unos pasos rápidos y se apostó en el umbral, callado y a la espera de algún indicio: ¿quién sería el inesperado visitante?

Como nada sucedía, se decidió a abrir.

Una cara de edad indescifrable se asomó. Una larga barba de tonos blancos y plateados llamó la atención de Jertag; idénticas tonalidades brillaban en el escaso pelo del extraño, que apenas le llegaba a las sienes. El peregrino ―tenía un aspecto andrajoso pero digno, propio de un peregrino― sólo iba cubierto por una túnica raída y sucia. Jertag intuyó en él a un viajero. Para su asombro, le habló en su propia lengua: él lo entendía perfectamente. Hasta que empezó a murmurar como para sí, en oraciones inconexas:

―En mi tiempo… En mi tierra… he sufrido… una condena injusta. Una condena… a muerte. Por el cargo mendaz de… corromper a… Corromper a la juventud, me sometieron… a un juicio bochornoso.

Jertag lo escuchaba y asentía, aunque sin estar seguro de que le hablaba a él. Y, como si le leyese los pensamientos, el peregrino le clavó la vista y dijo:   

―¿Podríais indicarme, joven, en qué dirección encontraré el Ágora?

¿El Ágora, acababa de decir?

Al develar por fin la identidad del legendario personaje, Jertag lo invitó a hospedarse en su casa aquella noche.

Pronto volverían sus escépticos amigos, y de seguro lo acorralarían de nuevo como hienas a un león. Pero acorralar a ese anciano les resultaría tan imposible como acorralar al mismísimo viento.

Aunque, se dijo Jertag, la cicuta puede adoptar mil formas.

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Yo me lo gané

Una tarde de psicosis porteña, me encontré con un conocido jugador de fútbol profesional. Si mal no recuerdo, fue en la calle Ravignani.
Lo abordé sin pudor.
―¿Qué se siente ganar millones por patear una pelota?
―Ehhh mirá, no te creas que todo se limita a eso. Los jugadores de fútbol llevamos una vida muy sacrificada ―la simpática y degradada evolución de gladiador romano se atajó―: todo lo que tengo, me lo gané.
―¿A qué te referís con “vida muy sacrificada”?
―A que no disponemos de mucho tiempo libre: no podemos ver a nuestros familiares y amigos con la frecuencia que nos gustaría; tenemos que estar a disposición del club constantemente. Y estamos obligados a seguir una rutina bastante exigente, entre otras cosas.
―Un médico tampoco dispone de suficiente tiempo libre y, sin embargo, está lejos de ganar lo que ganan ustedes ―le espeté, sin temor a lo que dichas palabras pudieran ocasionar en el ánimo de mi famoso interlocutor.
―Quizás el médico debiera ganar más, no lo sé. Pero todo lo que tengo me lo gané.
Con no poca brusquedad, siguió camino y me dejó plantado con la respuesta en la boca.
Sin moverme de donde estaba, medité sobre el significado de aquella expresión: “yo me lo gané”.
Razoné, en primer lugar, que el jugador de fútbol tiene la certeza de que merece el sideral sueldo que percibe. El “yo me lo gané”, evidentemente, equivale a decir “yo me lo merezco”.
Luego, a fin de comprobar que tal expresión tuviera “validez universal” ―o sea, que ésta pueda predicarse, sin error, respecto de todos los sujetos―, decidí trasladarla a otras profesiones (partiendo del presupuesto de que el fútbol es una profesión, claro). En palabras más sencillas: acudí a la analogía, o, si se quiere, a la comparación, para ver si la frase escupida por el futbolista tenía algún sentido. 
Así, podría afirmarse que el operario de una fábrica, a pesar de su denuedo, “merece” el ínfimo salario que le depara su ingrato universo laboral. 
Utilizando el mismo criterio, podría aseverarse también que el empleado de un almacén “merece” la magra retribución que le endilga su jefe. 
Una vez que empleara esta metodología con diversas profesiones y oficios, caí en la cuenta de la trampa que acarrea la inocente expresión, que lleva, por un camino u otro, a pensar que lo que uno obtiene como retribución es exacta y necesariamente lo que merece, cuando quizás se trate de una torpe falacia. Nada me impide suponer que hay personas que obtienen más de lo que merecen y, a la inversa, que hay personas que perciben mucho menos de lo que en justicia les corresponde.
Lo dicho conduce inexorablemente a la siguiente pregunta: ¿a qué criterios valorativos se apela al sostener que el salario de un docente debe ser menor al de un gerente, o al sentenciar que el de un taxista tiene que ser inferior al del empleado de un Banco? ¿Qué es lo que justifica filosóficamente, si es que existe justificación, la superioridad de unos sueldos sobre otros?
Por otro lado, ¿existe sobre la tierra un juez de inteligencia preclara que sea capaz de determinar, con impecable precisión, lo que cabalmente merece cada uno en función de la actividad que desempeña? 
Ciertamente, no; pero, afortunadamente, todavía pululan en el universo ciertas seguridades que emergen del sentido común y que nos evitan, de momento, la caída en el asfixiante fango sartreano. 
Se podrá discutir si tienen razón de ser las diferencias existentes entre los salarios de un policía, un médico, un juez y un carpintero, y, de contestarse afirmativamente, podrá debatirse además sobre los parámetros a los que obedecen dichas distinciones. Naturalmente que existe la posibilidad de que no se arribe a ninguna respuesta que zanje la cuestión de manera definitiva. 
No obstante, creo que todos podríamos coincidir en una cosa: es absurdo, en una sociedad que se jacta de estar organizada con arreglo a pautas racionales, que un jugador de fútbol perciba más que la suma total de lo que ganan los sujetos arriba enunciados.
Es decir, si considero inexplicable e injustificado que un deportista ―por más consagrado que sea― lleve una vida bastante más acomodada que la de un enfermero, debo forzosamente concluir que el hecho de que gane más que todos los enfermeros de un hospital juntos es algo escandaloso. 
Por lo demás, resultan curiosas las fundamentaciones que dan los futbolistas respecto de la astronómica cantidad de dinero que reciben.
―El esfuerzo: factor que no alcanza para explicar su suculenta fortuna, porque de la observación de la realidad surge la existencia de trabajos que exigen un esfuerzo mucho mayor y que son peor remunerados.
―El talento natural: Este es el argumento más pueril. No logra comprenderse por qué el “talento” para patear una pelota debiera ser valorado por encima de otros ―verdaderos― talentos.
Al no poder hallar la causa que justifique de modo respetable el capital de los jugadores de fútbol, pensé que la solución debía ser proporcionada por uno de los sujetos en cuestión. 
Corrí en busca del tipo con el que había conversado unos minutos antes.
Lo encontré a dos cuadras. Estaba sentado en un bar, tomando whisky.
―Perdoname el atrevimiento… de nuevo. Necesito preguntarte una cosa más.
Dirigiendo una mirada libidinosa a la moza, me contestó:
―Decime.
―¿Por qué ustedes ganan exageradamente más plata que cualquier hijo de vecino?
―Es simple, pibe. La televisión, el merchandising y todo eso. 
La respuesta estaba ahí: en la estupidez humana.

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Relatos aéreos III

No quería despedirme de ella. Porque en cada despedida consagrábamos el triunfo del reloj y de las cosas que perecen.

Al día siguiente volvería a la rutina abyecta y a la oficina informe. A los minutos pesados. Al estruendo interior. Al silencio del silencio. A la aglomeración de mentes sin hélices. A la estética terrosa. A las odiseas indoloras, a las aventuras moleculares. Y a los que fabrican atajos sin saber que agrandan las hendiduras por donde se filtra la muerte.

Con el bolso de plomo colgando del hombro, hice la fila para el control de seguridad del aeropuerto de Málaga. Puse el bolso en la cinta y pasé del otro lado del control, pero mi bolso no apareció. Un tipo de seguridad, con bastante cara de perro, me pidió que esperara y se apostó en frente de una bandeja de plástico.

A lo largo y ancho del bolso ―sin duda era el mío―, desplegó movimientos precisos con un detector de metales, como si practicara algún rito vernáculo. Otro de seguridad miraba impacientemente a su protocolario compañero. Me llamó la atención su barba, una barba tan larga que el extremo se curvaba hacia adelante, apuntando siempre al interlocutor.

―En el bolsillo lateral hay tres mecheros y un desodorante, ¿verdad? ―me dijo el de cara de perro.

―Es posible. ¿Se ve absolutamente todo lo que tengo?

―Pues claro, esa es la idea ―dijo el otro, mientras se acariciaba la barba.

―¿Entonces pueden ver el alma?

―Sí, aunque hay algunos que no tienen ―contestó el de cara de perro, y se entregó de nuevo a su pesquisa, pasando el detector por la funda de una guitarra.

Siguiendo la inercia, caminé hacia el free shop. Pero al advertir que el bolso había quedado allá, en la bandeja, me di vuelta para ir a buscarlo. Y los vi, al de cara de perro y al de la enorme barba, sin sus cansados trajes mortales, vestidos de tótem y desnudos de humanidad.

Anubis esgrimía el detector. Osiris me señalaba.

El viaje ya no sería entre azafatas, nubes, halos de luz, sino por las fauces oscuras de Ammyt, la diosa que devora a los muertos.

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Diapositivas clínicas

Mi mente despertó de su letargo imbécil y, en un día cualquiera, reprodujo nítidas diapositivas de ese fin de semana en España.

Era un noviembre lluvioso. Fui a visitar a Candelaria, a quien apenas conocía de una fugaz coincidencia en uno de los tantos trabajos insípidos por los que fui reptando.

No bien llegué a su casa, en Benicasim, ella propuso hacer una excursión a un pueblo de montaña.

Alquilamos un auto y, mate a mate por la ruta, me hizo escuchar canciones que eran las vendas de su alma.

Una vez en el pueblo, estacionamos. Subimos a un castillo que parecía el Olimpo de tantas nubes que lo envolvían.

Después bajamos a una laguna y almorzamos en la orilla.

Ella miraba al horizonte.

Y yo, por la ausencia de cualquier rastro que delatara el paso del hombre, imaginaba que estábamos en una isla perdida, en algún remoto confín, que éramos náufragos por elección.

Encandilado por las hebras plateadas del agua quieta, estuve a punto de profanar el silencio de piedra.

Desistí.

Tomamos mates mudos hasta el derrumbe del sol, olvidados del mundo y del verbo.

Hoy, casi sesenta años después, solo soy los caducos despojos que se pudren en este infierno de desinfectadas luces blancas.

Aunque también, en momentos que nunca elijo, soy la memoria de aquella tarde de amor informulado.

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Relatos aéreos II

Un rayo vulneró la oscuridad del cielo en el momento que él, dormido, trazaba los rasgos del hogar íntimo y la mujer ideal.

Estrangulando los apoyabrazos del asiento del avión, despertó al escuchar llantos paganos, mutiladas plegarias, despedidas irreversibles.

El apagón selló las bocas ya dispuestas a exhalar el gemido último.

La muerte, siempre dinámica para acosar, exultaba quieta.

Se le contrajo el estómago por la caída al vacío, y el contacto de la sábana lo devolvió a la realidad.

Abrió los ojos.

A su lado, en una habitación cuyo techo frío nunca fue reparo, dormía una esposa que no amaba.

Cerró los ojos deseando volver a la otra pesadilla, donde al menos germinaba un poema.

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El rincón al costado de la ruta

El Fiat viejo que nos dejó a gamba.
El rincón al costado de la ruta.
El tema de Elvis Presley que cantamos.
El sol que se filtraba por los árboles.
El pájaro que nos cantó al oído.
El pasto que te acariciaba el pelo.
La dócil textura de tu camisa.
El vino que descorché sin apuro.
El silencio que prefiguró el beso.
Nuestra filosofía desprendida.
Nuestra idiosincrasia del desacato.
Nuestras torpes manos inescindibles.
El fragor de la lluvia inesperada.
La libertad que conocí esa tarde.
Esa promesa de amor que por suerte,
o por designio de Dios, no cumplimos.

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Mañana cruzada

Hoy, jueves, me levanté cruzado.
Mejor dicho, me levanté normal, en un estado de ánimo neutro para afrontar la rutina. Pero hubo un acontecimiento que alteró mi humor.
La mañana, como la flor, es algo delicado. Cualquier ligero eslabón que se introduce en la cadena de actividades matutinas puede acarrear el desastre.
Las posibilidades son infinitas: que no haya más leche para el café, el colectivo lleno, el paro del subte o, como podría ser el caso del comisario Montalbano, un clima inhóspito.
En mi caso, fue leer un poema de mierda a través de Instagram.
Sí, un poema de mierda.
Cuatro versos de dos palabras impotentes de significación, que mendigan, imploran al lector que les de un poco de sentido. Y esa pretensión de profundidad que haría reír hasta al más inexperto escritor de haikus.
A mi humor de poseso se lo apropió el diablo cuando vi que, además, la autora se autodenomina escritora y poetisa contemporánea.
Si eso es lo que nos depara la contemporaneidad, espero sepan disculpar, prefiero ser un retrógrado.
Me pregunto qué pensarán aquellas personas al terminar de escribir cosas como esa. ¿Descorcharán un champagne, satisfechas por la obra realizada como si hubieran terminado de componer el concierto para piano “Emperador”?
Igualmente me pregunto cómo se atreven, cómo les da la cara para publicar semejantes estropajos. El sentido de la estética se perdió en el momento que desapareció el pudor. Nada merece más desprecio que una cosa mal hecha con ganas.
Ahora bien, ¿quién habrá sido el primer hijo de puta que proclamó a viva voz la relatividad de la belleza? Fue ese el que abortó la posibilidad de un nuevo Tiziano o una reedición de Homero. Ahí tienen al culpable de que haya gente que escucha reggaeton. Gracias a aquel individuo despreocupado de la trascendencia, el arte se convirtió en un objeto reciclable más propio de la góndola del supermercado que del museo.
Tanto es así, que ahora incluso se decoran los platos de comida, que de comida tienen bien poco. El propósito es evidente: que el arte termine en el inodoro.
La humanidad promulgó la relatividad de la belleza cuando se dio cuenta de que era incapaz de mejorar lo que habían hecho los antiguos. Las últimas generaciones nunca comprendieron el arte clásico, y por eso lo resignificaron. Huyeron de la simbología porque les dio terror el misterio. Subestimaron la técnica para evitar el esfuerzo.
Tal vez es consecuencia de eso ―la insoportable fealdad creciente que pulula en las creaciones más modernas― que las personas de esta era digital no busquen apreciar el arte, sino que deseen haberlo apreciado, como dijo un locutor de radio al hablar de la lectura.
Es decir, lejos ya aquellos tiempos en que se veía como una posibilidad de transformación personal, hoy es solamente un modo más de vanidad social.
Después, para colmo de males, vinieron los falsos profetas a instalar la premisa de que todo, absolutamente todo, es arte. Solo de esa manera podían ellos ubicar sus porquerías minimalistas en la vidriera. No contentos con la contaminación del agua y del aire, quieren contaminar también la poesía.
Y lo lograron: democráticamente, acordamos que cualquier entramado de palabras es literatura, que un mamarracho es digno de enmarcarse y exhibirse, que la menor combinación de sonidos es música.
Ya nos arrebataron las ideas de bien, verdad y belleza. Lo único que nos dejaron fue apatía existencial y herramientas estériles para transformarla en canto.
¿Qué nos extirparán después? Sea lo que fuere, deben apurarse y hacerlo ahora, que estamos entregados y a punto de convertirnos en polvo inútil.
Pero no piensen mal, no le deseo el infierno a nadie. Al contrario, soy un socialista del éter. Lo que sí les deseo a estos microbios es que, a modo de purificación, los reciban en la antesala del cielo Miguel Ángel, Virgilio, Bach y Murillo y los re caguen a patadas en el orto.
Creo, por otro lado, que el calificativo de vanguardistas cuadra perfecto: son la vanguardia de un ejército que, echando espuma por la boca y blandiendo dagas hambrientas, aniquila al enemigo de contornos cada vez más imprecisos.
Ese enemigo es el arte.
Muchos de esos vanguardistas, más contemporáneos que artistas, no conocen aún los colores del sol. Temen que la magia generosa de la aurora encandile sus ojos habituados a la tonalidad del cemento. Tampoco conocen la melodía del ave. Sus oídos ya pertenecen al doble pregón que anuncia la llegada del black friday y la conmemoración de la estupidez.
Como se sienten oprimidos por el orden de la naturaleza en movimiento, eligen como musas a los gusanos que asoman por los cadáveres porque estos no tienen forma.
El resultado lógico de todo lo anterior es el poema que me arruinó la mañana porteña.
Por Instagram, le mandé este mismo texto a la autora de esa desgracia, seguido de un texto de Bécquer.
Me da cierta tranquilidad saber que al menos, dado su patético gusto literario, va a leer el primero.

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Relatos aéreos I

Solo viajé una vez en primera clase. Fue fruto de la casualidad. Aunque, para contar la historia completa, quizás hubo un poco de mérito de mi parte.

Yo la veía a la señora que estaba delante de mí en la fila que aguardaba para embarcar. La veía con su enorme cara pálida y sus injustificables movimientos torpes que anunciaban el desplome.

En el instante en que sus mareadas piernas se vencieron, la tomé del brazo, evitando así que se cayera. Aferrada a mis hombros, balbuceó cosas inentendibles, que enseguida asocié al agradecimiento.

La ayudé a sentarse en el piso. Saqué de mi mochila la botella de agua y un paquete de galletitas y se los extendí. Aceptó sin decir palabra, con los ojos todavía luchando por mantener la consciencia despierta.

Me quedé a su lado por un lapso cuyo tiempo no podría precisar. El ladrido del altavoz pronunció mi nombre y uno más que, con toda seguridad, era el de ella. Una policía del aeropuerto se acercó a preguntarnos si todo andaba bien. Para mi sorpresa, fue la señora quien contestó:

―Este chico me acaba de salvar la vida. Y no exagero.

También para mi sorpresa, la señora consiguió pararse y a duras penas fue hacia el mostrador de la puerta de embarque. Les dijo algo a los empleados de la aerolínea y, conforme iba hablando, me señalaba.

Vinieron tres empleados a felicitarme por lo sucedido. Por triplicado, repetí que no había sido nada, que lo hubiera hecho cualquiera.

Llegó un empleado más, aparentemente de rango superior a los otros, con el ofrecimiento de viajar en primera clase. Me negué, pero ante su insistencia finalmente pensé “¿por qué no?”.

Una vez acomodado en el avión, concluí que ello, la primera clase, no era nada del otro mundo. Las únicas diferencias que encontré en relación a la económica fueron la abundancia de espacio y de presunción, y la posibilidad bendita de estirar las piernas.

La biografía de Luis XIV que había comprado de camino al aeropuerto me distrajo del horror del despegue.

Interrumpí la lectura al advertir que un individuo que caminaba por el pasillo se detuvo a la altura de donde estaba yo sentado.

―Lo leí, está bueno ―dijo después de inclinarse para ver la tapa del libro―. Pero aborrezco la monarquía.

Se enquistó en el asiento que estaba más próximo al mío. El impoluto traje negro le hacía juego con sus ojos de barro y la barba recortada.

Sin que nadie le diera pie, el individuo improvisó un elogio de la democracia.

―… tiene algunas imperfecciones, claro, pero difícilmente haya una forma de gobierno más igualitaria. Para mí, es sinónimo de libertad.

No dejó bache para la réplica. Prosiguió el monólogo jurando que literalmente no podría vivir si no fuera por el sistema democrático, y que sin este no podría haber conseguido nada de lo que tenía.

Con un gesto apenas perceptible, acarició la malla del reloj Hugo Boss que envolvía a su antebrazo izquierdo.

Juzgué una pérdida de tiempo señalarle que la democracia es aquel tentáculo del sistema que, como dijo mi colega Eduardo, hace que la riqueza no tenga techo y la miseria no tenga piso.

Explicó que invertía en la bolsa, o algo así. De toda su jerga soporífera solo fui capaz de entender que ganaba millones gracias a su destreza en el uso de la Mac.

―¿Vos a qué te dedicás?

―Soy profesor de Literatura.

―Bueno, uno se gana la vida como puede, ¿no? ―dijo, y me dio una tarjeta―. Te dejo mis datos de contacto por si te interesa, eh… vivir un poquito mejor.

El dorso de la tarjeta estrellaba a la vista el logo de JP Morgan. En el centro, un número de teléfono con una característica que yo desconocía, un correo electrónico. Y debajo de todo, el inconfundible nombre de Barrabás.

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Sobre los que viajan

Si vas a Praga, sí o sí tenés que ir a a estos restaurantes y probar los platos típicos, decía el mensaje de una persona que con suerte había visto dos veces en mi vida.
Tal mensaje inofensivo me llevó a pensar en la naturaleza de la flamante manera de quedar salpicado por las gotas de prestigio social: viajar.
Un amigo que se iba un mes a Europa adujo que quería probar nuevas experiencias y encontrarse a sí mismo. No me animé a sugerirle la lectura del libro donde Arlt dice que uno no necesita irse hasta Londres para darse cuenta de que es un imbécil; la estupidez no tiene fronteras.
Accidentalmente, mi amigo reveló un axioma del ideario del “wanderlust”: la búsqueda de la novedad. Lo que él no sabía es que estaba yendo a buscar novedad a un lugar cuyo valor reside en su antigüedad.
En un mundo uniformado, los autómatas humanos ansían distinción y originalidad a cualquier precio y, sobre todo, jactarse de ellas ante los ojos de los demás. En esa carrera de egos pierden todos los competidores: la cultura degenera en un bien de consumo y la felicidad en un holograma.
Los que viajan predican una hoja de ruta saturada de gastronomía, boliches, shoppings y datos inconexos que torpemente retuvieron de algún mediocre free walking tour.
Conocen las ciudades como un pescador el fondo del mar.
Como los cortos horizontes de su alma les produce claustrofobia, derriban las Columnas de Hércules para ir en pos de lo que nadie hizo, lo exótico: tragar minimalismo, relacionarse con personas heterogéneas bajo el pretexto de abrir una mente que ya está atomizada y conquistar vírgenes rincones para tener las primicias de la anécdota y la foto.
Mal que bien, guardan lo necesario para la travesía, y en un vital descuido dejan la imaginación, talismán que convierte al pasado en algo dinámico, al claro del bosque en un templo celta y al lago remiso en el espejo de un emperador.
En su mochila no hay espacio para la cuerda de Teseo, que une el hoy con el ayer.
Ignoran la historia porque olvidaron la poesía.
Pero allá ellos. Esclavos de la apariencia, probarán, consumirán, deglutirán hasta hacer gárgaras con su propio vómito.
Y al final, cuando ya no haya nada nuevo que comer, servirán en un plato su esencia bulímica y se devorarán a sí mismos.

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Waiting for the verdict

¡Qué alegría verte por acá, viejo!
El trabajo… ahí, va bien, no me quejo.
El país está mal, tenés razón.
Difícilmente encuentre solución.
Hago lo mejor que puedo, ¿sabés?
Me acuesto tarde y despierto temprano.
Mis hijos se me fueron de las manos
y lo de Magdalena fue un revés.
No creo que vuelva y, pienso, hace bien.
¿Y si no me ayuda ella, entonces quién?
Por suerte llegaron cuatro enfermeros:
alguna indulgente concesión de Eros
por la noche; durante la mañana,
whisky, autocompasión y marihuana.
Además, quise refugiarme en Dios
pero es Ausencia, así que hablo con vos:
¿Cómo recupero a mi compañera?
¿Cómo impido que el lisiado amor muera?
Notarás, al poner acá tu mano,
la gris hemorragia de versos vanos.
Me duele, mis hijos ya no me escuchan.
Saben, como ella, que el barco se hundió.
Tengo miedo de que ellos también huyan.
Quédense, la puta que lo parió.
Viejo, no hace falta que te levantes.
¿Preferís tomar café, mate o té?
Compré galletitas de agua y paté,
tal como desayunábamos antes.
¿Te acordás? Me llevabas al jardín
a upa, mientras comía chocolate.
En la cama, aquellos cuentos sin fin
y las tardes eternas de debate.
Por vos fui que me metí a Abogacía,
por tus libros descubrí el universo.
Desconozco ya el olor del incienso,
pero el abuelo, con tu compañía,
le dirá a Dios que la silla, la cuerda
fueron para terminar esta mierda.

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La indestrucción de Alba Longa

Desde aquel monte, el rey Tulio Hostilio podía ver la serpiente de lava y hierro que devoraba a la ciudad de Alba Longa.

―Quedaremos en la historia ―dijo un general a sus espaldas.

―Hasta ahora no hicimos más que destruir ―contestó Tulio Hostilio.

El rey surcó el barro que mezclaba la sangre de los Horacios con astillas que fueron la cara de Atenea.

Ya frente al fogón, separó un leño apenas mordido por una débil llama roja y se lo llevó al general.

―Haz con esto un fuego más grande.

Y el fuego fue tan grande que iluminó al mundo durante siglos.

En Roma, el 25 de noviembre de 2019.

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El homicida más peligroso

En un famélico callejón de Granada, en una tarde cualquiera, veo a un viejo cargando un arma.

Me acerco, más curioso que asustado. Pienso cómo encarar la conversación, pero el viejo me gana de mano.

―Voy a matar al hijo de puta que cada tanto me recuerda que la belleza es intangible ―dice, señalando un punto exacto del cielo.

Piensa matar al arcoíris.

Le advierto sobre la inutilidad de las balas.

―No, las balas son para el gato de mi edificio, que maúlla cada vez que aparece ese hijo de puta multicolor.

El viejo quiere eliminar también al poeta.

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Sísifo moderno

Atrapado entre mugre irreductible,
su esperanza olvidó la salida.
Aquello no le parecía vida,
ni siquiera lo creía posible.
Por qué en la cocina del bar ardían
cien infatigables hornos. Por qué
sobre el plato ya limpio aparecían
mil sucios más. Eso secó su fe.
Se le vedó el sabor de la propina
y del aire inquieto. Faena tétrica
que le permutó la musa, la métrica
por una jaula de hierro que calcina.
Quizás fue Dios quien castigó a tal hombre.
Del pecado no se sabe ni el nombre.

En algún lugar de Dublín.


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Extrema unción

Falsa mi verdad prestada de noticiero.
Falso mi hogar de frías paredes de arcilla.
Falso mi tiempo de filas y ventanillas.
Falsa mi patria de político embustero.
Falso mi arte si solo buscó aprobación.
Falso mi mediocre trabajo de oficina.
Falsa mi inflexible moral de plastilina.
Falso mi juicio si el mundo es una prisión.
Falsa mi libertad si siempre tuvo un pero.
Falso mi amor que apenas despegó del piso.
Falsos mis viajes por los paisajes de acero.
Falso yo, aquel hijo bastardo de Narciso.
Pero ya nada importa, porque es tarde. Infiero
que esos pasos que oigo son los del Cancerbero.

En Dublín, el 18 de noviembre de 2019.

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Un tour distinto

A través de un cuadro de Rubens se pueden oír las risas del niño Jesús y San José al dar estocadas de madera a un decurión romano invisible.
En el Champ de Mars, un prestidigitador al que besó Edith Piaf estafa a tres turistas chinos con el juego de los tres vasos y la bola.
Por la rue Saint Martin renguea el soldado que perdió un ojo en Austerlitz y el brazo en la línea Maginot.
En el Parc Monceau, al caer el sol, me leyó la mano una pitonisa llamada Esmeralda.
La sirena que le regaló a Odiseo un canto imposible emergió del Sena para darme un tímido beso de plata.
En la librería Shakespeare & Company conocí a Eugénie, la burguesa que se escapó de una novela de Balzac y que pudo haber sido el amor de mi vida.
En Les Deux Magots tomé un café con Víctor Hugo, quien me confesó que no fue capaz de descifrar la simbología que encierra el cuento El Espejo y la Máscara, de Borges.
El poeta francés me llevó al campanario de Notre Dame, y desde ahí señaló la casa donde Jacques de Molay todavía sueña con restaurar la orden de los templarios.

En París, el 6 de octubre de 2019.

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Lúthien y Beren

Al igual que hicieron Lúthien y Beren,
así también Julieta y Romeo,
como Penélope, como Odiseo,
dejaremos que los astros imperen.

Gastemos lo que nos queda de ahorros.
Compremos una barca y algo de pan.
No necesitaremos de socorro:
la Cruz del Sur hará de capitán.

¿Acaso le temés al agua salada?
Tranquila, que no nos pasará nada.
El Dios aquel que regaló el presagio
impedirá, sin dudas, el naufragio.

Iremos muy livianos de equipaje.
Por favor, no olvides el poncho viejo,
creo que será vital para el viaje;
sobre todo si navegamos lejos.

¿Tenés miedo a la luna y las estrellas?
Son nuestras, podemos jugar con ellas.
O busquemos al sol en el Oriente
para que a nuestro espíritu caliente.

¿Te asustan los rayos, el mar reacio?
Nunca sabremos sin soltar amarras.
Usaremos de escudo la guitarra;
una zamba dominará el espacio.

No tengo ningún destino pensado.
Vayamos a un país intemporal.
Puede ser la Atlántida, el Dorado.
O Europa, Asia, Oceanía, me da igual.

¿Temés que tu fe sea insuficiente?
Para mí sos la mujer más valiente.
Nos saludarán los vientos, los montes,
y se nos rendirán los horizontes.

Si no encontramos la felicidad,
no desesperemos. Mi viejo dijo,
y lo dijo con mucha seriedad,
que la paz viene cuando nace un hijo.

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